Capítulo 37 — El Rescate
El amanecer trajo consigo una tregua parcial en la tormenta, aunque el mar seguía agitado y el viento soplaba todavía con fuerza suficiente como para impedir cualquier intento de bajar por la escalera de caracol con el prisionero maniatado a cuestas.
Elena y Marcos, agotados y magullados, esperaron en la sala de la linterna, turnándose para vigilar al hombre inconsciente y para escrutar el horizonte en busca de cualquier señal de ayuda.
Fue pasado el mediodía cuando escucharon, por encima del rugido decreciente del viento, el zumbido inconfundible de un helicóptero.
Marcos, arriesgándose a salir a la pasarela exterior todavía dañada, agitó los brazos con desesperación hasta que la aeronave, perteneciente a la Autoridade Marítima, alteró su rumbo y comenzó a descender hacia el promontorio del faro.
—¡Aquí arriba! —gritó Elena, aunque sabía que sus palabras se perdían en el estruendo de las hélices, confiando en que los gestos bastaran.
El helicóptero no pudo aterrizar debido al terreno escarpado, pero un rescatador descendió mediante un cable hasta la pasarela exterior, evaluando rápidamente la situación con la profesionalidad serena de quien ha vivido rescates similares en aquella costa traicionera.
Confirmó por radio la necesidad urgente de un equipo de la Polícia Judiciária, además de asistencia médica para las heridas de Marcos y el hombre capturado.
—La carretera sigue cortada por desprendimientos cerca de Sagres —les informó el rescatador, mientras aseguraba al prisionero, todavía inconsciente, en un arnés de evacuación—.
Tendrán que evacuar a los heridos por aire.
Ustedes dos, si están en condiciones, pueden esperar a que la GNR llegue por el sendero costero en cuanto amaine un poco más.
Elena, aunque tentada por la idea de subirse también al helicóptero y alejarse cuanto antes de aquel lugar, decidió quedarse.
Necesitaba estar allí cuando llegaran las autoridades.
Necesitaba ser ella quien entregara personalmente la caja de caudales, los diarios de Carmen y las cartas de Isabel, cerrando con sus propias manos el círculo que su familia llevaba veinte años intentando cerrar.
Marcos, con el corte de la frente ya cosido provisionalmente por el rescatador y varias costillas doloridas pero sin fracturar, según un examen apresurado, se negó también a marcharse sin ella.
—He esperado veinte años para poder contar la verdad completa —dijo, sujetándose la costilla dolorida con una mueca—. Puedo esperar unas horas más para hacerlo bien, con calma, sin que se me escape ningún detalle por las prisas.
Un equipo de la GNR, acompañado de dos investigadores de la Polícia Judiciária desplazados desde Faro en cuanto la carretera costera se hizo mínimamente transitable, llegó al faro a media tarde.
Elena, con las piernas todavía temblorosas por el agotamiento acumulado de las últimas veinticuatro horas, les entregó personalmente cada documento, cada diario, cada fotografía, explicando con una claridad que la sorprendió a ella misma toda la cadena de acontecimientos que los había llevado hasta allí.
Cuando finalmente los agentes se marcharon, cargados de pruebas suficientes para desmantelar años de corrupción municipal, Elena se dejó caer exhausta en el sofá de la sala principal del faro, con Marcos a su lado, ambos envueltos en mantas que Zé, avisado por radio, había subido personalmente desde el pueblo en cuanto pudo transitar el sendero costero.
—Se acabó —murmuró Elena, casi sin poder creerlo del todo—. De verdad se acabó.
—Casi —corrigió Marcos, con una sonrisa cansada—. Falta el juicio. Pero sí, lo peor ya ha pasado.