El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Maia

El murmullo de las conversaciones cruzadas y las risas de un sábado por la noche inundaban el reservado del restaurante del Soho.

Observé a mis amigos a través del borde de mi copa de vino, y sentí una calidez en el pecho que hacía meses que no experimentaba.

Estaban Sarah, mi compañera de la universidad que ahora editaba en una revista de moda, y David, un fotógrafo de viajes que siempre regresaba con historias inverosímiles de rincones perdidos del mundo.

Hacía demasiado tiempo que mis fines de semana se reducían a portátiles encendidos, estadísticas de partidos de madrugada y tazas de café frío en la cama.

Había decidido que aquello tenía que cambiar; la vida no podía ser solo una obsesión constante por descifrar el siguiente enigma táctico o desentrañar los secretos de futbolistas herméticos.

Necesitaba respirar, reír y recordar lo que era tener veintiséis años en una ciudad como Londres.

—...y entonces David intentó convencer al guía de que su equipo de cámaras era material médico —relató Sarah, provocando una carcajada unánime en la mesa.

Me uní a las risas de manera genuina, empeñada en que la ligereza de la conversación me arrastrara lejos de las bases de datos de la revista.

Durante unas horas, el nombre de Noah Hayes no cruzó por mi mente, y la molesta y atractiva imagen de sus ojos verdes bajo las luces del salón de la gala se desdibujó por completo.

Me sentía libre, relajada y decidida a no cerrarme tanto en las cuatro paredes de la redacción.

Esa renovada promesa de equilibrio personal, sin embargo, se puso a prueba apenas dos días después.

El lunes por la tarde, Olivia Ward me llamó para cubrir un evento inusual, junto a otros tres periodistas de otros medios seleccionados por ella.

El Kingsford FC abría las puertas de su centro de alto rendimiento para una sesión fotográfica exclusiva con una prestigiosa marca de relojes de lujo suizos, el nuevo patrocinador oficial del club.

Como redactora jefa de una revista especializada, me correspondía coordinar las notas técnicas sobre el impacto comercial del acuerdo, lo que me obligaba a trasladarme a las instalaciones de entrenamiento.

Cuando entré en el pabellón cubierto, transformado temporalmente en un plató fotográfico con enormes focos y pantallas reflectoras, lo vi en el centro del escenario.

Noah vestía un traje de corte impecable, sin corbata, con los primeros botones de la camisa blanca abiertos y un imponente reloj de esfera oscura en la muñeca izquierda.

El fotógrafo le daba indicaciones precisas mientras los flashes estallaban de forma intermitente, capturando las líneas duras de su rostro y esa presencia física tan imponente que llenaba el espacio por sí sola.

Lo miré sin el filtro periodístico que solía usar y, como mujer, me di cuenta de lo impresionante que era.

¿Cuánto tiempo hacía que no compartía cama con alguien como él?

Un cosquilleo delator me recorrió los muslos y el vértice que los une.

Sacudí ligeramente la cabeza para espantar esos pensamientos y me mantuve en un segundo plano, junto a los técnicos de iluminación y el resto de periodistas, anotando un par de detalles en mi cuaderno digital.

Me prometí a mí misma mantener una distancia estrictamente profesional.

No iba a ser la periodista intensa que lo perseguía con preguntas incómodas; de hecho, durante la breve rueda de prensa que el club organizó justo después con los medios en la sala contigua, me limité a escuchar.

Varias agencias preguntaron por los contratos, y yo permanecí sentada en la tercera fila, con los brazos cruzados, sin pedir el micrófono en ningún momento.

A través de la sala, noté cómo Noah buscaba mi posición con la mirada entre el tumulto de redactores.

Cuando se dio cuenta de que la ronda de preguntas terminaba y yo no había intentado atacarlo ni interrogarlo sobre su rendimiento o su fundación, sus hombros se relajaron de manera visible.

Vi flaquear por un instante esa armadura de desconfianza que siempre exhibía ante mí; sus ojos verdes me observaron con una mezcla de sorpresa y extrañeza, como si tratara de descifrar por qué el sabueso había decidido no morder ese día.

Ese sutil bajón en sus defensas me pareció una pequeña victoria silenciosa.

El verdadero giro se produjo al finalizar el acto, cuando la sala comenzó a vaciarse. Me acerqué a la mesa de catering para coger una botella de agua antes de marcharme, convencida de que él ya se había retirado a los vestuarios.

—Vaya, Thawne —la voz profunda y ronca de Noah resonó justo a mi espalda, haciéndome girar de inmediato—. Hoy has estado inusualmente callada ahí dentro. Empezaba a pensar que te habías equivocado de sala o que habías perdido el bloc de notas por el camino.

Me giré despacio, y encontré su figura a menos de un metro de distancia.

Sin los focos del plató, su cercanía resultaba todavía más abrumadora.

Se había aflojado un poco más el cuello de la camisa y exhalaba un magnetismo puramente físico, una mezcla de perfume caro y la calidez propia de alguien que acababa de terminar una jornada intensa.

Su tono no era borde; era casi cordial, teñido de una curiosidad franca que acortaba las distancias entre los dos de una forma nueva.

—Los periodistas también sabemos escuchar, Hayes —respondí, sosteniéndole la mirada con una sonrisa tranquila, desprovista de la hostilidad de nuestros anteriores encuentros—.

Además, era una presentación comercial. No creo que te apeteciera discutir sobre la presión del bloque bajo del equipo mientras intentas vender un reloj de lujo.

Noah dejó escapar una pequeña sonrisa, la primera sonrisa real y relajada que le veía desde que llegó a Londres, y el gesto transformó por completo sus facciones duras, volviéndolo peligrosamente atractivo.

La tensión entre nosotros mutó de golpe; ya no era la hostilidad de la sala de prensa ni el pánico del supermercado.

Era una vibración sutil, una atracción magnética y eléctrica que flotó en el espacio vacío que nos separaba, acelerándome el pulso de manera imprevista.

—Un detalle por tu parte —admitió él, dando medio paso hacia delante. La distancia se redujo tanto que alcancé a percibir la intensidad de sus pupilas verdes—. Empezaba a creer que tu único objetivo en esta ciudad era hacerme la vida imposible.

—Solo hago mi trabajo, Noah. Y hoy mi trabajo consistía en comprobar si eres tan buen modelo como delantero —le provoqué con suavidad, ladeando la cabeza y recorriendo con la vista la línea de su mandíbula.

El comentario, cargado de una coquetería sutil que se me escapó de las manos, hizo que el ambiente se volviera asfixiante en cuestión de segundos.

Noah clavó sus ojos en los míos, y por un instante eterno, el aire pareció congelarse entre nuestras bocas.

Vi cómo su mirada descendía un instante hacia mis labios antes de regresar a mis ojos con una intensidad salvaje, un chispazo de deseo puro que nos dejó a ambos inmóviles.

Sin embargo, justo cuando la distancia parecía a punto de disolverse, algo cambió en su mente.

Fue un destello casi imperceptible. Recordé la advertencia de Olivia, los secretos de este hombre que yo misma andaba rastreando en mi portátil, y vi cómo Noah recuperaba el control de golpe.

Sus facciones se endurecieron, la calidez desapareció de su rostro y dio un paso hacia atrás, levantando de nuevo ese muro de piedra impenetrable que tanto lo caracterizaba.

—Bueno, las fotos ya están hechas —sentenció de manera fría y distante, con los puños cerrados a los lados del cuerpo—. Tengo que volver al vestuario, el míster me espera para la sesión de vídeo. Buenas tardes, Thawne.

Se giró sin darme tiempo a responder, y se alejó a zancadas por el pasillo interior con una rigidez que delataba lo mucho que le había costado forzar esa retirada.

Me quedé estática junto a la mesa, respirando hondo para intentar calmar el vuelco que me había dado el corazón.

Noah se había blindado a la desesperada porque, con toda seguridad, había sentido el mismo peligro que yo: la certeza de que, detrás de nuestra rivalidad profesional, empezaba a arder una tensión sexual tan potente que amenazaba con devorarnos a los dos si nos aproximábamos demasiado.

No creo que mi intuición me fallara. Lo sentí tan cierto que me dio miedo. Quizá yo también debería blindarme.