El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 25 — Las Palabras de Isabel
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Capítulo 25 — Las Palabras de Isabel

Guardado junto al segundo diario, dentro del mismo doble fondo de la caja de herramientas, Elena encontró un pequeño fajo de cartas atadas con un cordel deshilachado. La letra, redonda y algo apresurada, no era la de Carmen. Era la de su madre.

Con el corazón encogido, Elena desató el cordel y comenzó a leer.

Eran cartas que Isabel nunca había llegado a enviar, dirigidas a una amiga de la infancia que se había marchado a estudiar a Lisboa, y que hablaban, al principio, de cosas sencillas: el tiempo, un pretendiente torpe del pueblo vecino, lo mucho que Isabel echaba de menos las tapas de Madrid a pesar de amar el mar del Algarve más de lo que jamás admitiría en voz alta ante Carmen.

Pero las últimas tres cartas, escritas en las semanas anteriores a su muerte, cambiaban de tono.

"Querida Fátima: he visto algo que no debería haber visto.

No puedo escribirlo aquí, por si esta carta se pierde o cae en manos equivocadas, pero te diré que tiene que ver con las luces que a veces se ven de madrugada cerca de las rocas, las que todos fingen no notar.

Se lo he contado a mi madre. Me ha pedido que no hable con nadie más, que ella se encargará.

Pero conozco a Carmen: se encargará a su manera, despacio, con cautela, y yo no tengo paciencia para la cautela cuando sé que hay algo turbio pasando bajo nuestros propios pies. "

La penúltima carta era aún más breve, apenas unas líneas apresuradas.

"He decidido hablar con él directamente.

Sé que suena una locura, pero prefiero mirarlo a la cara y decirle que sé lo que hace, que decirle a las autoridades sin pruebas y que me tache de loca.

Si algo me pasa, Fátima, quiero que sepas que no me arrepiento.

Elena tiene doce años. Quiero que crezca en un mundo donde su madre no mirara para otro lado. "

Elena dejó la carta sobre la mesa, temblando.

Ahí estaba, escrita de puño y letra por su propia madre, la confirmación de todo lo que Carmen había sospechado durante veinte años: Isabel había ido a enfrentarse a Manuel Coelho por voluntad propia, sabiendo el riesgo que corría, precisamente por ella, por su hija.

La última carta, fechada el mismo día de su muerte, contenía solo una frase, como si Isabel la hubiera escrito a toda prisa antes de salir de casa aquella tarde de niebla:

"Voy a hablar con él esta noche, en el acantilado, donde nadie más pueda oírnos. Si no vuelvo, Fátima, cuida de mi Elena. Dile que la quise más que a mi propia vida, y que lo que hago, lo hago por ella."

Elena se quedó mucho tiempo sentada, sosteniendo aquella última hoja de papel amarillento, sintiendo que por fin conocía a su madre de una forma que ningún álbum de fotos ni recuerdo de infancia le había permitido conocer hasta entonces: no solo como la mujer que se sentaba a dibujar gaviotas al atardecer, sino como alguien capaz de un valor que a Elena, hasta ese momento, le había parecido inalcanzable.

Fue en ese instante, con las cartas de su madre aún calientes entre sus manos, cuando Elena tomó la decisión definitiva de no marcharse de Ponta Brava hasta ver la justicia completada, costara lo que costara.