Capítulo 27 — La Espera
Con la carretera cortada y el puerto cerrado por la galerna, Elena y Marcos pasaron las horas previas al descenso preparando el faro para resistir la tormenta, en una calma tensa que ninguno de los dos se atrevía a romper con palabras innecesarias.
Aseguraron las contraventanas de madera, encendieron velas de repuesto y comprobaron, por tercera vez, la radio de emergencia a pilas que Carmen guardaba en un armario de la cocina, sintonizando el boletín marítimo de la Marinha, que advertía de olas de hasta ocho metros y rachas de viento superiores a los cien kilómetros por hora en todo el litoral del Algarve.
—Cuando era pequeño, mi tío decía que estas tormentas de finales de verano son las peores porque el mar aún guarda el calor de todo el año —comentó Marcos, sirviendo dos tazas de café bien cargado mientras el viento empezaba a golpear con fuerza creciente los cristales de la cocina—.
Se enfurece de golpe, sin el aviso gradual de las tormentas de invierno.
Elena, sentada a la mesa con el segundo diario y las cartas de su madre extendidos delante de ella, sintió que la ansiedad por lo que estaban a punto de encontrar en las grutas competía, de manera extraña, con una sensación de calma resignada.
Después de tantas semanas de pistas fragmentadas, de preguntas sin respuesta, por fin estaba a punto de tener la prueba definitiva entre las manos.
—¿Tienes miedo? —le preguntó a Marcos, con sinceridad.
Él se quedó pensativo un momento antes de responder.
—Tengo miedo de lo que podamos encontrar ahí abajo, sí. Pero tengo más miedo de que, si no bajamos ahora, mientras la tormenta nos da esta ventana de tiempo aislados del pueblo, perdamos la oportunidad de hacerlo antes de que alguien más se entere de que lo estamos buscando.
Elena asintió, comprendiendo la lógica implacable de sus palabras.
La misma tormenta que los aislaba del mundo, cortándoles cualquier vía de escape, era también la única garantía de que nadie más pudiera llegar hasta el faro para detenerlos antes de que encontraran lo que Carmen había escondido tantos años atrás.
Repasaron una vez más el contenido de los diarios, buscando cualquier detalle que se les hubiera podido escapar sobre la ubicación exacta del escondite.
Marcos dibujó, de memoria, un plano aproximado de las grutas que conocía por leyendas de su infancia, marcando con una cruz las zonas por encima del nivel de marea alta donde, según la lógica de Carmen, cualquier escondite debería resistir el paso del tiempo sin humedecerse.
Cuando finalmente decidieron que era hora de bajar, el viento aullaba ya con una furia que hacía vibrar los cimientos mismos de la torre, y la lluvia golpeaba los cristales con una violencia que Elena no recordaba haber presenciado nunca, ni siquiera en sus años de infancia en el faro.
Se miraron un instante, conscientes ambos de que estaban a punto de cruzar un umbral del que ya no habría marcha atrás, y descendieron juntos hacia el sótano, dejando atrás el rugido de la tormenta para adentrarse en el silencio expectante de los cimientos de piedra.