CAPÍTULO 6
Noah
Detestaba los trajes de etiqueta casi tanto como las ruedas de prensa, pero Olivia Ward había dejado muy claro que la asistencia a la gala anual con la prensa de inicio de temporada del Kingsford FC era obligatoria para toda la plantilla.
El evento se celebraba en un majestuoso salón de un hotel de cinco estrellas en Mayfair, un escenario propenso al exceso donde el champán corría sin límite y las joyas de los invitados brillaban bajo las enormes lámparas de cristal.
Todo el mundo sonreía, todo el mundo aparentaba y, lo peor de todo, la sala estaba inundada de periodistas.
Me pasé la primera hora de la noche sintiéndome un auténtico impostor entre la multitud.
Aquel ambiente asfixiante de alta sociedad me recordaba demasiado a la clase de lujos efímeros que sepultaron la carrera de mi padre, y la incomodidad se me reflejaba en la rigidez de los hombros.
Por suerte, Sebastian Everton, el capitán del equipo, me vio desubicado cerca de la entrada y me acogió de inmediato debajo de su ala.
Sebastian transmitía una autoridad natural, tranquila y desprovista de humos, probablemente contagiada por su relación con Olivia.
Se quedó a mi lado un buen rato, presentándome a algunos directivos y amortiguando las preguntas incómodas de los patrocinadores con una soltura que le agradecí internamente con el alma.
Fue mientras Sebastian hablaba con un miembro de la junta directiva cuando mis ojos se desviaron, por puro instinto, hacia el centro del salón. Andaba buscando una ruta de escape hacia la terraza, pero me topé con algo muy diferente. Ahí la vi.
Se me cortó la respiración por un instante.
Maia acababa de entrar en la zona principal y resultaba imposible ignorarla.
Su vestido de seda de un color verde botella profundo contrastaba de manera espectacular con la palidez de su piel.
El diseño, de líneas sencillas pero elegantísimo, se ceñía a su cintura y caía hasta el suelo con una caída limpia, dejando sus hombros completamente al descubierto.
Tenía el cabello recogido en un moño alto, un par de mechones sueltos enmarcándole el rostro y una copa de vino blanco sujeta entre los dedos.
Pero lo que verdaderamente me paralizó no fue el vestido, sino su actitud.
Maia se movía entre los invitados con una soltura envidiable.
Sonreía con sinceridad, bromeaba con los fotógrafos de la entrada y charlaba de manera animada con cualquiera que se le acercase.
Era una chica alegre, llena de luz, una faceta que no tenía nada que ver con la versión gélida e implacable que me había mostrado en el supermercado o en la sala de prensa.
Verla reír de esa manera, tan libre de las cargas que a mí me aplastaban los días, me provocó una punzada de algo muy parecido a la envidia.
Estaba preciosa, una realidad que me golpeó el pecho con la fuerza de un balonazo y que me obligó a tensar la mandíbula para disimular el impacto.
El punto fuerte de la velada llegó con el tradicional sorteo benéfico.
Me despedí de Sebastian y subí los escalones del escenario cuando el presentador pronunció mi nombre, ya que los nuevos éramos los encargados de ser la mano inocente.
Además, se nos otorgaba el privilegio de decidir a qué organización iba destinada la recaudación de la cena.
Metí la mano en el recipiente de cristal, saqué la papeleta y me acerqué al micrófono para anunciar el resultado.
—El ganador de esta noche de un pase VIP para toda la temporada es el señor Abernathy, y la recaudación se destinará íntegramente a la Fundación Hope, un centro de rehabilitación y apoyo para personas con problemas de adicciones graves en el norte del país —anuncié.
Un murmullo sutil recorrió las primeras filas. La mayoría de mis compañeros elegían fundaciones infantiles o escuelas de fútbol base. Destinar semejante cantidad de dinero a un centro de drogodependencia resultaba inusual, casi chocante en un entorno tan pulcro.
Al bajar del escenario, busqué la barra para recuperar mi copa de agua mineral, deseando huir de las miradas curiosas.
Sin embargo, no alcancé a dar tres pasos antes de que Maia se interpusiera en mi camino, obligándome a detener el avance de golpe.
La calidez y las sonrisas que había repartido por el salón desaparecieron al instante; al mirarme, sus ojos castaños recuperaron ese brillo afilado de cazadora.
—Vaya, Hayes —comenzó ella, ladeando la cabeza con una sonrisa helada—.
Una elección bastante peculiar para el nuevo chico de oro del Kingsford.
La mayoría de tus compañeros prefiere asociar su imagen a causas más...
fotogénicas de cara a las marcas de publicidad.
¿A qué se debe ese repentino interés por las clínicas de desintoxicación?
Me mantuve firme,con mis ojos verdes clavados en los suyos. Por suerte, yo preveía que algo así podía pasar y me sabía la respuesta de memoria porque no era la primera vez que me la hacían. La había ensayado mil veces frente al espejo de mi hotel para que sonara natural, impecable y definitiva.
—No hay ningún misterio, Maia —respondí, adoptando un tono de voz sereno y profesional—.
El fútbol de élite nos otorga una plataforma inmensa, y creo que es nuestra responsabilidad visibilizar problemas reales que la sociedad prefiere ignorar, sobre todo de cara a los jóvenes que nos admiran.
Las adicciones destruyen miles de familias en este país cada año.
Si cincuenta mil libras sirven para que un chaval tenga la oportunidad de recuperar las riendas de su vida y alejarse del fango, considero que es un dinero mucho mejor invertido que en cualquier campaña de marketing.
El discurso fue fluido y desprovisto de fisuras.
Cualquier otra persona se habría tragado la milonga filantrópica, pero Maia no era una periodista cualquiera.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia de tal manera que el sutil aroma a jazmín de su piel volvió a nublarme los sentidos.
Exhalaba una sensualidad abrumadora, deliberada, un arma que utilizaba sin el menor reparo para desestabilizarme mientras sostenía mi escrutinio.
Se humedeció los labios despacio antes de clavar la vista en mi boca.
—Un discurso impecable, de verdad —susurró, inclinándose un poco—.
Casi parece que lo llevaras escrito en el reverso de la mano desde hace años.
Tienes una respuesta perfecta para cada pregunta, una excusa ideal para tus compras nocturnas y una declaración maravillosa para tus obras de caridad.
Eres como un mecanismo de relojería, Noah.
Pero a los relojes que van tan sincronizados siempre les pasa lo mismo: les aterra que alguien les abra la tapa trasera y les toque los engranajes.
¿O hay algún otro motivo para que te interese la Fundación Hope que no me quieras contar?
De nuestras bocas salían auténticos cuchillos encubiertos en mitad de la música clásica que sonaba de fondo.
La rabia me encendió la sangre, mezclada con una frustración salvaje por la cercanía de su cuerpo y la provocación descarada de su mirada.
Aquella mujer me estaba desquiciando. Estaba jugando con fuego, arrimándose demasiado al borde del precipicio que ocultaba mi secreto, y ni se inmutaba.
—¿Qué pasa aquí, Hayes? ¿Es que os odiáis tanto que no podéis estar en la misma habitación sin intentar degollaros con la mirada?
La voz burlona de Aiden, el centrocampista estrella del equipo y uno de los pesos pesados del vestuario, interrumpió el ambiente asfixiante que nos rodeaba.
Se acercó a la barra con una sonrisa pícara, acompañado por un par de jugadores de las categorías inferiores que miraban la escena con evidente diversión.
Me obligué a apartar los ojos de Maia con un esfuerzo supremo y miré a mi compañero con rigidez.
—Solo intercambiábamos impresiones sobre el evento, nada más —respondí de manera cortante, con la voz notablemente más ronca.
—Sí, claro. Impresiones —replicó Aiden, guiñándole un ojo a Maia de forma cómplice—. Tómatelo con calma, Maia, que este tío acaba de llegar y todavía tenemos que conseguir que nos pase algún balón en el área. No me lo dejes traumatizado antes del próximo partido.
Maia guardó silencio, limitándose a dar un sorbo pausado a su copa de vino mientras me sostenía una última mirada cargada de ironía y de un desafío que me dejó el pulso temblando.
Se despidió de Aiden con un gesto cariñoso y se alejó hacia la zona de las mesas, con un contoneo de caderas que hacía que el tejido de seda de su vestido verde oscilara con suavidad a cada paso.
Me quedé estático junto a la barra, apretando el vaso de agua mineral con tanta fuerza que temí romper el cristal entre mis dedos.
El sudor frío me recorría la nuca y la incertidumbre me carcomía por dentro.
Temí que Maia Thawne hubiera encontrado la primera pista real sobre mi pasado gracias a esa maldita donación, aunque también podía ser paranoia mía que tendía a creer que cualquier gesto o palabra me delataba, aunque mi interpretación estuviera a años luz de la realidad.
Lo que no me estaba imaginando era la forma en que Maia me provocaba, mezclando su agudeza profesional con esa sensualidad insultante.
Todo ello la convertía en la criatura más peligrosa de Londres.
Tenía que detenerla antes de que fuera demasiado tarde, costara lo que costara.