El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Noah

El agua fría me golpeó la nuca con fuerza, pero no logró despejarme la cabeza por completo.

El vestuario era un hervidero de risas, música a todo volumen y gritos de celebración por los tres primeros puntos de la temporada, pero yo me sentía extrañamente ajeno a toda aquella euforia colectiva.

Me apoyé contra los azulejos de la ducha, cerré los ojos y dejé que las gotas me limpiaran el sudor y el cansancio acumulado tras los noventa minutos de brega sobre el césped.

Había marcado el gol de la victoria en mi debut.

Eso debería haber sido suficiente para otorgarme una noche de paz absoluta y acallar las dudas sobre mi fichaje, pero la realidad era que me sentía inquieto.

La maldita pregunta de esa periodista en la rueda de prensa del jueves se me había quedado grabada como una astilla molesta.

Cuando busqué la zona de prensa tras el gol, lo hice por puro orgullo, por demostrarle a esa tal Maia que se equivocaba al cuestionar mi resistencia psicológica.

Era un fastidio saber que alguien intentaba buscar una grieta en mi armadura desde el primer día.

—Los solteros vamos a celebrarlo en un club del centro, ¿te vienes, novato?

—Gracias, Mason, no. Más adelante, cuando esté instalado —me escabullí con una excusa tonta para disimular mi falta de ganas.

Me sequé deprisa, me vestí con unos vaqueros oscuros y una sudadera negra cómoda, y abandoné las instalaciones del club casi dos horas después del pitido final. Agradecí internamente que Olivia Ward me hubiera liberado de la zona mixta; no tenía cuerpo para aguantar más micrófonos.

El verdadero problema surgió cuando llegué a la suite del hotel.

El reloj de la mesilla marcaba casi la medianoche, el subidón de adrenalina del partido me impedía conciliar el sueño y el estómago me rugió con fuerza.

Descarté de inmediato el servicio de habitaciones; la idea de esperar cuarenta minutos a que un camarero me trajera un plato precocinado en mitad de aquel silencio me agobiaba.

Necesitaba moverme, estirar las piernas y despejar la mente del eco del estadio.

Me puse las zapatillas, cogí las llaves del coche y bajé al aparcamiento.

Recordaba haber visto un supermercado gourmet de veinticuatro horas en una de las avenidas principales de Kensington, a diez minutos de allí.

Era un local enorme, enfocado a una clientela de alto poder adquisitivo, lo que garantizaba que a esas horas de la madrugada estaría prácticamente desierto.

Aparqué en la puerta y entré en el establecimiento.

La iluminación de los pasillos era intensa, casi cegadora en comparación con la penumbra de la calle.

Cogí una cesta de plástico y caminé despacio hacia la sección de productos frescos, buscando algo rápido para cenar.

Me detuve frente a la estantería de los lácteos, con el ceño fruncido, concentrado en comparar las etiquetas de un par de yogures griegos orgánicos.

En Madrid tenía un nutricionista que me lo controlaba todo, pero en Londres me tocaba apañarme solo hasta que lograra asentarme en una casa de verdad.

Fue en ese preciso instante cuando el sonido de unos pasos ligeros rompió el silencio del pasillo contiguo. Ladeé la cabeza despacio, abandonando los yogures en la estantería, y miré hacia el extremo del pasillo.

Se me cortó la respiración de golpe y los músculos se me tensaron por completo.

Maia estaba allí, a menos de tres metros de distancia.

Llevaba el cabello ligeramente húmedo por la fina lluvia que caía sobre la capital, una gabardina de color arena abierta sobre un jersey de punto fino y unos vaqueros oscuros.

Sostenía una pequeña cesta de la compra con una mano mientras examinaba con atención unos envases de comida preparada.

Tenía aspecto de cansada, con unas leves ojeras bajo los ojos que delataban que llevaba horas sin dormir.

Aun así, me di cuenta de que era más bonita de lo que pensé la primera vez que la vi, sin la careta de periodista implacable.

Intenté retroceder por el pasillo opuesto antes de que me descubriera, pero el movimiento hizo que mi zapatilla chirriara contra el suelo pulido.

Maia alzó la vista de inmediato, alertada por el ruido.

Sus ojos castaños se abrieron con sorpresa al reconocerme, pero tardó apenas un segundo en recuperar su habitual expresión severa y analítica.

Se cruzó de brazos, sosteniéndome la mirada con una frialdad que me devolvió al instante la desconfianza que me transmitió el jueves.

Londres tenía casi diez millones de habitantes, y era demasiada casualidad que coincidiéramos a las doce y media de la noche en la sección de refrigerados de un supermercado de Kensington.

—Vaya —pronunció ella, rompiendo el silencio con una voz carente de calidez—. Noah Hayes comparando marcas de lácteos de madrugada. Eso sí que es una exclusiva que mi revista no vio venir.

—¿Me estás siguiendo, señorita Thawne? —le acusé sin rodeos, dando un paso al frente y entornando los ojos. Mi tono sonó duro, cortante, desprovisto de cualquier amabilidad—. Porque el estadio ya ha cerrado y creo que mi lista de la compra no entra dentro de tus competencias periodísticas.

Ella arqueó una ceja, claramente ofendida por mi acusación, y dejó escapar una risa seca, carente de humor.

—¿Seguirte? No te creas tan importante, Hayes.

Vivo a tres calles de aquí y vengo de cerrar la crónica de tu partido.

Algunos tenemos que trabajar hasta tarde para ganarnos el sueldo, no como otros que solucionan su papeleta empujando un balón en el minuto setenta y cinco.

Por cierto, veo que buscas el yogur desnatado.

¿Cuestión de dieta o es que te gusta que las cosas no tengan sabor?

—Me gusta comprar en paz —repliqué de forma borde, dejando el envase de mala gana en la estantería—. Y me gusta que la gente no meta las narices en lo que hago fuera del terreno de juego.

Maia dio un paso hacia mí, acortando la distancia. No había dulzura en su rostro, solo el brillo afilado de una periodista que olía la sangre y disfrutaba con la provocación.

—A veces es imposible no mirar, Noah —soltó con una ironía gélida, ladeando la cabeza—.

Sobre todo cuando alguien se esfuerza tanto por ocultarse.

Sabes, me tienes intrigada; resulta curioso que un futbolista recién llegado de España, con un contrato de ochenta millones, elija un supermercado de veinticuatro horas en lugar de los locales exclusivos que frecuentan sus compañeros.

Me consta que han salido de marcha, ¿por qué no has ido?

Es casi como si buscaras el anonimato a la desesperada.

Como si tuvieras pánico de que alguien rasque un poco en la superficie y descubra que el gran fichaje del Kingsford esconde algo que no quiere que salga a la luz.

¿O es que no te gusta salir? Eso sí que es raro.

Aquellas palabras me cayeron como un cubo de agua helada en mitad del pecho.

Sentí una punzada de pánico real, un zarpazo de alarma que me aceleró el pulso de golpe.

La advertencia de Olivia Ward regresó a mi mente con una fuerza devastadora: « Tiene un instinto asombroso para detectar cuándo un jugador esconde algo » .

Maia no mencionó a mi padre, ni el hostal de Liverpool, ni las deudas, pero aquella frase sobre que escondo algo sonó demasiado directa, demasiado intencionada como para ser una simple coincidencia.

Apreté el asa de mi cesta con tanta fuerza que los nudillos se me quedaron blancos. Me incliné ligeramente hacia ella, y clavé mis ojos verdes en los suyos, bloqueando cualquier atisbo de debilidad en mi rostro.

—No sé a qué estás jugando —le susurré con voz ronca y amenazante—, pero te sugiero que dejes de inventarte historias para tus artículos.

Quédate con tus gráficos y tus estadísticas, y mantente alejada de mi vida; se supone que tu revista solo trata temas deportivos, no la vida personal de cada uno.

No me conoces, Maia. No tienes ni la más remota idea de quién soy.

—Tienes razón, no lo sé —respondió ella, sin dar un solo paso atrás, sosteniéndome el pulso con una firmeza que me crispó los nervios—. De momento. Buenas noches, Noah. Que disfrutes de la cena.

Se dio la vuelta con parsimonia, colgándose el bolso del hombro, y se marchó por el pasillo central hacia las cajas.

Me quedé estático junto a la estantería de los lácteos, respirando con dificultad y sintiendo cómo la rabia y la incertidumbre me carcomían por dentro.

Miré mi cesta, completamente vacía, y me di cuenta de que se me había quitado el apetito por completo.

Dejé la cesta sobre el suelo y caminé a zancadas hacia la salida, con el único deseo de salir de aquel maldito lugar.

Mientras conducía de regreso al hotel bajo la lluvia, la cabeza no paraba de darme vueltas.

¿Había sido una provocación aleatoria para ponerme nervioso, o verdaderamente estaba investigándome?

La duda me quemaba las entrañas. Maia acababa de convertirse en una amenaza directa para la seguridad de mi familia, y supe, con una certeza que me heló la sangre, que si esa mujer seguía escarbando, arruinaría todo lo que tanto me había costado ocultar.