El secreto del fichaje estrella (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 2)
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PRÓLOGO
Noah
El olor a humedad y a tabaco rancio de aquel hostal de mala muerte en las afueras de Liverpool me revolvió el estómago.
No encajaba en absoluto con la tapicería de cuero del coche que había aparcado a dos calles de allí, ni con el reloj de lujo que se ocultaba bajo la manga de mi sudadera.
El contraste era ridículo, casi tanto como la rabia que me quemaba el pecho cada vez que me veía obligado a volver a ese rincón del mundo.
Frente a mí, el hombre que compartió su sangre conmigo apuró el vaso de cristal barato. Tenía las manos temblorosas y los ojos inyectados en sangre, fijos en el sobre de color marrón que yo acababa de dejar sobre la mesa coja.
—Esto es lo último —le dije. Mi voz sonó dura, fría, desprovista de cualquier atisbo de afecto—. No habrá más transferencias hasta el mes que viene. Y si se te ocurre llamar a mi madre o acercarte a mi hermana, no verás ni un solo penique más. Cumpliré mi palabra.
Él soltó una carcajada ronca que terminó en una tos seca. Cruzó los brazos sobre la mesa y me miró con una mezcla de lástima y despecho.
—Te avergüenzas de mí, ¿verdad, muchacho?
Mírate, con tu ropa de marca y tu cara de no haber roto nunca un plato.
Te crees muy listo por haberte cambiado el apellido, pero tienes mi misma zancada.
Has heredado hasta mi mismo remate. Todo Londres aplaude tus goles, pero corres gracias a lo que yo te enseñé. Nunca lo olvides, forma parte de ti.
Apreté los puños dentro de los bolsillos.
El deseo de estampar su orgullo contra la pared me nubló la vista por un segundo, pero respiré hondo.
No me rebajaría a su nivel. Mi madre se dejó la juventud en turnos dobles de limpieza para alejarnos de sus deudas, de sus adicciones y de las portadas de los periódicos que arruinaron nuestra infancia.
Yo no iba a echarlo todo a perder por un arrebato de ira.
—Tú no me enseñaste nada. ¿Cuándo crees que lo hiciste si nunca estabas con nosotros?
Sufres alucinaciones —respondí de manera tajante mientras dábamos por zanjada la conversación—.
Todo lo que tengo lo gané el día que decidí borrar tu rastro de mi vida.
No malgastes mi dinero. Y ni se te ocurra pronunciar mi verdadero nombre en voz alta.
Me di la vuelta sin esperar una respuesta y salí a la calle.
El aire frío de la tarde me endureció el rostro más todavía, pero no logró calmarme.
Pasé por la recepción para dejar pagados tres meses; si se le daba todo el dinero a él, lo gastaría en sus adicciones en vez de en pagar el alojamiento.
Como en otras ocasiones, iba todo lo camuflado que podía para que no me reconocieran, aunque cada vez dudaba más de conseguirlo si sabían quién era él.
No podía ni quería arriesgarme a cargar con su fama y que afectara a mi carrera profesional justo cuando empezaba a despegar.
Tres días después, me subí a un avión rumbo a la capital para firmar el contrato de mi vida con el Kingsford Football Club, después de haber pasado la última temporada jugando en España.
Todo el mundo creía que me iba a Londres para convertirme en el nuevo héroe de la Premier League, pero la realidad era otra muy distinta.
Iba para esconderme, con el objetivo de proteger a mi madre y a mi hermana, que no pudieron trasladarse a España conmigo. Y, sobre todo, me mudaba convencido de que nadie sería capaz de derribar el muro que había construido a mi alrededor.
Qué equivocado estaba.