Capítulo 31 — Traición en la Oscuridad
El silencio en la caverna se volvió repentinamente denso, asfixiante, roto solo por el estruendo rítmico de las olas contra la entrada de la cueva.
Elena retrocedió instintivamente, apretando la caja de caudales contra su pecho.
La luz de la linterna temblaba en su mano, proyectando sombras monstruosas de Marcos contra la pared de roca.
—Tú... —logró articular, con la voz quebrada—. Tú estabas allí. Conocías a mi madre. Trabajabas para él.
Marcos bajó la mirada hacia su propio brazo, como si el tatuaje lo hubiera tomado por sorpresa, y luego volvió a mirar a Elena. Su rostro palideció, perdiendo toda la seguridad que había mostrado hasta entonces.
—Elena, por favor, déjame explicarte —suplicó, dando un paso hacia ella con las manos en alto, en un gesto apaciguador.
—¡No te acerques! —gritó ella, retrocediendo otro paso, sintiendo la roca húmeda a su espalda.
La palanca de hierro que él había usado para abrir la puerta descansaba en la arena, demasiado lejos para alcanzarla—.
Me has estado mintiendo desde el primer momento.
Te acercaste a mí para vigilarme, para saber si encontraba esto.
—¡No es verdad! Bueno, al principio sí —confesó Marcos, pasando una mano temblorosa por su cabello—. El Dr. Manuel me pidió que me ganara tu confianza, que me asegurara de que vendías el faro y te marchabas sin hacer preguntas. Pero todo cambió, Elena. Te lo juro.
—¿Cambió? ¿Cuándo? ¿Cuando viste que estaba a punto de descubrir que fuiste cómplice del asesinato de mi madre? —escupió ella, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y decepción.
—¡Yo no tuve nada que ver con la muerte de Isabel!
—gritó Marcos, su voz resonando en la cueva por encima del rugido del mar—.
Yo era solo un rapaz, Elena. Tenía quince años.
Hacía recados para Manuel, vigilaba la costa, ayudaba a descargar cajas de tabaco y alcohol de contrabando, como medio pueblo en aquella época, para llegar a fin de mes.
No sabía que estaban metidos en cosas peores.
Aquella noche... la noche que murió tu madre...
Marcos tragó saliva, la angustia evidente en sus facciones.
—Yo estaba de guardia en el acantilado. Vi a tu madre acercarse al faro.
Vi a Manuel interceptarla. Discutieron. Él la empujó.
Fue rápido, brutal. Yo me quedé paralizado por el miedo.
Manuel me amenazó. Me dijo que si abría la boca, terminaría en el fondo del mar junto a ella.
He vivido con esa culpa cada día de mi vida.
Elena lo miraba, dividida entre el asco y una dolorosa comprensión. Quería creerle, pero el engaño era demasiado profundo.
—¿Y mi abuela? ¿También te quedaste mirando mientras la mataban?
—¡Carmen murió de un infarto! —aseguró Marcos, desesperado—.
Te lo juro por mi vida. Su corazón falló, el médico de Vila do Bispo lo certificó.
Pero Manuel aprovechó su muerte para intentar recuperar los documentos.
Por eso entró anoche en el faro. Fue él, o uno de sus hombres.
Yo solo quería protegerte, ayudarte a encontrar la verdad para redimirme de alguna manera.
Elena apretó los labios. Tenía los documentos. Tenía la confesión de un testigo presencial. Pero estaba atrapada en una cueva aislada con un hombre en el que ya no podía confiar, y un asesino suelto que sabía que ella estaba cerca de descubrirlo todo.
—Aparta —ordenó Elena, con voz firme, apuntándole directamente a los ojos con la linterna para cegarlo momentáneamente—. Voy a salir de aquí. Y si intentas detenerme, te juro que usaré esta caja para romperte la cabeza.
Marcos dudó un segundo, pero finalmente se hizo a un lado, bajando la cabeza en señal de derrota. Elena pasó junto a él rápidamente, sin darle la espalda del todo, y comenzó el arduo ascenso por el túnel húmedo, de vuelta hacia las entrañas del faro. Estaba sola. Ahora más que nunca.