CAPÍTULO 7
Maia
El sonido de los tacones contra el suelo de parqué de mi piso me pareció insoportablemente ruidoso en mitad del silencio de la madrugada.
Me desabroché la cremallera del vestido verde botella con un suspiro de alivio, la seda resbaló hasta el suelo rozando mi piel y recordé que nadie me acariciaba desde hacía tiempo; tanto trabajar no me dejaba tiempo para una vida privada normal para una chica de mi edad.
Me lo repetía cada día, me lo decía mi madre y, aun así, no era capaz de reducir mi carga de trabajo: me gustaba demasiado.
Me puse una camiseta de algodón vieja de la Universidad de Boston, donde pasé un año glorioso.
El glamour de la gala del Kingsford FC se había evaporado en el instante en que crucé el umbral de mi casa, pero la adrenalina seguía intacta, quemándome por dentro.
Me metí en la cama y apagué la luz, dispuesta a dormir, pero fue una causa perdida.
Me pasé casi una hora dando vueltas entre las sábanas, contemplando el reflejo parpadeante de las farolas de la calle contra el techo del dormitorio.
Tenía el cuerpo agotado, pero la mente funcionaba a mil revoluciones por hora, atrapada en los detalles de la noche.
Todavía sentía el eco de la música clásica en los oídos y, sobre todo, la vibración extraña que había flotado en el aire durante mi conversación con Noah.
Su mirada verde, tan afilada y hostil en la barra del bar, se me había quedado grabada a fuego.
Nos habíamos lanzado auténticos cuchillos envueltos en sonrisas de cortesía, y la corriente eléctrica que había fluctuado entre nosotros mientras Aiden Brooks bromeaba, todavía me ponía la piel de gallina.
Había una contradicción fascinante en él que no me dejaba en paz.
Por su físico imponente, por su estatura de coloso y por los ochenta millones que el club había pagado, Noah Hayes tenía todas las papeletas para ser el típico futbolista fanfarrón, ligón y soberbio que domina las fiestas de la Premier League.
Sin embargo, se empeñaba en mantenerse en un segundo plano.
Se mostraba esquivo, tímido con los patrocinadores y extrañamente incómodo bajo los focos mediáticos.
¿Por qué alguien con el mundo a sus pies elegía actuar como un fugitivo?
Cansada de pelear contra el insomnio, me incorporé en la cama, encendí la lámpara de la mesilla y estiré el brazo para coger el ordenador portátil. El aparato pesaba sobre mis muslos y la luz de la pantalla me obligó a entornar los ojos unos segundos en mitad de la penumbra del cuarto.
—Fundación Hope —susurré, a la vez que tecleaba el nombre en el buscador.
La intuición rara vez me fallaba. Mi trabajo en la revista consistía precisamente en leer los pequeños detalles que los demás pasaban por alto en los esquemas tácticos, y ahora aplicaba ese mismo ojo clínico a la actitud del delantero.
Para mí, la mente del jugador era tan importante como su físico.
Empecé a investigar sobre ello y fijarme en todos los aspectos de cada futbolista a raíz del aclamado gol de Iniesta en la final del Mundial de Sudáfrica, cuando ni siquiera era periodista, pero sí una fanática del fútbol gracias a mi padre.
Los jugadores necesitan estabilidad o una mente fría muy entrenada para poder rendir en el campo.
Y en Hayes había algo que hacía que su mirada y su actitud fueran, ¿cómo decirlo?
, ¿hurañas, huidizas? Su discurso sobre la juventud y el fango de las adicciones había sido demasiado fluido, un guion perfecto aprendido de memoria para salir del paso.
He asistido a demasiadas ruedas de prensa como para notar un discurso aprendido de uno espontáneo, que salga de dentro.
Noah Hayes temía que esa elección levantara sospechas, y precisamente por eso la había justificado con tanta vehemencia.
La página web del centro de rehabilitación de adicciones mostraba la típica fachada institucional y pulcra.
Sin embargo, gracias a la estricta Ley de Transparencia británica, todas las organizaciones benéficas que recibían fondos o exenciones fiscales estaban obligadas a publicar sus informes financieros anuales y sus balances de cuentas.
Descargué los documentos en formato PDF de los últimos cinco años, dispuesta a analizar las cifras con calma.
A medida que pasaba las páginas del balance, mis dedos se detuvieron en la sección de ingresos.
El centro se gestionaba de manera muy humilde, pero había un detalle técnico que llamó mi atención de inmediato: la enorme cantidad de donaciones privadas de carácter completamente anónimo que sostenían la estructura.
En este tipo de fundaciones del norte de Inglaterra, las aportaciones sin nombre eran habituales, pero los picos de capital de los últimos ejercicios resultaban sospechosos.
Coincidían en el tiempo, casi al milímetro, con los grandes hitos de la carrera de Noah en el extranjero. ¿Sería casualidad?
No había nombres, ni registros bancarios directos, ni magia informática que yo pudiera hacer desde mi cama para romper ese anonimato.
Pero la coincidencia temporal estaba ahí, latente, desafiando mi lógica periodística.
La clínica principal estaba ubicada a las afueras de Liverpool, la ciudad en la que él se había criado.
Tomé varias notas mentales, uniendo los puntos con cautela. Tenía una corazonada sólida, pero los números del documento no bastaban para construir una crónica seria. Necesitaba información real, de esa que no se publicaba en los balances de transparencia ni se colgaba en internet.
«El lunes a primera hora llamaré directamente a la sede de la fundación», decidí, cerrando el ordenador con suavidad y dejándolo sobre la alfombra.
Aprovechando el revuelo mediático de la gala y las cincuenta mil libras del sorteo benéfico, llamaría con el pretexto de preparar un reportaje de perfil humano sobre el impacto de la donación del Kingsford FC en el centro.
Era una excusa profesional impecable, una puerta trasera perfecta para charlar con los directores de la clínica o con los voluntarios veteranos sin levantar las alarmas.
Algún administrativo descuidado o algún enfermero con buena memoria terminaría soltando un dato, un apellido o una conexión local con el pasado del jugador, si es que la había.
Cabía la posibilidad de que estuviera errando el tiro y Noah solo tuviera un mal de amores, el típico rechazo a mudarse de alguna novieta española.
Podría ser, desde luego, pero eso no restaba ni un ápice mi interés por seguir investigando.
Prefería equivocarme a dejar cabos sueltos.
«Sí, ese es un buen plan», me dije a mí misma, acomodando la almohada para intentar conciliar el sueño por fin.
La única duda que me carcomía mientras la luz de la habitación se apagaba era si debía poner al corriente a mi jefe de redacción o si era mejor actuar por libre.
Si informaba a la dirección de la revista, se activarían los protocolos habituales, abrirían una investigación formal y la presión sobre el club aumentaría, algo que no quería hacer porque valoraba mi relación profesional con Olivia Ward.
No pretendía enfadar a nadie, ni buscaba iniciar una caza de brujas contra el fichaje estrella de la temporada; solo necesitaba entender, porque odiaba dejar hilos abiertos.
Ese era uno de mis defectos y de mis virtudes como periodista.
Pero Noah Hayes me tenía intrigada. Su misterio se había convertido en un reto intelectual que me tocaba de cerca, y la perspectiva de descubrir qué se ocultaba detrás de esos ojos verdes tan cargados de desconfianza resultaba demasiado tentadora como para compartirla con nadie más.
De momento, jugaría mis cartas en solitario y con cuidado, convencida de que el siguiente asalto de esta particular partida se libraría muy pronto.