Capítulo 34 — En la Cima del Mundo
La escalera de caracol parecía no tener fin.
Las piernas de Elena ardían por el esfuerzo de subir los peldaños de piedra de dos en dos en la oscuridad casi total.
Abajo, las voces de sus perseguidores resonaban cada vez más cerca, acompañadas por el haz errático de sus linternas rebotando en las paredes curvas.
Alcanzó el tercer nivel, la antigua sala de guardia, y empujó la pesada trampilla de hierro que daba acceso a la linterna del faro.
La abrió con un esfuerzo sobrehumano, se coló por el hueco y la cerró de golpe tras de sí, echando el pasador oxidado justo a tiempo.
Segundos después, escuchó un golpe seco contra el metal desde abajo, seguido de maldiciones en portugués.
Estaba en la cúpula de cristal del faro.
El ruido aquí era ensordecedor. La tormenta golpeaba los paneles de vidrio con una furia apocalíptica, y el enorme mecanismo de la lente de Fresnel, inerte por la falta de electricidad, se alzaba en el centro como un gigante dormido que llevaba más de un siglo guiando barcos hacia el Cabo de San Vicente.
Elena jadeaba, aferrando la caja de caudales y el candado de latón. Sabía que la trampilla no aguantaría mucho tiempo; los hombres de Manuel llevaban herramientas. Miró a su alrededor desesperada. Había una pequeña puerta de metal que daba a la pasarela exterior, el balcón que rodeaba la cúpula.
Un estruendo metálico la sobresaltó. La trampilla se abombó hacia arriba. Estaban usando una palanca.
Sin pensarlo dos veces, Elena abrió la puerta exterior.
El viento la golpeó con la fuerza de un muro sólido, casi derribándola hacia atrás.
La lluvia era horizontal, fría como el hielo, cegadora.
Salió a la estrecha pasarela de rejilla metálica, a treinta metros sobre el mar embravecido, y cerró la puerta tras de sí, bloqueándola desde fuera con una barra de hierro que encontró tirada.
Se aferró a la barandilla empapada, luchando por mantenerse en pie. Abajo, las olas gigantescas se estrellaban contra las rocas doradas con una violencia aterradora, enviando nubes de espuma blanca que alcanzaban casi la mitad de la torre. Estaba atrapada entre el abismo y sus perseguidores.
A través del cristal empañado por la lluvia, vio a los dos hombres irrumpir en la sala de la linterna.
Iluminaron el interior con sus focos y pronto se dieron cuenta de que ella estaba fuera.
Uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla, se acercó a la puerta exterior y comenzó a golpear el cristal reforzado con la culata de una pistola.
El cristal se agrietó en forma de telaraña. Elena retrocedió por la pasarela circular, alejándose de la puerta, pero no había a dónde ir. Era un círculo cerrado.
El hombre golpeó de nuevo, y esta vez el cristal cedió, cayendo en pedazos sobre la rejilla metálica. Retiró la barra de bloqueo desde dentro y empujó la puerta. El viento aulló, entrando a raudales en la cúpula.
El matón salió a la pasarela, apuntándole con el arma, aunque apenas podía mantener el equilibrio por las ráfagas de viento.
—Já chega, menina! —gritó, su voz apenas audible sobre el rugido del mar—. Dá-me a caixa!
Elena apretó la caja contra su pecho, paralizada por el terror. El abismo a su espalda la llamaba. Un paso en falso y terminaría igual que su madre. El hombre avanzó hacia ella, con una sonrisa cruel asomando en su rostro empapado.