El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 29 — El Peso de la Decisión
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Capítulo 29 — El Peso de la Decisión

En el breve intervalo entre asegurar las cuerdas y encender las linternas, justo antes de iniciar el descenso hacia el sótano, Elena se detuvo un instante en el pasillo del primer nivel, frente al espejo ovalado que había pertenecido a su bisabuela, el mismo en el que de niña se probaba disfraces improvisados con las sábanas viejas del armario.

Se miró un momento, apenas reconociendo a la mujer que le devolvía la mirada: el pelo recogido de cualquier manera, ojeras profundas por las noches de insomnio acumuladas, y sin embargo, una determinación en los ojos que jamás había visto en sí misma durante sus años en Madrid, dedicados a proyectos arquitectónicos que, por importantes que parecieran entonces, jamás habían exigido de ella un valor semejante.

Pensó en su madre, bajando aquellos mismos escalones veinte años atrás para enfrentarse, sola, a un hombre poderoso que terminaría arrebatándole la vida.

Pensó en su abuela, subiendo y bajando esas mismas escaleras durante años, noche tras noche, cargando con un peso que jamás compartió con nadie para no arrastrar a su única nieta al mismo peligro.

Y se preguntó, con una honestidad brutal, si ella estaba a punto de repetir el mismo patrón trágico, o si esta vez, por fin, la historia tomaría un rumbo distinto.

—¿Todo bien? —preguntó Marcos, asomándose desde el rellano, ya con el equipo de descenso preparado.

—Estaba pensando en mi madre —admitió Elena, sin apartar la vista del espejo—. En que hizo esto mismo, sola, sin nadie a su lado. Y en que yo, al menos, no estoy sola.

Marcos se acercó y le apoyó una mano en el hombro, con una firmeza silenciosa que decía más que cualquier palabra de consuelo.

—No lo estás. Y pase lo que pase ahí abajo, seguirás sin estarlo, Elena. Te lo prometo.

Ella asintió, respirando hondo, y se apartó por fin del espejo, dejando atrás, aunque fuera solo simbólicamente, el reflejo de la mujer insegura y a la defensiva que había llegado a Ponta Brava apenas unas semanas atrás.

La mujer que bajaría ahora hacia el sótano era distinta: más cansada, sí, más asustada también, pero infinitamente más decidida a no dejar que el miedo dictara, ni un segundo más, las decisiones de su vida.

Bajaron juntos las escaleras hacia el sótano, y Elena sintió, con cada peldaño, que dejaba atrás no solo el nivel superior del faro, sino también los últimos vestigios de la mujer que había llegado dispuesta únicamente a firmar papeles y marcharse.

La mujer que emergería de aquellas grutas, para bien o para mal, ya no sería la misma.