Capítulo 41 — Una Última Visita al Puerto
La noche antes de que comenzara el juicio, Elena bajó sola hasta el puerto, incapaz de conciliar el sueño, y encontró a Tio Aurélio en su lugar habitual, remendando redes bajo la misma farola mortecina de siempre, como si el tiempo en aquel rincón del muelle se negara a avanzar al mismo ritmo que en el resto del mundo.
—Mañana empieza todo de verdad —dijo Elena, sentándose a su lado sobre un cajón de pesca vacío.
—Mañana termina, querrás decir —la corrigió el anciano, sin levantar la vista de su trabajo—. Veinte años esperando este momento, rapariga. No todos tuvimos el valor de tu abuela, ni el tuyo. Pero todos, a nuestra manera silenciosa, hemos estado esperando que alguien terminara lo que ella empezó.
—Gracias por hablar, al final. Sé que no fue fácil.
El pescador levantó por fin la vista, con una expresión que mezclaba a partes iguales alivio y una tristeza antigua que Elena reconocía ya perfectamente.
—Llevaba veinte años cargando ese silencio como quien carga una red demasiado pesada. Gracias a ti, esta noche, por primera vez en mucho tiempo, creo que voy a dormir tranquilo.
Elena se quedó un rato más junto a él, en silencio, contemplando las luces del faro girando en la distancia, sabiendo que aquella conversación sencilla, sin grandilocuencias ni grandes declaraciones, representaba de alguna manera el verdadero final de la larga travesía que había comenzado con una carta inesperada en su despacho de Madrid.
No terminaría oficialmente hasta que el juez pronunciara su veredicto, pero en aquel muelle tranquilo, junto a un viejo pescador que por fin dormiría en paz, Elena sintió que la parte más importante de la justicia ya se había cumplido.