CAPÍTULO 1
Maia
La sala de prensa del Kingsford FC siempre me había parecido el vivo reflejo de un teatro de ópera, aunque bastante más despiadado.
Aquella tarde, el aire acondicionado resultaba a todas luces insuficiente para combatir el calor sofocante y la expectación de los casi cien periodistas que nos agolpábamos en las hileras de asientos de cuero negro.
El club no solo presentaba a su nuevo delantero centro; presentaba la inversión más alta de su historia, un fichaje capaz de hacer temblar los cimientos de la Premier League y de reavivar el acoso de los medios británicos, hambrientos de carne fresca.
Ajusté los auriculares de mi grabadora y repasé mis notas en el portátil.
A mi izquierda, dos reporteros de un conocido diario sensacionalista comentaban entre risas los últimos rumores sobre las juergas nocturnas del jugador en su etapa anterior en España.
Arrugué el gesto de inmediato. Detestaba ese tipo de periodismo vulgar y superficial.
Llevaba cinco años trabajando para la revista deportiva de mayor prestigio del país y me había ganado cada centímetro de respeto en aquel vestuario a base de análisis tácticos rigurosos, seriedad y crónicas impecables.
No me interesaba con quién se acostaba el nuevo héroe de Londres; me interesaba saber si sus piernas valían los ochenta millones de libras que el club acababa de desembolsar.
Un murmullo generalizado interrumpió mis pensamientos cuando la puerta lateral se abrió de par en par.
En primer lugar entró Olivia Ward, la flamante directora de comunicación del Kingsford.
Su sola presencia transmitía una seguridad aplastante; vestía un impecable traje de chaqueta oscuro y caminaba con la tranquilidad de quien ya había lidiado con suficientes crisis mediáticas en ese club como para inmutarse por un pasillo lleno de flashes.
Detrás de ella aparecieron el entrenador, el presidente Arthur Pendelton y, finalmente, el hombre en el que se concentraron todas las miradas y el feroz tableteo de las cámaras fotográficas.
Noah Hayes.
Su sola presencia física cortaba la respiración.
Rozaba los dos metros de altura, poseía una envergadura imponente y vestía un traje de tres piezas confeccionado a medida que acentuaba la rectitud de sus hombros.
Avanzó hacia la mesa presidencial con paso firme, casi militar, desprovisto de la típica sonrisa ensayada que los futbolistas suelen exhibir en estos eventos de gala.
Tenía una mandíbula cuadrada, marcada por la tensión, y el cabello oscuro perfectamente recortado.
Sin embargo, lo que verdaderamente llamaba la atención eran sus ojos: un par de iris verdes, gélidos y sumamente afilados que escudriñaron la sala entera como si se enfrentase a un batallón enemigo en lugar de a los medios de comunicación.
Se sentó en el centro de la mesa y cruzó las manos sobre la superficie de madera, ocultando las muñecas bajo los puños de la camisa blanca.
Olivia tomó la palabra a través del micrófono para dar las gracias a los asistentes, dar la bienvenida oficial al jugador y establecer las normas de la rueda de prensa.
Se notaba su mano experta en la organización, pero Noah ni siquiera se molestó en mirarla a ella o al entrenador.
Mantuvo la vista al frente, fija en un punto indeterminado de la pared del fondo, con una actitud blindada que la mayoría de los presentes interpretó al instante como pura y llana arrogancia.
El Presidente agradeció a Noah Hayes que aceptara venir al equipo y dijo alguna cosa más que no registré porque era lo de siempre.
—Bien, abrimos el turno de preguntas —anunció Olivia con voz clara y profesional, escaneando las filas con la mirada, cuando el Presidente acabó su discurso.
Esa era la señal para llamar mi atención—.
Por favor, esperen a que les llegue el micrófono e identifíquense con su medio antes de formular la pregunta.
Las manos se alzaron en masa. Los primeros tres periodistas se limitaron a lanzar las preguntas amables de siempre: que si estaba feliz de llegar a Londres, que si el vestuario lo había recibido bien o cuántos goles prometía marcar en su primera temporada.
Noah contestó a todos con monosílabos, con una voz ronca y profunda, desprovista de entusiasmo, empleando un tono cortante que generó los primeros cuchicheos de incomodidad entre la prensa.
Aquel chico no quería estar allí. Se notaba a leguas que despreciaba el circo mediático y que consideraba las entrevistas una soberana pérdida de tiempo.
Decidí que ya era suficiente de formalidades inútiles. Alcé el brazo con firmeza y el asistente me tendió el micrófono. Me puse en pie despacio, alisando la falda de mi vestido, y esperé a que los murmullos cesaran.
—Maia Thawne, para la revista Tactical Football —me presenté con voz clara y pausada, asegurándome de sostenerle la mirada—.
Bienvenido a Londres, Noah. Las estadísticas de su última temporada reflejan un rendimiento excepcional durante los primeros dos tercios del campeonato, pero también muestran un bajón preocupante de efectividad en los últimos dos meses, coincidiendo con los rumores sobre su posible traspaso.
Dado que llega a un club con una presión mediática asfixiante y un vestuario que lleva años sin levantar un título, ¿debemos interpretar esa irregularidad como una falta de resistencia psicológica ante la incertidumbre profesional, o considera que la Premier League le exigirá un nivel de madurez que hasta ahora no ha demostrado tener fuera del campo?
La pregunta cayó como una losa de hormigón en la sala de prensa. Varios compañeros se giraron para mirarme, unos divertidos y otros escandalizados por mi franqueza directa. A un lado de la mesa, vi que Olivia Ward arqueaba una ceja, sorprendida pero manteniendo su habitual compostura.
Noah, que hasta ese momento se había limitado a responder con la mirada perdida en el infinito, reaccionó de inmediato.
Su cabeza giró con lentitud hacia mi posición y, por primera vez desde que entró en la sala, clavó sus ojos verdes directamente en los míos.
Sentí una punzada de calor en la boca del estómago ante la intensidad de su escrutinio.
No había calidez en su rostro, solo una furia fría, sutil y contenida que habría hecho titubear a cualquiera.
Pero yo no di un paso atrás. Sostuve el micrófono con fuerza y mantuve mis hombros firmes, desafiándolo en silencio a que esquivase el golpe.
El delantero apoyó los antebrazos en la mesa y se inclinó ligeramente hacia el micrófono, sin apartar la vista de mí ni un solo segundo. Se hizo un silencio sepulcral en la estancia, roto únicamente por el siseo del aire acondicionado.
—Las especulaciones de los periódicos no entran al terreno de juego, señorita Thawne —contestó de manera tajante, arrastrando cada palabra con una ironía gélida—.
Mi rendimiento en el césped habla por sí solo, y los ochenta millones que este club ha pagado demuestran que sus directivos confían en mi madurez bastante más que usted.
Si le preocupa mi resistencia psicológica, le sugiero que se siente en la primera fila de la grada el próximo domingo.
Así tendrá una vista privilegiada para comprobar cómo hago mi trabajo, en lugar de perder el tiempo analizando gráficos desde su oficina. Siguiente pregunta.
Se apartó del micrófono con brusquedad, dando la espalda a mi intervención con un desprecio absoluto. Olivia Ward, intervino con rapidez para rebajar la tensión del ambiente, y señaló apresuradamente a otro reportero para reconducir el acto.
Me senté despacio, sintiendo las pulsaciones aceleradas en las sienes.
El pulso me iba a mil por hora, no por miedo, sino por la tremenda descarga de adrenalina.
Noah Hayes se creía intocable tras su fachada de tipo duro y su talento indiscutible, pero acababa de cometer un error garrafal conmigo.
Su reacción defensiva y su soberbia desmedida me confirmaron justo lo que sospechaba: debajo de esa armadura de millonario arrogante, había una fibra sensible y un secreto que intentaba proteger a toda costa.
Abrí mi libreta con una sonrisa gélida y apunté una única frase en la página en blanco: « Noah Hayes: un gigante con pies de barro. Hora de empezar a excavar » .
La guerra profesional acababa de comenzar, y yo no tenía la más mínima intención de perderla.