CAPÍTULO 11
Maia
El trayecto de vuelta a la redacción fue un auténtico ejercicio de contención.
Caminé junto a mis dos compañeros de equipo, manteniendo una sonrisa de circunstancias mientras asentía de manera mecánica a sus comentarios sobre el frío que hacía en Londres o los plazos de entrega del próximo número.
No abrí la boca sobre lo que acababa de ocurrir en el fondo de la cafetería.
Ellos pensaban que Noah Hayes simplemente se había mostrado esquivo o molesto por la presencia de la prensa, una reacción habitual en el delantero, y preferí dejar las cosas así.
No le había dicho nada a nadie en la oficina, ni pensaba hacerlo.
Estaba llevando toda esta investigación de manera estrictamente personal, por mi cuenta y riesgo, sin registrar las llamadas en los teléfonos de la empresa ni dejar rastro en los servidores compartidos.
Tenía muy claros mis principios profesionales.
Jamás en mi vida había sacado trapos sucios de nadie; aborrecía el amarillismo, las exclusivas baratas sobre la intimidad de los deportistas y el acoso de los tabloides que destrozaba reputaciones a cambio de un puñado de clics en una página web.
Aún tenía fresca en la memoria lo que pasó con el capital, Sebastian Thorpe, cuando una influencer venida a menos lo acusó en falso y lo desestabilizó; menos mal que enamorarse de Olivia Ward le devolvió la estabilidad y su buen desempeño en el campo.
No, yo no era como Noah pensaba. Lo mío era el deporte en su estado más puro y las letras.
Me apasionaba el análisis táctico, la geometría invisible del juego sobre el césped y la narrativa humana que se escondía detrás de un gran rendimiento atlético.
Pero el caso de Noah era diferente. No buscaba un escándalo para vender revistas, sino entender la raíz de esa rigidez que atenazaba sus movimientos en los minutos decisivos de los partidos.
Quería descifrar por qué un portento físico de ochenta millones de libras corría por el campo con la precaución de quien pisa un terreno minado, y por qué esa obsesión por no dar que hablar.
Al salir del trabajo, pasadas las siete de la tarde, la noche ya se había desplomado por completo sobre la ciudad, trayendo consigo una densa niebla que desdibujaba las siluetas de los edificios.
Llegué a mi piso con el cuerpo entumecido y la mente saturada.
Dejé el bolso en la entrada, colgué la gabardina y, sin darme tiempo a pensarlo dos veces ni a encender el ordenador, me cambié de ropa.
Necesitaba quemar la energía acumulada, liberar la tensión que me atenazaba los hombros desde mi encuentro con el delantero.
Me puse las mallas deportivas, una sudadera térmica y las zapatillas de correr.
Salí a la calle y empecé a trotar a buen ritmo en dirección al parque más cercano, dejando que el aire gélido de la noche me acariciara el rostro con fuerza.
El impacto constante de mis pisadas contra el asfalto mojado me obligó a concentrarme en la respiración, un metrónomo natural que buscaba desesperadamente apagar el runrún de mis pensamientos.
A medida que devoraba kilómetros bajo la tenue luz de las farolas, la escena de la cafetería regresaba a mi mente con una nitidez desconcertante.
Todavía podía sentir la fijeza de sus ojos verdes clavados en los míos, cargados de una mezcla de pánico defensivo y de un orgullo indomable que me había erizado la piel.
Noah se había expuesto por completo al ir a buscarme.
Al bajar a la arena y encararse conmigo en mi propio terreno, no había hecho más que confirmar que mis sospechas iban en la dirección correcta.
Estaba asustado, y un hombre de su calibre solo se mostraba tan vulnerable cuando intentaba proteger algo que consideraba sagrado.
«Es un asunto estrictamente privado y no hay nada más que rascar ahí», me había dicho con esa voz ronca que todavía me vibraba en el pecho.
Aumenté el ritmo de la carrera, sentí el esfuerzo en los gemelos y el frío colándose en mis pulmones.
La contradicción de Noah Hayes me resultaba insoportable y, al mismo tiempo, peligrosamente magnética.
Se suponía que debía limitarme a juzgar sus desmarques y su juego de espaldas a la portería, pero la tensión eléctrica que flotaba entre nosotros cada vez que estábamos a menos de un metro de distancia empezaba a difuminar las líneas de mi rigurosa ética profesional.
No era solo curiosidad periodística; era un desafío intelectual y personal que me empujaba hacia un abismo que no lograba controlar.
Crucé la entrada del parque, rodeada de árboles desnudos que proyectaban sombras alargadas sobre los caminos de tierra.
El sudor me corría por la frente a pesar de la baja temperatura, y los latidos de mi corazón retumbaban en mis oídos, compitiendo con el recuerdo de su mirada salvaje.
Noah creía que su advertencia me iba a parar y había hecho lo contrario, había aumentado mi interés.
No sabía que para mí la persistencia era una ley no escrita.
No iba a traicionar mis principios, no iba a publicar sus secretos, si los tenía, en ninguna portada, pero no pensaba detenerme hasta descubrir qué clase de demonios arrastraba el nuevo ídolo del Kings Crown Stadium.
Di la vuelta para emprender el camino de regreso a casa, con las piernas cansadas pero la mente finalmente despejada y decidida.
La próxima vez que nos viéramos en el estadio, Noah Hayes descubriría que el sabueso no había perdido el rastro; solo estaba esperando el momento idóneo para dar el siguiente paso.