El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Noah

El entrenamiento matutino había sido inusualmente duro, bajo una de esas lluvias persistentes que calaban los huesos y convertían el césped en un terreno pesado.

Me encontraba en el vestuario, secándome el cabello con una toalla mientras disfrutaba del silencio posterior a la marcha de mis compañeros, cuando el teléfono móvil vibró con insistencia sobre el banco de madera.

Al ver el nombre de mi madre en la pantalla, el corazón me dio un vuelco.

Al responder, su voz llegó rota, cargada de una ansiedad que me puso los vellos de punta de inmediato.

—Noah, hijo, menos mal que me coges el teléfono —comenzó a decir, con un hilo de voz tembloroso—. Me han llamado de la clínica. El director de la Fundación Hope se ha puesto en contacto conmigo muy preocupado.

Se me cortó la respiración por un instante.

Mi condición de donante anónimo era el secreto mejor guardado de mi carrera; si la junta directiva de la clínica conocía mi verdadera identidad, era única y exclusivamente a través de mi madre, que figuraba como el contacto familiar de mi padre y el enlace para la gestión de los ingresos.

Para el resto del mundo, los fondos procedían de una fundación opaca.

—¿Qué ha pasado, mamá? ¿Él está bien? —pregunté, forzando la voz para no contagiarle mi propio pánico.

—Sí, él sigue aislado en su tratamiento, pero el director me ha dicho que ayer por la tarde recibieron una solicitud telefónica muy extraña de una periodista de Londres.

Una tal Maia Thawne, de la revista Tactical Football .

Utilizó la donación pública de la gala del Kingsford FC como excusa para intentar meter las narices donde no debe.

Ha estado haciendo preguntas muy específicas sobre los primeros colaboradores del centro en Liverpool, ha solicitado acceso a las actas fundacionales de hace una década y quería saber qué familias de la ciudad ayudaron a levantar el proyecto.

El doctor Harris intuyó que buscaba algo turbio y me ha avisado para que estemos alerta.

Noah, ¿esto es por ti? ¿Es casualidad o esa mujer está escarbando en nuestro pasado?

Si descubre tu apellido real, si se entera de lo de tu padre...

—Tranquila, mamá. Escúchame bien: no va a descubrir nada —la interrumpí con firmeza, aunque por dentro sentía un frío glacial recorriéndome las venas—.

Se ha topado con un muro de confidencialidad y ahí se va a quedar.

Yo me encargo de esto. No le digas nada a Kimberly y mantén la calma. De ahí no va a pasar. Te lo prometo.

Colgué el teléfono y me apoyé contra la pared de azulejos, respirando hondo.

La certeza de que mis peores miedos se habían cumplido me dejó un sabor amargo en la boca.

Maia Thawne no era solo una analista meticulosa; era un sabueso incansable que había decidido ignorar mis advertencias de la gala para escarbar directamente en las raíces de mi vida.

Estaba buscando el apellido proscrito sin saberlo porque, a efectos legales, mi apellido era Hayes desde hacía años.

Si seguía escarbando, se iba a encontrar con la verdad sobre las adicciones de mi padre, y si continuaba tirando de ese hilo, acabaría exponiendo la vulnerabilidad de mi familia ante la opinión pública.

La rabia me encendió la sangre, pero no era una rabia destructiva, sino una necesidad imperiosa de proteger a los míos y a mi propia historia de futbolista hecho a sí mismo. Tenía que frenarla, pero sin intermediarios. Necesitaba un enfrentamiento de frente, de tú a tú.

Me vestí a toda prisa, abandoné las instalaciones del club y conduje hacia el centro de Londres bajo un diluvio torrencial.

Sabía perfectamente dónde se ubicaba la redacción de su revista, en el edificio que ocupaba el grupo editorial al que pertenecía.

Aparqué el coche a una manzana de distancia y me refugié en una pequeña cafetería de ambiente tranquilo situada justo en la esquina de su avenida, un local discreto con grandes cristaleras empañadas donde los redactores solían acudir a media tarde a por un descanso.

Me senté en una mesa del fondo y pedí una taza de café que ni siquiera llegué a probar.

El debate interior empezó a carcomerme la mente a medida que los minutos avanzaban.

Me sentía ridículo, atrapado en una encrucijada mental que me resultaba insoportable.

¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Dejarlo estar para no darle más alimento a su hambre de noticias?

¿Enfrentarla y decirle lo que sea para que husmeara por otro lado?

¿Entrar directamente en el edificio de la redacción, subir hasta su planta y preguntar por ella en la recepción?

Aquello levantaría las sospechas de sus compañeros y de su jefe de inmediato.

¿O era mejor quedarme allí plantado, pegado al cristal, esperando a que saliera a la calle como si fuera un auténtico acosador?

La sola idea me revolvió el estómago; aborrecía ese tipo de conductas invasivas y no pensaba rebajarme a actuar como un tipo perturbado.

En mitad de ese tenso dilema, cuando estaba a punto de irme, la puerta de cristal de la cafetería se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire frío y el sonido de unas risas familiares. Me encogí instintivamente en mi asiento, pero fue inútil.

Maia acababa de entrar en el local y no iba sola; le acompañaban un chico joven y un hombre mayor que imaginé eran compañeros de la redacción.

Maia vestía su gabardina color arena abierta sobre un jersey fino y reía con ganas ante un comentario del joven, mostrando esa faceta alegre, luminosa y relajada que tanto contrastaba con la seriedad de su faceta profesional.

Verla así, tan ajena al caos que acababa de desatar en mi vida, me provocó un vuelco extraño en el pecho.

El hombre de más edad fue el primero en percatarse de mi presencia.

Sus ojos se abrieron con sorpresa y le dio un sutil toque con el codo a Maia, indicándole mi posición en el fondo del local.

Las risas se cortaron de golpe. Maia se quedó estática por un segundo, asimilando la inverosimilitud de encontrar al delantero estrella del equipo oculto en un rincón de su cafetería habitual, pero tardó apenas un instante en recuperar la compostura.

Les hizo un gesto rápido a sus compañeros para que se adelantaran hacia la barra y caminó decidida hacia mi mesa.

Se detuvo frente a mí, se cruzó de brazos y clavó sus ojos castaños en mi rostro. Al observar la rigidez de mi mandíbula y la fijeza de mi mirada, su expresión de burla se desvaneció por completo, sustituida por una mueca de sutil preocupación.

—Noah —pronunció mi nombre con una voz suave, exenta de la hostilidad de nuestros anteriores encuentros—. ¿Te pasa algo? Tienes una cara espantosa, parece que hayas visto a un fantasma.

—Siéntate, por favor, Maia. Disculpa que me haya presentado así. ¿Podemos hablar un minuto? —le pedí, manteniendo un tono de voz bajo, educado pero cargado de una firmeza que no admitía réplica. Indiqué la silla de enfrente con un gesto de la mano.

Ella miró de reojo hacia la barra, donde sus compañeros la vigilaban mientras pedían los cafés, y terminó por ceder.

Se quitó la gabardina, la dejó en el respaldo y se sentó, apoyando los antebrazos en la mesa de madera.

La distancia física volvía a ser mínima, y esa extraña corriente eléctrica que nos envolvía cada vez que estábamos cerca regresó de golpe, complicándome la tarea de mantener las defensas altas.

—Me he enterado de que andas husmeando en la Fundación Hope —solté sin rodeos, inclinándome ligeramente hacia ella para que mis palabras quedaran entre nosotros—. Sé que estuviste llamando a la clínica ayer por la tarde, para sacarles información sobre los detalles de la donación del club.

La expresión de Maia cambió en un instante. Una rigidez absoluta transformó sus facciones al darse cuenta de que la había descubierto en mitad de sus pesquisas, confirmando que sus llamadas telefónicas habían hecho saltar las alarmas antes de lo esperado.

—¿Qué hay de extraño y por qué te importa? A eso nos dedicamos los periodistas cuando investigamos. ¿O crees que lo que escribimos nos viene dado por arte de magia? —replicó entre dientes.

—Me importa porque sé que sabes que dono dinero a ese centro.

Creo que tengo derecho a realizar aportaciones benéficas donde y cuando me apetezca sin que la prensa intente fiscalizar cada uno de mis movimientos —continué, manteniendo la voz ronca, contenida y lo más neutral posible—.

No pretendo presumir de filántropo, ni busco campañas de publicidad, ni me interesa que se airee lo que decido hacer con mi dinero.

Es un asunto estrictamente privado y no hay nada más que rascar ahí.

Te ruego que no sigas por ese camino. No quiero titularles de Noah Hayes el filántropo ni nada similar.

—¿Qué te hace pensar que mi investigación tiene que ver contigo? — Touché , eso no lo había considerado. ¿Por qué pensaba que todo tenía que ver conmigo?

—Me da igual si lo haces con intención de hablar de mí más allá del deporte o ha sido casualidad. No importa quién done, es algo privado y has puesto a la Fundación en un aprieto. Déjales hacer su labor. Nada más.

Nuestras miradas se entrelazaron a quemarropa en un duelo silencioso y asfixiante.

La tensión sexual y el pique profesional se mezclaron en el ambiente de la cafetería, creando una atmósfera tan densa que apenas me permitía respirar.

Podía ver el sutil destello dorado en sus iris castaños y la forma en que sus labios se apretaron.

Había una atracción innegable entre nosotros, una gravedad salvaje que nos empujaba a acercarnos a pesar de la desconfianza mutua que nos dividía.

No tenía certezas de que fuera así, pero estaba convencido de que no me equivocaba.

Y yo no me podía permitir tener nada con ninguna mujer en esos momentos, menos aún con una periodista chismosa que podría querer estar conmigo para sacarme información. No dejaría que nadie me engañara.

Maia guardó silencio unos segundos, asimilando mis palabras con seriedad, sopesando el límite que acababa de marcar frente a ella. Finalmente, se enderezó en la silla y me clavó una mirada cargada de una determinación que me tensó todos los músculos.

—Agradezco que hayas venido a decírmelo a la cara y no a través de un comunicado del club, Noah —admitió, con una voz suave pero firme—.

Demuestra que te importa lo que hago. Pero no me amenaces.

Soy una Thawne, llevo el periodismo en las venas, y nadie me dicta sobre qué puedo o no investigar.

No busco trapos sucios ni portadas sensacionalistas.

Aborrezco ese tipo de periodismo y lo sabes perfectamente. Pero tu actitud no es normal.

—¿Entonces?

—Relájate. De momento no tengo motivos para publicar nada, pero si descubro que ese empeño tan absoluto en ocultarte interfiere con tu rendimiento o con el equipo, haré mi trabajo porque entonces sí que será algo que tenga que ver con tu yo deportivo, estés de acuerdo o no.

Respecto a ti, ya que te crees tan importante para venir aquí con esta absurda reclamación, que sepas que, como periodista, mi trabajo es entender el juego, y tú eres una pieza que no encaja en el tablero.

Solo quiero entender qué te pasa a nivel deportivo, lo demás me trae sin cuidado.

Por mí, como si ocultas un harén en tu casa mientras seas responsable en el campo.

—Pues deja de buscar —le espeté de forma borde, clavando mis ojos verdes en los suyos—.

Ni mi vida privada ni la de ningún compañero te incumben en absoluto, tienes razón.

Hay límites que no deberías cruzar, Maia, por muy buena que te creas en tu profesión.

Detrás del futbolista hay personas reales que no tienen nada que ver con este circo y a las que pienso proteger de cualquiera que intente husmear.

Así que te lo pido por última vez, por el respeto profesional que nos tenemos: mantente al margen de la Fundación Hope.

—No te preocupes, no soy tan rastrera. Pero ten muy claro que nada de lo que me digas impedirá que haga mi trabajo.

Se puso la gabardina con movimientos elegantes, cogió su bolso y regresó junto a sus compañeros de redacción, que la esperaban con los cafés listos para llevar. Los tres abandonaron la cafetería sin mirar atrás, dejándome solo frente a mi taza de café frío.

Me quedé estático en el rincón, con el pulso a mil revoluciones por hora.

El tiro me había salido por la culata. En lugar de disuadirla, mi enfrentamiento directo solo había servido para confirmar todas sus sospechas y avivar su curiosidad.

¡Qué estúpido había sido! La rabia me pudo y ahora Maia Thawne sabía con total certeza que había tocado una fibra sensible, y la mezcla de su agudeza periodística con esa sensualidad desafiante que me volvía loco la convertía en la amenaza más real, peligrosa y fascinante a la que jamás me había enfrentado.