CAPÍTULO 3
Maia
El aroma a césped recién cortado y el murmullo ensordecedor de sesenta mil almas inundaban la atmósfera de Kings Crown Stadium aquella tarde de domingo.
El ambiente de la Premier League poseía una electricidad única, un magnetismo que te atrapaba las entrañas tanto si te sentabas en los banquillos como si lo hacías en la última fila del palco de prensa.
Ocupé mi asiento habitual en la zona reservada para los medios de comunicación, colgué mi acreditación del cuello y coloqué el ordenador portátil sobre la pequeña mesa de madera.
A mi alrededor, el tecleo frenético de mis compañeros y las conexiones en directo de las cadenas de televisión generaban un ruido de fondo constante, un zumbido que yo ya había aprendido a aislar por completo después de tantos años en el oficio.
Antes de que los jugadores saltaran al campo, aproveché para revisar las alineaciones oficiales que el departamento de comunicación acababa de distribuir.
Al ver el nombre de Noah Hayes en el once titular, una leve sonrisa me asomó a los labios.
Recordé su mirada gélida del jueves pasado y las advertencias veladas que corrían por los pasillos sobre su carácter reservado.
No me importaba lo más mínimo. Para mí, aquel chico era un folio en blanco que requería un análisis minucioso, desprovisto de los prejuicios que los medios británicos ya empezaban a tejer a su alrededor.
Ajusté los prismáticos analógicos que siempre me acompañaban y enfoqué directamente el túnel de vestuarios.
Faltaban apenas diez minutos para el inicio del encuentro y la expectación por el debut del delantero era máxima.
Toda la prensa aguardaba el momento con los colmillos afilados, listos para encumbrarlo al Olimpo o para destrozarlo en las portadas del lunes si no daba la talla.
Cuando la fila de camisetas oscuras del Kingsford FC asomó por el pasillo, mis ojos lo localizaron al instante.
Noah caminaba en penúltima posición, sobresaliendo por encima de la mayoría de sus compañeros con esa envergadura imponente que lo hacía parecer un coloso de piedra.
No llevaba la mirada perdida ni mostraba la menor señal de nerviosismo; al contrario, sus iris verdes escudriñaban el graderío con una fijeza que denotaba una concentración absoluta.
Se recolocó las medias, saltó al césped con el pie derecho y corrió hacia el círculo central con una zancada potente, elegante y felina que evidenciaba su impecable estado físico.
Durante la primera mitad del encuentro, me limité a registrar cada uno de sus movimientos en mi libreta de anotaciones tácticas, ajena por completo a las conversaciones superficiales de los reporteros que se sentaban a mi izquierda.
No utilicé gráficos genéricos ni me dejé llevar por el entusiasmo de las jugadas ensayadas; me concentré exclusivamente en su colocación, en sus desmarques y en la forma en que buscaba el espacio libre entre los defensas centrales rivales.
Su nivel técnico resultaba innegable. Había traído de su año en España un control de balón exquisito, un juego al primer toque que agilizaba las transiciones del Kingsford y una capacidad de protección de la pelota soberbia, usando su cuerpo como un escudo infranqueable.
Sin embargo, mi instinto me decía que algo fallaba en el engranaje.
Había una milésima de segundo de retraso en sus giros, una leve indecisión a la hora de pedir el pase al hueco que solo alguien que conociera al milímetro su trayectoria en Madrid sería capaz de percibir.
Noah jugaba con una cautela excesiva, como si temiera cometer un error que atrajera demasiada atención sobre su persona.
Estaba blindado, cumpliendo las órdenes del entrenador a rajatabla, pero sin arriesgar esa genialidad individual que lo había convertido en el fichaje estrella del verano.
No era un problema de calidad, sino de contención; corría como si llevara una mochila invisible llena de piedras, una tensión oculta que se manifestaba en la rigidez de sus hombros cada vez que el balón se alejaba de su zona de influencia.
En el minuto setenta y cinco, con el marcador empatado a uno y la tensión a punto de ebullición en las gradas, llegó el momento decisivo que todo el estadio reclamaba.
El extremo derecho del Kingsford desbordó a su marcador con un cambio de ritmo endiablado y puso un centro raso, tenso y envenenado al corazón del área pequeña.
Fue ahí donde Noah demostró por qué el club había apostado una fortuna por él.
Anticipándose al portero con una intuición asombrosa, metió la punta de la bota de manera limpia y sutil, desviando la trayectoria de la pelota justo lo necesario para colarla por la escuadra izquierda.
El estadio estalló en un rugido unánime que hizo vibrar los cristales del palco.
Los aficionados se pusieron en pie, agitando las bufandas del Kingsford, mientras Noah corría hacia el banderín de córner para celebrar el tanto con los brazos abiertos y la cabeza alta.
Sus compañeros lo rodearon de inmediato, saltando sobre él y golpeándole la espalda con júbilo, pero él mantuvo una extraña serenidad en mitad de la locura colectiva.
Aparté los ojos de la pantalla del ordenador y lo enfoqué de nuevo con los prismáticos mientras regresaba a su posición para el saque de centro.
Esperaba ver la típica expresión de triunfo absoluto, la euforia desmedida del héroe del partido.
En su lugar, encontré un rostro serio, casi aliviado, que buscó la tribuna superior del estadio de manera inconsciente.
Alcé un poco más la lente y me di cuenta de que sus ojos verdes apuntaban con precisión matemática hacia la fila de la prensa.
Hacia mí. Fue un destello apenas perceptible, un segundo de conexión visual en la distancia antes de que el árbitro hiciera sonar el silbato, pero resultó suficiente para hacerme sonreír de medio lado.
Sabía perfectamente que se acordaba de mi pregunta del jueves.
Sabía que ese gol iba dedicado, en parte, a callarme la boca y a demostrarme que su madurez dentro del terreno de juego estaba fuera de toda duda.
Cuando el partido concluyó con la victoria del Kingsford, redacté mi crónica con una velocidad envidiable, espoleada por la adrenalina del momento.
No escatimé en elogios hacia su gol, que estructuralmente había sido impecable, pero mantuve mi postura analítica sobre su falta de agresividad en los balones divididos durante la primera mitad y esa contención que tanto me intrigaba.
Apagué el ordenador, guardé mis pertenencias en el bolso de cuero y abandoné las instalaciones con una sensación de profunda satisfacción profesional.
Noah Hayes era un enigma fascinante, un futbolista extraordinario que jugaba con el peso del mundo sobre las espaldas, y yo estaba completamente decidida a desentrañar cada una de las capas que componían su misterio, por mucho que él intentara levantar sus muros defensivos.
Me fui de allí convencida de proponerle a mi jefe un reportaje del jugador y dispuesta a investigar por mi cuenta si la respuesta fuera un no.