Capítulo 35 — Silencio Después de la Tormenta
Mientras esperaban a que la luz del día se afianzara del todo antes de intentar bajar con el prisionero maniatado, Elena y Marcos permanecieron sentados en la sala de la linterna, envueltos en mantas que habían encontrado en un arcón cercano, escuchando cómo el viento iba perdiendo, poco a poco, la furia de las horas anteriores.
—¿Crees que mi abuela sabía que esto podía acabar así? —preguntó Elena, rompiendo el silencio—. ¿Con violencia, quiero decir? ¿Con gente intentando matarnos?
Marcos reflexionó un momento antes de responder, con la voz ronca por el esfuerzo de la noche anterior.
—Creo que Carmen sabía exactamente el peligro que corría, cada día que pasaba investigando.
Por eso te mantuvo alejada durante tanto tiempo.
Por eso nunca compartió sus sospechas con nadie más que con su propio diario.
No creo que imaginara que tú acabarías aquí, en esta misma torre, luchando literalmente por tu vida.
Creo que esperaba, ingenuamente quizás, poder resolverlo ella sola antes de que la situación llegara a este extremo.
—Y sin embargo, aquí estamos —murmuró Elena, contemplando el amanecer que empezaba a teñir de rosa pálido el cielo sobre el Cabo de San Vicente, con el mar todavía agitado pero ya sin la furia apocalíptica de las horas anteriores.
—Aquí estamos —confirmó Marcos—. Vivos, con las pruebas en nuestro poder, y con un asesino confeso a punto de responder finalmente ante la justicia.
No es como Carmen lo hubiera planeado, seguramente.
Pero es, en cierto modo, el final que ella llevaba veinte años esperando sin atreverse a creer que fuera posible.
Elena se permitió, por primera vez desde que había abierto aquel sobre de papel kraft en su despacho de Madrid, sentir algo parecido al alivio genuino.
No la ausencia de dolor, que sabía tardaría mucho tiempo en sanar del todo, sino la sensación de que, finalmente, después de veinte años de silencio familiar, la verdad estaba a punto de salir a la luz sin que nadie más tuviera que pagar con su vida el precio de contarla.