El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Maia

No pegué ojo en toda la noche. El tic-tac del reloj de mi salón me acompañó hasta que los primeros rayos de sol rasgaron el cielo gris de Londres, pero mi mente seguía estancada en el pasillo de refrigerados de aquel supermercado de Kensington.

«No me conoces, Maia. No tienes ni la más remota idea de quién soy».

La voz ronca de Noah Hayes se repetía en mi cabeza como un eco molesto.

Me serví una taza de café bien cargado y me apoyé contra la encimera de la cocina, contemplando el vapor que ascendía del líquido oscuro.

Todavía me costaba asimilar la escena. Había visto a ese chico a través del objetivo de mis prismáticos hacía apenas unas horas, imponente, aclamado por sesenta mil personas bajo los focos de Kings Crown Stadium.

Y, de pronto, allí estaba: a mitad de la madrugada, desprovisto de su armadura de futbolista millonario, con una sudadera vieja y una mirada que destilaba pura desconfianza.

Pero lo que verdaderamente me inquietaba no era la casualidad del encuentro, sino su reacción.

Noah no se había limitado a mostrarse esquivo o molesto por la presencia de una periodista, algo habitual en los jugadores de su nivel.

Su respuesta fue defensiva, casi visceral.

Cuando le solté aquel comentario irónico sobre su empeño en ocultarse y sus posibles secretos, sus ojos verdes, de un tono esmeralda tan intenso y afilado que me obligó a contener el aliento, brillaron con un destello que no era simple arrogancia.

Era pánico. Un pánico frío, sutil y perfectamente camuflado tras una fachada de tipo duro, pero pánico al fin y al cabo.

Como redactora jefa de táctica, mi trabajo consistía en leer los detalles que los demás pasaban por alto. En el campo, Noah jugaba con el freno de mano echado; fuera de él, reaccionaba ante una pregunta casual y sin intención como si alguien apuntara con un arma hacia su cabeza.

Dejé la taza vacía en el fregadero, me vestí con un traje de chaqueta entallado y salí hacia la redacción de Tactical Football .

El trayecto en el metro me sirvió para ordenar mis prioridades profesionales.

Tenía claro que no pretendía convertirme en una reportera de cotilleos; aborrecía las exclusivas baratas sobre la vida privada de los deportistas.

Sin embargo, el comportamiento de Noah Hayes afectaba de manera directa a su rendimiento sobre el césped.

Había una desconexión evidente entre su indudable talento y la rigidez de su juego, y yo necesitaba entender el motivo si quería escribir crónicas que aportaran un valor real a nuestros lectores.

Al llegar a la oficina, el ambiente era un caos absoluto. El triunfo del Kingsford FC abría todas las secciones deportivas y mis compañeros andaban revolucionados con las estadísticas del debut del delantero.

—Maia, necesito que mires esto —me dijo Marcus, uno de los redactores analistas, nada más verme entrar—.

El artículo que publicaste anoche sobre la contención táctica de Hayes está funcionando de maravilla en la web, pero el club acaba de enviar una nota.

Las solicitudes para entrevistas individuales con él están cerradas hasta nuevo aviso. Olivia Ward ha blindado al chico.

—¿A todos los medios o solo a nosotros? —pregunté, mientras encendía mi ordenador y me colocaba los auriculares de diadema.

—A todos. Dice que el jugador necesita adaptarse a la ciudad y centrarse exclusivamente en los entrenamientos. Pero me huelo que tu pregunta del jueves tuvo algo que ver. Le tocaste las narices, jefa.

Sonreí para mis adentros, recordando la distancia de apenas medio metro que nos separó unas horas antes en Kensington.

Noah no quería que nadie se acercase, y Olivia Ward le hacía de escudo protector.

Aquello no hizo más que confirmar mis sospechas: el gran fichaje del Kingsford arrastraba una carga pesada, una debilidad que intentaba proteger a toda costa detrás de sus muros de piedra.

Pasé el resto de la mañana sumergida en bases de datos, repasando sus años de formación en las categorías inferiores de Liverpool antes de su salto a la liga española durante un año, donde se destapó como el gran jugador que es.

Busqué registros, actas de partidos antiguos y entrevistas de su adolescencia.

Todo parecía extrañamente limpio, demasiado idílico para un chico que mostraba semejante nivel de alerta ante la prensa.

No había escándalos, ni salidas nocturnas conflictivas, ni declaraciones fuera de tono.

Su expediente era impecable. Era como si su vida hubiera comenzado el día en que debutó en el fútbol profesional, dejando un vacío absoluto en los años previos.

A mediodía, el cansancio empezó a pasarme factura y decidí tomarme un descanso.

Salí al balcón de la redacción para respirar un poco de aire fresco y despejar la mente del runrún de la oficina.

Saqué mi teléfono móvil y contemplé la pantalla durante unos segundos.

Tenía el número directo de Olivia Ward en mi agenda gracias a los años que llevábamos colaborando en el sector, y sabía que si alguien podía darme una pista sin saltarse el código ético, era ella.

Marqué el número antes de arrepentirme. El tono de llamada sonó tres veces antes de que una voz clara y profesional respondiera al otro lado de la línea.

—¿Maia? Dime que no me llamas para pedirme una exclusiva con Hayes porque te vas a llevar una decepción —saludó Olivia, aunque percibí un tono de complicidad en su voz.

—Hola, Olivia. Enhorabuena por la victoria de ayer, el equipo estuvo fantástico —respondí, apoyando los brazos en la barandilla de metal—.

Y no, no te llamo por la entrevista. Sé perfectamente cómo están las cosas.

Solo quería comentarte una curiosidad. Me crucé con tu nuevo delantero anoche, muy tarde, en un supermercado de Kensington.

Se hizo un silencio repentino al otro lado de la línea. Fue apenas un segundo, pero resultó lo suficientemente largo como para que mi instinto de periodista se pusiera en guardia. Olivia Ward no era una mujer que se quedara sin palabras fácilmente.

—¿En un supermercado? —repitió—. Vaya, no sabía que Noah fuera de los que hacen la compra a deshoras. Pensaba que preferiría el servicio de habitaciones del hotel.

—Pues ya ves, estaba allí. Y la verdad es que tuvimos una conversación un tanto...

peculiar —continué, midiendo cada palabra con cuidado—.

Le hice un comentario inocente sobre su juego y se lo tomó de una manera tremendamente personal.

Se puso a la defensiva de inmediato, como si pensara que lo estaba investigando o que buscaba trapos sucios sobre su vida.

Me pareció una reacción muy desproporcionada para un simple encuentro casual.

Olivia soltó un suspiro largo a través del auricular, y esta vez su tono abandonó la ligereza corporativa para volverse mucho más serio y directo.

—Maia, escúchame bien. Te conozco desde hace años y sé lo minuciosa que eres con tu trabajo, pero te lo pido como favor personal: deja en paz a Noah.

Él ha venido a Londres a jugar al fútbol y a ganarse el respeto de la afición en el campo.

Ha pasado un año complicado en España con la presión de los medios y lo último que necesita es que la prensa empiece a buscar fantasmas donde no los hay. Ten un poco de consideración.

—Yo siempre soy considerada con los jugadores, Olivia. Sabes perfectamente que no hago periodismo de cotilleo —repliqué, frunciendo el ceño—. Pero su nivel de alerta no es normal. Reacciona como si escondiera algo grave.

—No esconde nada, Maia. Simplemente es un chico tímido, solo, muy celoso de su intimidad, que se está adaptando a una ciudad nueva —sentenció Olivia con firmeza—.

Déjalo estar, de verdad. Concéntrate en el análisis táctico, que es lo tuyo, y no te metas en camisas de once varas.

Tengo que colgar, nos vemos el próximo fin de semana en el estadio.

La llamada se cortó antes de que pudiera replicar.

Me aparté el teléfono de la oreja y lo guardé en el bolsillo de la chaqueta, con una sonrisa gélida dibujada en los labios.

Olivia Ward acababa de cometer el mayor error posible con alguien como yo.

Al pedirme de forma tan insistente que lo dejara en paz y al ponerse tan tensa, no había hecho más que confirmarme que mis sospechas eran cien por cien acertadas.

Noah Hayes no era un simple futbolista tímido; ocultaba una carga enorme, y el club lo sabía perfectamente.

Regresé a mi mesa de trabajo con una energía renovada.

La advertencia de Olivia, lejos de frenarme, había encendido una chispa insoportable de curiosidad en mi interior.

Mi apellido era Thawne, y en mi familia nadie se echaba atrás cuando un misterio se ponía interesante.

Si Noah creía que sus miradas amenazantes y el escudo protector del departamento de comunicación iban a hacerme retroceder, estaba muy equivocado.

La conversación del supermercado no había sido el final de nada; había sido el detonante de una obsesión profesional que no pensaba abandonar hasta obtener respuestas.

Si Noah quería guerra, la tendría. Y la próxima vez que nos encontráramos en una zona mixta, me aseguraría de que sus ojos verdes descubrieran que yo no era una periodista fácil de intimidar.

Me senté frente al ordenador y abrí una carpeta nueva en mi disco duro privado, una que no compartía con ningún otro redactor de la revista.

Tecleé el nombre del jugador en el encabezado y guardé el enlace de la única pista que me quedaba por explorar: las actas de nacimiento y los registros civiles de la ciudad de Liverpool, el lugar donde se suponía que se había criado antes de marcharse al extranjero.

Tenía claro que no pretendía airear sus trapos sucios en una portada sensacionalista, pero necesitaba entender con qué clase de gigante me estaba enfrentando en esta guerra profesional.

Y estaba dispuesta a llegar hasta el final para averiguarlo.