El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 30 — El Descenso
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Capítulo 30 — El Descenso

El sótano del faro era un laberinto de piedra húmeda y sombras alargadas.

El haz de la linterna de Elena cortaba la oscuridad, revelando telarañas espesas y el polvo acumulado de décadas de abandono.

El sonido ensordecedor de la tormenta exterior quedaba amortiguado aquí abajo, reemplazado por un eco cavernoso y el goteo rítmico del agua filtrándose a través de los muros calizos.

Marcos la guio hacia la parte trasera de la enorme caldera oxidada, una reliquia de cuando el faro aún funcionaba con generador diésel.

Con esfuerzo, apartó unas pesadas cajas de madera podrida que bloqueaban el paso.

Detrás de ellas, incrustada en la pared de piedra irregular, había una puerta de hierro corroída por el óxido, sin pomo ni cerradura visible.

—Esta es la entrada a la antigua bodega —susurró Marcos, como si temiera despertar a los fantasmas del lugar.

Insertó la palanca de hierro en la rendija de la puerta y aplicó todo su peso.

Con un chirrido agónico que resonó en el sótano, la puerta cedió unos centímetros.

Elena le ayudó a tirar, y finalmente lograron abrir un hueco lo suficientemente grande para pasar.

El aire que emanó del interior era gélido y olía fuertemente a algas y mar. No era una simple bodega; era el inicio de un túnel natural excavado en la roca caliza del acantilado, de esos que abundan en toda la costa entre Sagres y Lagos.

Avanzaron con cautela, iluminando el camino rocoso y resbaladizo.

El sonido del mar embravecido se hacía más fuerte a cada paso, resonando en las paredes de la cueva.

Tras unos minutos de descenso pronunciado, llegaron a una caverna amplia.

El suelo estaba cubierto de arena oscura y charcos de agua salada.

Al fondo, una abertura natural permitía ver el oleaje furioso rompiendo contra las rocas, con el Cabo de San Vicente recortado a lo lejos entre la bruma.

—Las grutas de contrabando —dijo Elena, asombrada, paseando la luz por el lugar. Había restos de cajas de madera deshechas, cuerdas podridas y herrajes oxidados esparcidos por la arena, además de lo que parecían viejas latas de conservas inglesas, vestigio de un comercio clandestino de otra época.

—Tu abuela tenía razón. Este lugar es perfecto para descargar mercancía sin ser visto desde el pueblo o el mar abierto —comentó Marcos, examinando unos anclajes en la pared de roca.

Elena recordó las palabras del diario: "Donde la luz no alcanza, pero el mar sí".

Comenzó a buscar sistemáticamente a lo largo de las paredes de la cueva, prestando especial atención a las grietas y oquedades que quedaban por encima del nivel de la marea alta, marcado por una línea de algas secas en la roca.

De repente, la luz de su linterna se reflejó en algo metálico oculto en una profunda hendidura. Metió la mano con cuidado y extrajo una caja de caudales de acero, envuelta en varias capas de lona encerada.

—¡Lo encontré! —exclamó, sintiendo una mezcla de triunfo y pavor.

Marcos se acercó rápidamente. Juntos desenvolvieron la caja. Estaba cerrada con un pequeño candado de combinación. Elena no dudó; introdujo la fecha de nacimiento de su madre. El candado se abrió con un clic.

En el interior, protegidos por bolsas de plástico herméticas, había documentos bancarios en portugués e inglés, escrituras de propiedades a nombre de empresas pantalla registradas en Madeira, y fotografías de desembarcos nocturnos en esa misma cueva.

Y en varias de esas fotos, supervisando las operaciones, se distinguía claramente el rostro de Manuel Coelho, más joven, pero inconfundible.

Elena sintió que el mundo giraba a su alrededor. Tenía la prueba. La prueba por la que habían asesinado a su madre y, muy probablemente, a su abuela. Pero mientras examinaba los documentos, una fotografía cayó al suelo arenoso. Al iluminarla, el aliento se le atascó en la garganta.

En la imagen, junto a Manuel Coelho, había otro hombre ayudando a descargar las cajas. Un hombre joven, de espaldas, pero con un tatuaje muy característico en el antebrazo: un ancla entrelazada con una serpiente.

Lentamente, Elena levantó la vista hacia Marcos. Él llevaba las mangas de su jersey remangadas por el esfuerzo. En su antebrazo derecho, claramente visible a la luz de la linterna, estaba el mismo tatuaje.