Capítulo 52 — Un Año Después
Ponta Brava celebraba aquel año, por primera vez en décadas, la Festa do Mar con una alegría que los más ancianos del pueblo juraban no haber visto desde antes de que Manuel Coelho pusiera un pie en la câmara municipal.
Farolillos de papel colgaban entre las fachadas encaladas, las barcas del puerto lucían banderines de colores, y el olor a sardinas asadas y a caldo de peixe se mezclaba con la música de un acordeón que alguien había sacado a la plaza.
Elena, con un vestido de lino claro y la piel tostada por un año entero de sol atlántico, repartía entre los vecinos copias impresas de un pequeño folleto que había diseñado junto al nuevo ayuntamiento: la historia oficial y documentada del Farol de Ponta Brava, ahora clasificado como Monumento de Interesse Público, con una sección dedicada a Isabel y a Carmen, "las dos mujeres que protegieron la luz cuando nadie más quiso hacerlo".
—Nunca pensé que vería tu nombre y el de tu madre en un folleto turístico —dijo Zé, sirviéndole un vinho verde helado desde detrás de la barra improvisada de A Âncora—. Carmen estaría orgullosa. Y probablemente furiosa por que hayas contado tanto.
Elena rio, un sonido ligero que le salía con más facilidad cada mes que pasaba.
—Probablemente las dos cosas a la vez. Así era ella.
Marcos se acercó por detrás, con las manos aún manchadas de la pintura fresca de la última reparación de la pasarela exterior —un trabajo que, sospechaba Elena, ya no era estrictamente necesario, pero que a él le gustaba encontrar excusas para hacer solo para tener un motivo de subir a verla al estudio cada tarde.
—El comité del patrimonio de Lisboa ha confirmado la subvención para restaurar la lente de Fresnel original —anunció, rodeándole la cintura con un brazo—. Estará lista antes de Navidad.
—Eso hay que celebrarlo —dijo Elena, alzando su copa.
Desde la plaza, mientras el sol comenzaba a descender sobre el Atlántico pintando de cobre las fachadas del pueblo, Elena podía ver la silueta blanca del faro recortada contra el cielo, firme sobre su acantilado dorado, como llevaba haciéndolo desde antes de que naciera su bisabuelo, y como seguiría haciéndolo, esperaba, mucho después de que ella misma se hubiera ido.
Ya no sentía que el faro la retuviera prisionera de un pasado doloroso. Sentía, por primera vez en veinte años, que la sostenía. Que le daba, cada noche, un motivo para regresar a casa.
Levantó su copa hacia Marcos, hacia Zé, hacia el pueblo entero que bailaba bajo los farolillos, y brindó en voz baja, solo para ella misma, por su madre y por su abuela, las dos mujeres que habían encendido, cada una a su manera, la luz que finalmente la había traído de vuelta.