El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 26 — Aislados
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Capítulo 26 — Aislados

La manilla de la puerta cedió con un chasquido metálico, pero la puerta no se abrió. Elena, en un acto de previsión del que ahora se alegraba inmensamente, había echado el cerrojo por dentro antes de empezar a investigar.

Desde el pasillo llegó un gruñido ahogado de frustración.

Luego, el sonido de un cuerpo empujando contra la madera maciza.

La puerta crujió, pero aguantó. Elena permaneció inmóvil, conteniendo el aliento, hasta que escuchó los pasos alejarse rápidamente escaleras abajo, seguidos del portazo de la entrada principal.

Se dejó caer contra la pared, temblando de pies a cabeza. Alguien sabía que estaba acercándose a la verdad y había venido a buscarla. O a buscar los diarios.

A la mañana siguiente, el cielo sobre Ponta Brava se había teñido de un gris plomizo y amenazador. El viento de leste aullaba con una fuerza inusitada, haciendo vibrar los cristales del faro. Marcos llegó temprano, empapado y con expresión grave.

—Viene una tempestade de las fuertes, de esas que aquí llamamos "vento de todos os diabos" —anunció, quitándose el chubasquero chorreante—. Han cerrado el puerto y cortado la N268 por riesgo de desprendimientos en la zona de Sagres. Estamos aislados.

Elena le contó lo ocurrido la noche anterior y le mostró el segundo diario, además de la fotografía y la nota que había encontrado en la Junta de Freguesia. El rostro de Marcos se endureció al leer las revelaciones sobre el contrabando y las grutas bajo el faro.

—Grutas de contrabando... —murmuró él—. Siempre hubo leyendas en el pueblo, historias de estraperlistas que traían tabaco y café desde Gibraltar y Tánger durante la posguerra, pero pensé que eran solo eso, leyendas para asustar a los niños.

—Mi abuela dice que escondió las pruebas "donde la luz no alcanza, pero el mar sí". Y menciona los cimientos del faro —dijo Elena, señalando el pasaje en el diario.

—Los cimientos —Marcos frunció el ceño, pensativo—. Hay un nivel subterráneo, una antigua bodega de almacenamiento que lleva años clausurada, de cuando el farol aún dependía de la Marinha. La entrada está detrás de la caldera, en el sótano. Si hay un acceso a esas grutas, tiene que ser por ahí.

La tormenta arreció, golpeando el faro con furia desatada. La luz eléctrica parpadeó y finalmente se apagó, dejándolos sumidos en la penumbra, iluminados solo por la luz mortecina que se filtraba por las ventanas.

—Tenemos que bajar —decidió Elena, encendiendo su potente linterna de latón—. Antes de que quienquiera que entró anoche regrese para terminar el trabajo.

Marcos asintió, cogiendo una pesada palanca de hierro de su caja de herramientas.

Juntos, descendieron por las escaleras hacia el sótano del faro, dejando atrás el rugido del viento para adentrarse en el silencio húmedo y opresivo de los cimientos.

El aire se volvió frío y denso, cargado con el olor a sal y a secretos enterrados.

Aislados del mundo por la tormenta, Elena y Marcos estaban a punto de descubrir lo que el farol llevaba veinte años ocultando.