El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 51 — Cartas a Sonia
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Capítulo 51 — Cartas a Sonia

Elena mantuvo, durante todo aquel primer año en Ponta Brava, la costumbre de escribirle cartas largas a Sonia en lugar de simples mensajes de móvil, una manera, decía, de procesar despacio todo lo que le iba ocurriendo en aquel rincón del Algarve que cada vez sentía más suyo.

"Querida Son", escribió una tarde de finales de septiembre, sentada en la pasarela exterior del faro con el sonido de las olas de fondo, "hoy Marcos me ha enseñado a distinguir, por el olor del viento, cuándo se acerca una tormenta con horas de antelación.

Dice que su abuelo se lo enseñó a él, y el abuelo de este a su vez al suyo.

Empiezo a entender por qué la gente de aquí habla del mar casi como quien habla de un familiar terco y a veces temperamental, pero profundamente querido".

En otra carta, fechada ya en pleno otoño, le confesaba sus dudas sobre el rumbo que había tomado su vida: "Algunos días me pregunto si no habré cambiado una vida sensata en Madrid por una fantasía romántica de faro y mar que se desvanecerá en cuanto llegue el primer invierno duro de verdad.

Pero entonces subo esos ciento veintitrés escalones, enciendo la luz, y siento una certeza que nunca sentí diseñando oficinas de lujo para bancos que ni siquiera recuerdo ya".

Sonia respondía siempre con la misma mezcla de cariño y sentido práctico que las había mantenido unidas durante tantos años: bromas sobre la vida rural, preguntas insistentes sobre el estado de su relación con Marcos, y, cada vez con más frecuencia, promesas concretas de visitas que efectivamente terminaba cumpliendo, convirtiéndose poco a poco en una presencia habitual en las celebraciones importantes de la nueva vida de Elena en el Algarve.

Aquellas cartas, que Elena guardaba cuidadosamente copiadas en un cuaderno personal antes de enviarlas, se convirtieron sin que ella lo planeara en una especie de diario paralelo de su propia transformación: de la arquitecta escéptica y desconfiada que había llegado dispuesta únicamente a vender una propiedad heredada, a la mujer que, un año después, no concebía ya su vida en ningún otro lugar que no fuera aquel faro encalado sobre los acantilados dorados del Algarve.