El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 36 — Redención
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Capítulo 36 — Redención

El matón estaba a un par de metros de distancia, extendiendo la mano libre para arrebatarle la caja de caudales. Elena levantó el candado de latón, dispuesta a defenderse, aunque sabía que era un gesto inútil frente a un arma de fuego.

De repente, una figura surgió de la oscuridad del interior de la cúpula, abalanzándose sobre el hombre armado a través de la puerta abierta. Era Marcos.

El impacto lanzó al matón contra la barandilla de la pasarela con un ruido sordo.

La pistola salió volando de su mano, perdiéndose en la oscuridad y cayendo hacia las rocas enfurecidas.

Marcos y el hombre se enzarzaron en una lucha desesperada sobre la rejilla metálica resbaladiza, rodando y golpeándose bajo la lluvia torrencial.

El segundo hombre apareció en la puerta, dudando un instante ante la furia del viento.

Elena no lo pensó. Aprovechando su distracción, corrió hacia él y le golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas usando el pesado candado de latón.

El hombre soltó un grito de dolor, se tambaleó hacia atrás y cayó de bruces dentro de la sala de la linterna, quedando inconsciente.

Fuera, la pelea continuaba. El matón corpulento había logrado ponerse encima de Marcos y sus manos rodeaban su cuello, asfixiándolo. Marcos forcejeaba, pero estaba perdiendo fuerzas rápidamente.

Elena se acercó, levantó la caja de caudales por encima de su cabeza y la dejó caer con precisión sobre la espalda del agresor. El hombre rugió de dolor y soltó a Marcos, girándose hacia Elena con intenciones asesinas.

Pero Marcos aprovechó la oportunidad. Con un último esfuerzo, impulsó sus piernas hacia arriba, golpeando al matón en el pecho y desequilibrándolo. El hombre trastabilló hacia atrás, resbaló en la rejilla mojada y su peso lo hizo volcar por encima de la barandilla de seguridad.

Hubo un grito desgarrador que fue silenciado instantáneamente por el rugido del mar, y luego, nada. Solo el sonido ensordecedor de la tormenta.

Marcos se quedó tirado en la pasarela, tosiendo y recuperando el aliento. Elena se dejó caer de rodillas a su lado, temblando incontrolablemente. La lluvia lavaba la sangre de un corte en la frente de Marcos.

—¿Estás bien? —gritó ella por encima del viento, ayudándole a incorporarse.

Él asintió débilmente, mirándola con una mezcla de dolor y alivio.

—Te dije... que quería redimirme.

Se arrastraron de vuelta al interior de la cúpula, cerrando la puerta destrozada como pudieron para bloquear el viento. El segundo hombre seguía inconsciente en el suelo. Elena ató sus manos con un trozo de cuerda gruesa que encontró en un rincón.

Se sentaron apoyados contra el pedestal de la gran lente, agotados, empapados y magullados, pero vivos. La caja de caudales descansaba a salvo entre ellos.

—Siento no haberte creído —murmuró Elena, mirando a Marcos.

—No tenías motivos para hacerlo —respondió él, esbozando una media sonrisa triste—. Pero gracias por salvarme la vida.

Pasaron el resto de la noche allí arriba, vigilando al prisionero y esperando a que la tormenta amainara.

Mientras el primer rayo de sol pálido despuntaba en el horizonte, iluminando un mar todavía agitado pero menos furioso, Elena supo que la pesadilla había terminado. La verdad, por fin, iba a ver la luz.