El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Noah

El nudo de la corbata empezó a molestarme antes incluso de cruzar el umbral de la sala de prensa.

Me la aflojé un par de centímetros con dos dedos, inspirando el aire fresco del pasillo interior del estadio.

No estaba enfadado, pero sí sentía una extraña inquietud que me subía por el estómago, una sensación de alerta que no recordaba haber tenido en todo el año que pasé jugando en España.

Allí las ruedas de prensa eran intensas, pero lo de esta tarde en Londres había sido harina de otro costal.

Caminé despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón del traje, hasta que unos pasos rápidos llamaron mi atención a mis espaldas.

—Noah, un segundo, por favor.

Me detuve y me giré para encontrarme con Olivia Ward. La directora de comunicación del Kingsford caminaba hacia mí con la tranquilidad de una profesional que ya está de vuelta de todo, aunque sus ojos reflejaban una ligera preocupación.

—Buen trabajo ahí dentro —me dijo, con una bonita sonrisa de cortesía—. Has mantenido el tipo, pero te he notado un poco tenso al final. Bienvenido a la Premier League. Aquí los medios de comunicación no te van a dar ni un solo día de tregua.

—Gracias, Olivia. Estoy acostumbrado a la presión, pero esa última pregunta... —Dejé la frase en el aire, frunciendo el ceño—. No iba a mala fe, supongo, pero ha ido directa a darme donde duele. ¿Quién era esa chica?

Olivia se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro, apoyando la espalda contra la pared del pasillo.

—Se llama Maia Thawne. Es la redactora jefa de Tactical Football , la revista de fútbol más leída del país —explicó, mirándome con seriedad—.

Y te sugiero que tengas mucho cuidado con ella, Noah.

Maia no busca el cotilleo barato, ni te va a preguntar con quién sales por la noche.

Lo suyo es el análisis puro y duro. Es inteligente, es meticulosa y tiene un instinto asombroso para detectar cuándo un jugador esconde algo o no está al cien por cien.

Si ha notado ese bajón de rendimiento en tus últimos meses en España, no va a parar hasta averiguar el motivo.

Llévate mucho cuidado, de verdad. No dejes que te cale.

Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal, aunque me esforcé por mantener el rostro completamente inexpresivo.

«No va a parar hasta averiguar el motivo».

Esas palabras resonaron en mi cabeza como una campana de alarma.

Mi reacción en la sala no había sido por arrogancia; había sido puro instinto de supervivencia.

Cuando esa periodista mencionó mi vida fuera del campo y mi resistencia psicológica, por un segundo absurdo pensé que lo sabía todo.

Pensé en el hostal de Liverpool, en las llamadas de mi padre, en las deudas y en el verdadero apellido que tanto me había costado borrar de los registros del fútbol profesional.

—Descuida, sé cuidarme solo —respondí, suavizando el tono para no parecer desagradecido—. No he venido a Londres a hacer amigos en los periódicos, sino a marcar goles. Ella puede escribir los análisis que quiera.

—Eso espero, Hayes —concluyó Olivia, dándome una palmada afectuosa en el hombro—. Mañana es tu primer día y te queremos ver a primera hora en el campo de entrenamiento. Descansa. Estos actos promocionales agotan.

Nos despedimos y continué el camino hacia el aparcamiento subterráneo.

Media hora después, entraba en la suite del hotel de lujo donde el club me había alojado provisionalmente, hasta que encontrara una casa segura y con toda la privacidad posible.

Dejé las llaves sobre la cómoda de la entrada y caminé por el espacioso salón hasta el gran ventanal.

Las vistas de Londres eran espectaculares, y nada más, era todo lo que tenía de especial; la suite me resultaba extrañamente fría y ajena.

Había un par de cajas a medio abrir en una esquina con mis cosas básicas, el resto aguardaba en casa de mi madre, y un par de maletas sobre el soporte del vestidor.

Tras mi año en Madrid, regresar a Inglaterra implicaba empezar de cero, y lo primero que necesitaba era encontrar una casa de verdad, un hogar con jardín donde mi madre y mi hermana pudieran venir sin sentirse en un escaparate dentro de un hotel.

Me quité la chaqueta del traje, la arrojé sobre la cama y me senté en el borde del colchón con el teléfono móvil en la mano. Tenía la intención de llamar a mi madre para contarle que la presentación había terminado, pero mis dedos actuaron por su cuenta en la barra del buscador de internet.

Tecleé el nombre de Maia Thawne junto al de su revista.

Aparecieron decenas de crónicas firmadas por ella.

Me tumbé de lado, con la cabeza apoyada en la almohada, y pasé la siguiente hora leyendo sus textos.

El estómago se me fue apretando a medida que avanzaba.

Olivia no exageraba en absoluto. Sus análisis tácticos eran brillantes, limpios y desprovistos de cualquier tipo de floritura innecesaria.

Desarmaba los partidos con la precisión de un cirujano y señalaba los errores de los delanteros de forma clara y sin posicionarse del lado de ningún equipo.

Maia no buscaba un titular escandaloso; buscaba la verdad del juego. Y eso la convertía en la persona más peligrosa de todo Londres para mí, porque no se limitaba a hacer una crítica de lo que pasaba, sino que buscaba la causa. Y lo que menos me convenía era que rebuscaran en mis asuntos.

Bloqueé la pantalla y dejé el teléfono sobre la mesilla de noche, me tumbé y me dediqué a contemplar el techo de la suite en penumbra, sin encender las luces y sin haber pedido la cena.

Estaba abatido y triste en la soledad de la suite y, a la vez, ilusionado por la nueva etapa que empezaba; tenía que hacerlo bien y ser muy cuidadoso.

El domingo era el primer partido de liga y debutábamos en casa. Sabía perfectamente que ella estaría allí arriba, en el palco de prensa, observándome con su libreta y sus ojos atentos.

Me tapé la cara con el brazo, soltando un suspiro largo. Tenía que concentrarme en el fútbol y en buscar una maldita vivienda donde mudarme cuanto antes para gozar del máximo de intimidad y que ni siquiera una periodista demasiado puntillosa metiera las narices donde no debía.