Capítulo 50 — El Regalo de Carmen
Sonia llegó de visita a finales de octubre, con una maleta enorme "por si acaso me tengo que quedar a vivir aquí también", bromeó al bajar del taxi que la había recogido en el aeropuerto de Faro, mirando boquiabierta la silueta del faro recortada contra un cielo despejado de un azul casi imposible.
—Así que esto es lo que te ha tenido secuestrada todos estos meses —dijo, abrazando a Elena con fuerza—. Empiezo a entender por qué no volvías a Madrid.
Durante los tres días que Sonia se quedó, Elena le enseñó cada rincón del faro, cada gruta, cada carta y diario, ahora ordenados y catalogados con un cuidado casi archivístico en lo que antes fue la habitación secreta.
Le presentó a Zé, que insistió en prepararles la mejor cataplana de su vida, y a Rita Ferreira, de paso por la zona investigando su siguiente reportaje.
—Y Marcos —dijo Sonia, la última noche, con una copa de vino en la mano y una sonrisa pícara mientras observaban a Marcos reparar unas tejas sueltas del tejado del cobertizo—, ¿me vas a contar qué pasa exactamente entre vosotros, o tengo que sonsacártelo con más vino?
Elena rio, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo hablar de ello no le producía ansiedad, sino una calidez tranquila.
—Estamos yendo despacio. Después de todo lo que pasó, de la traición, de la reconstrucción... necesitábamos tiempo. Pero sí. Hay algo ahí. Algo real.
—Me alegro, Elena. De verdad —Sonia le apretó la mano—. Te veo distinta. Más tú, no sé cómo explicarlo mejor. Como si hubieras encontrado algo que no sabías que te faltaba.
Aquella misma semana, un paquete llegó desde Lisboa: la lente de Fresnel restaurada, enviada por el Instituto Português do Património con instrucciones detalladas para su reinstalación, financiada en parte por el creciente interés turístico que el caso mediático de Ponta Brava había generado, y en parte por una pequeña pero significativa donación anónima que Elena sospechaba, sin poder probarlo, que procedía del propio bolsillo de Rita Ferreira, como agradecimiento silencioso.
Elena y Marcos pasaron un fin de semana entero instalando la pieza con la ayuda de un técnico especializado venido de Lisboa, subiendo y bajando los ciento veintitrés escalones tantas veces que, al final, ambos bromeaban sobre construir un montacargas, aunque ninguno de los dos lo dijera en serio: había algo sagrado en subir esa escalera a pie, como habían hecho generaciones enteras de la familia de Elena antes que ella.
La noche en que finalmente encendieron el mecanismo restaurado por primera vez, todo el pueblo se congregó espontáneamente en el pequeño muelle para verlo, como si se tratara de una fiesta no anunciada.
Cuando el haz de luz, más potente y nítido que nunca, comenzó a girar sobre las aguas oscuras del Atlántico, un aplauso espontáneo recorrió el puerto entero.
Elena, de pie junto a Marcos en lo alto de la torre, sintió que aquel aplauso no era solo para la lente restaurada, sino para todo lo que representaba: un pueblo que, por fin, después de generaciones de silencio, celebraba abiertamente la luz en lugar de temer lo que pudiera revelar.