Capítulo 32 — La Larga Noche
Elena emergió al sótano principal jadeando, dejando atrás a Marcos y la puerta de hierro que acababa de sellar.
Pero en lugar de subir de inmediato, se quedó un momento apoyada contra la pared fría, incapaz de moverse, mientras la traición recién descubierta le revolvía el estómago con oleadas sucesivas de rabia, incredulidad y una tristeza que no esperaba sentir con tanta fuerza.
Había confiado en él. Había bajado la guardia, había compartido con Marcos los diarios de su abuela, sus miedos, incluso, la noche de la cataplana, algo parecido al principio de un sentimiento que no se había permitido nombrar.
Y ahora resultaba que aquel mismo hombre había formado parte, siquiera de forma pasiva, del engranaje que había costado la vida a su madre.
Subió al fin hacia la habitación secreta, cerró el cerrojo tras de sí y se dejó caer en el suelo, con la espalda apoyada contra la mesa de roble, abrazando sus propias rodillas como no hacía desde niña. La tormenta rugía fuera con una violencia que parecía hacer eco de la que sentía por dentro.
Sacó el segundo diario y releyó, una vez más, las palabras de su abuela: "Debo asegurarme de que Elena nunca descubra esto.
Es demasiado peligroso." Entendía ahora, con una claridad dolorosa, exactamente a qué se refería Carmen.
No solo al peligro físico. También al peligro de descubrir que las personas en las que confiabas podían estar, a la vez, del lado correcto y del incorrecto de la historia.
Pensó en su padre, en su advertencia antes de partir: "No dejes que se lleve algo tuyo también.
" Se preguntó si ya era tarde para esa advertencia, si el faro, con toda su belleza y todo su peso histórico, ya le había arrebatado algo que no sabía si podría recuperar: la capacidad de confiar sin reservas en otro ser humano.
Un ruido en el piso de abajo la sobresaltó de nuevo, sacándola de sus pensamientos. Pasos. Golpes contra la puerta principal. Voces desconocidas, ásperas, hablando en un portugués rápido que no lograba comprender del todo, pero cuya intención no dejaba lugar a dudas.
El miedo desplazó, de golpe, cualquier otro sentimiento. Ya no había tiempo para procesar la traición de Marcos. Había hombres armados en el faro, y Elena, sola, con la caja de caudales y sus pruebas aferradas contra el pecho, comprendió que la noche más larga de su vida apenas acababa de empezar.