Capítulo 33 — Asedio
Elena emergió del sótano jadeando, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y la tensión acumulada.
Aseguró la pesada puerta de hierro tras de sí y apiló varias cajas para bloquearla, aunque sabía que si Marcos quería salir, aquello no lo detendría por mucho tiempo. Corrió hacia la planta baja del faro.
La tormenta había alcanzado su punto álgido.
El viento de leste aullaba como una bestia herida alrededor de la torre encalada, y la lluvia azotaba los gruesos cristales con violencia.
El faro crujía, protestando contra la furia de los elementos.
Estaba atrapada. Sin electricidad, sin cobertura telefónica —algo habitual en aquel rincón perdido del Algarve— y sin posibilidad de escapar por la carretera cortada.
Subió corriendo a la habitación secreta de su abuela, el único lugar que sentía vagamente seguro.
Echó el cerrojo de la pesada puerta de madera y se dejó caer en la silla frente a la mesa, abrazando la caja de caudales.
Encendió un par de velas que había en la mesa para ahorrar batería de la linterna.
La luz parpadeante proyectaba sombras inquietantes sobre la red de hilos rojos de la pared.
Revisó los documentos una vez más. Las pruebas eran irrefutables.
Manuel Coelho había utilizado su posición de presidente de la câmara para orquestar una red de contrabando y blanqueo de capitales a gran escala durante décadas, utilizando el faro como punto ciego.
Isabel lo había descubierto, y por eso la asesinó.
Carmen había reunido las pruebas, pero su corazón había fallado antes de poder entregarlas a las autoridades.
Ahora, el legado de su familia recaía sobre sus hombros. Debía sobrevivir a la noche y entregar esos papeles a la GNR, la Guarda Nacional Republicana, el único cuerpo de seguridad con presencia real en aquella costa remota.
De repente, un ruido sordo proveniente de la planta baja la hizo saltar de la silla. No era el viento. Era el sonido inconfundible de madera astillándose. Alguien estaba forzando la puerta principal del faro.
Elena apagó las velas de un soplido, sumiendo la habitación en la oscuridad. Agarró el pesado candado de latón que antes sellaba la puerta para usarlo como arma improvisada y se acercó sigilosamente al rellano.
Escuchó pasos pesados, empapados de agua, pisando las baldosas del primer piso. No era Marcos. Eran dos voces masculinas, bajas y tensas, hablando en un portugués rápido y cerrado que Elena apenas lograba descifrar.
—Procura lá em cima. Ela tem de estar aqui. O carro continua lá fora —dijo una voz áspera que Elena no reconoció.
—O Manuel disse que a quer viva, se for possível. Precisa de saber o que ela encontrou —respondió la otra voz, más aguda.
El pánico la atenazó. No necesitaba traducción para entender lo esencial: Manuel Coelho había enviado a sus hombres. Sabían que estaba aislada.
Los pasos comenzaron a subir por la escalera de caracol. El crujido de la piedra bajo sus botas resonaba como un tambor fúnebre en el interior de la torre.
Elena retrocedió hacia el interior de la habitación secreta.
No podía quedarse allí; era una trampa mortal sin salida.
Su mente de arquitecta evaluó rápidamente la estructura del faro.
La única vía de escape era hacia arriba, hacia la linterna del faro, y de allí, a la pasarela exterior.
Una locura en medio de una galerna atlántica, pero era su única opción.
Salió al pasillo justo cuando el haz de una linterna barría el primer tramo de la escalera de caracol.
Se pegó a la pared curva y comenzó a subir hacia el tercer nivel, moviéndose con la agilidad que le daba el terror.
Los hombres escucharon sus pasos y aceleraron el ritmo. La cacería había comenzado.