El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Noah

El motor del coche ronroneó en silencio cuando me detuve frente a la enorme verja de hierro forjado.

Al otro lado del cristal, la propiedad se alzaba con una elegancia imponente, rodeada de castaños centenarios y un manto de césped impecable que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Estaba en una de las urbanizaciones más exclusivas de las afueras de Londres, un reducto de paz protegido por un despliegue de seguridad privada digno de una embajada.

Cámaras de vigilancia de última generación, patrullas constantes y un control de acceso estricto garantizaban que ningún fotógrafo ni periodista con exceso de curiosidad pudiera aproximarse a menos de un kilómetro.

Por eso era el lugar que gente famosa del mundo del cine, de la televisión y de los deportes, elegía para vivir.

El agente inmobiliario me acompañó en un recorrido rápido por las estancias.

La casa era espaciosa, luminosa y, sobre todo, segura.

Tenía un gran jardín trasero donde mi hermana podría estar sin sentirse observada y suficientes habitaciones para albergar los restos de nuestra rota familia.

No quise mirar más opciones; la suite del hotel se me caía encima y necesitaba un cuartel general con urgencia.

Firmé el precontrato de alquiler allí mismo, sobre la encimera de mármol de la cocina, y pagué una fianza desorbitada sin pestañear.

El dinero, por primera vez en mi vida, ya no era un obstáculo.

Nada más subirme al coche para regresar a las instalaciones del club, busqué el teléfono móvil y marqué el número de mi madre.

Necesitaba darle la noticia. El tono sonó cuatro veces antes de que su voz, siempre teñida de esa fatiga crónica que arrastraba desde hacía años, respondiera al otro lado de la línea.

—¿Noah? Hola, cielo. ¿Cómo estás? —preguntó, e intenté descifrar su estado de ánimo a través de ese simple saludo.

—Hola, mamá. Muy bien. Acabo de salir de una propiedad a las afueras de la ciudad y ya he firmado los papeles para el alquiler —anuncié, apoyando el brazo en la ventanilla—.

Es perfecta. Tiene una seguridad increíble, jardín y espacio de sobra.

Quiero que preparéis las maletas. Ya podéis veniros a vivir conmigo, tanto tú como Kimberly.

Se acabó lo de estar escondidas en Liverpool.

Se produjo un silencio denso al otro lado de la línea, uno de esos silencios que me encogieron el estómago al instante. Escuché el suspiro pesado de mi madre y supe que la respuesta no sería la que yo esperaba.

—Noah, hijo... agradezco con el alma todo lo que haces por nosotras, de verdad —comenzó a decir con un hilo de voz titubeante—.

Pero no es tan sencillo. Nuestra vida entera está aquí, en Liverpool.

Mis pocas amigas, la rutina que tanto me ha costado construir para no volverme loca...

Además, Kimberly está muy nerviosa con el tema de los estudios y un cambio más puede alterarla demasiado.

Los diecisiete son muy difíciles, sobre todo para empezar de cero, y aquí creo que la tengo controlada.

—Mamá, Londres está lleno de oportunidades —le repliqué, apretando el volante con fuerza—. Kimberly podría ir a una de las mejores universidades del país. Yo me ocuparía de todos los gastos, de la matrícula, de lo que hiciera falta. Estaríamos juntos. Podría protegeros.

—Lo sé, pero hay algo más —me interrumpió ella, y el tono de su voz cambió por completo, volviéndose temeroso y sombrío—.

Ayer me llamaron de la clínica. Los responsables de la Fundación Hope se pusieron en contacto conmigo para informarme de la situación.

Han conseguido localizarlo tras su última crisis, en el hostal que dijiste, y...

lo han ingresado de nuevo, Noah. Tu padre está otra vez bajo tratamiento.

La mención de mi padre me cayó encima como una losa de hormigón.

Sentí un escalofrío helado en la espina dorsal y la inquietud me atenazó las entrañas.

Cada vez que ese hombre entraba en un centro, el frágil equilibrio que tanto nos costaba mantener amenazaba con saltar por los aires.

Los fantasmas del pasado regresaban siempre con más fuerza, dispuestos a cobrarse sus deudas.

—¿Está controlado? —pregunté con voz ronca, incapaz de articular otra frase.

—De momento sí, pero ya sabes cómo funciona esto.

No sé qué pasará si decide firmar el alta voluntaria o si intenta escapar y buscarnos otra vez en pleno delirio.

Por eso prefiero no tomar decisiones precipitadas sobre irnos de aquí.

Puede que nos necesite. Déjame pensarlo, ¿de acuerdo?

Te quiero, hijo. Concéntrate en el fútbol.

La llamada concluyó y me quedé mirando la pantalla del teléfono con la mente sumida en un auténtico caos.

La tranquilidad que me había aportado el alquiler de la casa se disipó por completo, sustituida por una preocupación sorda que me acompañó durante todo el trayecto de vuelta hacia el campo de entrenamiento.

Dos horas más tarde, me encontraba en las instalaciones del Kingsford FC. Había completado la sesión de gimnasio en solitario para soltar los músculos, pero la cabeza seguía en otra parte. Justo cuando cruzaba el pasillo interior hacia los vestuarios, una silueta imponente me cortó el paso.

Alistair McGregor, el entrenador jefe del equipo, me observaba con los brazos cruzados sobre el pecho.

McGregor era un escocés de la vieja escuela, un tipo de rostro curtido por el viento y ojos pequeños que parecían capaces de leer los pensamientos de cualquiera.

No utilizaba rodeos con sus jugadores; su fama de hombre directo y exigente lo precedía en toda la Premier League.

—Hayes, a mi despacho un momento —ordenó con su marcado acento escocés, reforzado por una palmada en mi hombro que me obligó a enderezar la postura.

Lo seguí en silencio hasta la estancia, un lugar sobrio decorado con pizarras tácticas y fotografías de antiguos campeonatos.

McGregor se sentó tras su escritorio y me indicó la silla de enfrente con un movimiento de cabeza.

Me acomodé en el asiento, manteniendo la espalda recta y la mirada fija en mi superior.

—Vamos a hablar claro, muchacho —empezó el míster, apoyando los codos en la mesa—.

Has marcado el gol de la victoria el domingo, sí, y la prensa se ha deshecho en elogios contigo.

Pero yo no soy un periodista en busca de titulares que vendan.

Llevo toda la semana observándote en los entrenamientos y sé perfectamente que no estás aquí al cien por cien. Tienes la cabeza en otra parte.

—Estoy bien, míster. Solo es el proceso habitual de adaptación —intenté justificarme, con un tono suave totalmente forzado.

—No me vengas con tecnicismos —me cortó McGregor, tajante—.

Entiendo perfectamente que mudarse a un país nuevo, asimilar un traspaso millonario y lidiar con la presión de Londres requiere un tiempo de transición.

Eso pasa siempre, con todos los fichajes.

Pero nadie tarda tanto en meterse en la dinámica del grupo como tú.

Estás ausente, Noah, y apenas interactúas con tus compañeros.

No olvides que sois un equipo. He visto que juegas con una cautela que me desespera en el campo, como si tuvieras miedo a cometer un error que rompa algo a tu alrededor.

Y tus compañeros me dicen que siempre estás solo.

El entrenador hizo una pausa, escrutándome con una fijeza que me resultó incómoda. Removió unos papeles sobre la mesa antes de continuar.

—El club dispone de una estructura excelente para estas situaciones.

Si necesitas hablar con el psicólogo del equipo, o si requieres cualquier asistencia especial para solucionar asuntos personales, solo tienes que decírmelo.

Mi trabajo es darte las herramientas para que rindas en el césped, pero tú tienes que poner de tu parte.

Te necesito centrado, Noah. No dentro de un mes. Te necesito ya.

Tragué saliva, asimilando la reprimenda con disciplina.

No podía permitir que McGregor sospechara que el motivo de mi distracción era un asunto familiar tan grave, y mucho menos que una periodista andaba husmeando en mis secretos.

Me pensé mucho si decirle quién era mi padre y al final preferí callar para no condicionar su trato hacia mí.

Para salir de este atolladero en el que me acababa de meter, decidí utilizar la única excusa válida que tenía a mano para desviar la atención.

—Tiene razón, míster, y le pido disculpas —respondí, mirándolo directamente a los ojos—.

He estado un poco intranquilo estos días por el asunto de la vivienda.

Estar metido en una suite de hotel con las maletas sin abrir me resultaba agobiante.

Pero precisamente hoy he encontrado una casa adecuada a las afueras.

Ya he firmado el contrato de alquiler, así que ese problema está resuelto.

A partir de mañana, mi único objetivo será el equipo.

Omití cualquier mención a mi madre, a mi hermana y al reingreso de mi padre en la Fundación Hope. McGregor asintió despacio, sin dejar de mirarme, y parecía que aceptaba la explicación, aunque su rostro no se relajó por completo.

—Me alegra escuchar eso, chico —concluyó el escocés, se apoyó en el respaldo de su silla y su mirada se relajó—.

Le diré a Olivia que envíe al equipo de logística del club para que te ayuden con la mudanza y el transporte de tus pertenencias.

De ese modo abreviaremos los plazos y no perderás el tiempo con cajas y camiones.

Pero recuerda nuestro trato, Hayes: te queremos concentrado en el balón.

A ver si esa supuesta estabilidad que acabas de conseguir en tu vida personal se nota en tu rendimiento en el próximo partido. Puedes marcharte.

Me puse en pie, le di las gracias con un asentimiento educado y abandoné el despacho con una opresión en el pecho que no lograba hacer desaparecer.

El club me ofrecía todas las facilidades del mundo, el entrenador me exigía el máximo y yo acababa de alquilar una fortaleza para proteger a los míos.

Todo parecía encaminado, pero la realidad era que los muros empezaban a agrietarse antes incluso de haber mudado la primera caja.

Las palabras de mi madre sobre el regreso de mi padre y el recuerdo de la mirada sagaz de Maia Thawne en la gala se mezclaron en mi mente, configurando una amenaza invisible que amenazaba con destruir mi carrera en el Kingsford FC antes de que lograra arrancar por completo.

A veces me preocupaba que todos estos peligros que me acechaban estuvieran solo en mi mente. Decidí guardar la opción del psicólogo para cuando me viera desbordado, si es que eso llegaba a ocurrir.