El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 24 — El Segundo Diario
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Capítulo 24 — El Segundo Diario

La confirmación de que alguien había encubierto la muerte de su madre llenaba a Elena de una rabia fría y calculada. Aquella misma tarde, incapaz de conciliar el sueño, decidió volver a la habitación secreta con la fotografía y la nota anónima que había encontrado en la Junta de Freguesia.

Se sentó frente a la gran mesa de roble y comenzó a revisar metódicamente las cajas que se apilaban en las estanterías, comparando la caligrafía angulosa de la nota con todos los documentos que su abuela había reunido.

Buscaba la "prueba" que Carmen mencionaba en el primer diario.

Tras horas de escudriñar facturas viejas y cuadernos de bitácora del faro, encontró un doble fondo en una caja de herramientas de madera oxidada.

Dentro, envuelto en un paño de terciopelo, había otro cuaderno. El segundo diario.

Lo abrió con reverencia. Las fechas correspondían a los meses previos a la muerte de Carmen. La caligrafía era más temblorosa, denotando urgencia o miedo.

"He descubierto la conexión. El Dr. Manuel no solo quiere los terrenos para su maldito resort.

Busca lo que hay debajo. Las antiguas grutas de contrabando que conectan el acantilado con los cimientos del farol, las mismas que usaban los estraperlistas en tiempos de mi suegro.

Isabel lo descubrió aquella noche. Los vio desembarcar la mercancía. Por eso tuvo que morir."

Elena sintió que le faltaba el aire. Contrabando. Su madre había sido testigo de un delito y la habían silenciado.

Continuó leyendo, con el corazón latiendo desbocado.

"Tengo los documentos que prueban la red de blanqueo de capitales que opera a través de las empresas fantasma de Manuel, registradas en Madeira y en las Ilhas Virgens Britânicas.

Los he escondido donde la luz no alcanza, pero el mar sí.

Si algo me pasa, espero que Elena sea lo suficientemente inteligente para entender el mensaje.

El farol no solo guía a los barcos, también oculta la oscuridad. "

Un ruido en la planta baja la sobresaltó. Un crujido seco, como el de una bota pisando madera vieja.

Elena apagó la linterna de inmediato, sumiendo la habitación en la oscuridad total.

Aguzó el oído. Alguien había entrado en el faro.

Escuchó pasos sigilosos subiendo por la escalera de caracol.

No era Marcos; él caminaba con un paso pesado y seguro.

Estos pasos eran lentos, deliberados, intentando no hacer ruido.

El pánico se apoderó de ella. Agarró el segundo diario y se agazapó detrás de la gran mesa de roble, intentando controlar su respiración agitada. Los pasos se detuvieron en el rellano del segundo nivel. La manilla de la puerta de la habitación secreta giró lentamente.

Elena cerró los ojos, preparándose para lo peor, aferrando el diario contra su pecho como si fuera un escudo.