Capítulo 21 — Un Mensaje de Advertencia
A la mañana siguiente de la incursión en los archivos, Elena bajó al pueblo para comprar provisiones, con la fotografía de los hombres frente a A Âncora todavía dándole vueltas en la cabeza.
En la pequeña mercearia de la plaza, mientras pagaba unas conservas y pan fresco, la dependienta, una mujer de mediana edad que Elena no recordaba de sus veranos infantiles, le entregó el cambio con una mirada extrañamente cargada de significado.
—Você devia ir para casa, minha senhora —dijo en voz baja, casi sin mover los labios—. A Madrid, quero dizer. Este não é lugar para uma pessoa sozinha fazer perguntas.
Elena se quedó paralizada un instante.
—¿Perdón? ¿A qué se refiere?
Pero la mujer ya había vuelto la vista hacia la caja registradora, fingiendo ocuparse con el siguiente cliente, con una expresión que dejaba claro que no diría nada más.
De vuelta en la calle, Elena reparó en un coche oscuro, de cristales tintados, aparcado frente a la câmara municipal, que no había visto en sus visitas anteriores al pueblo.
Un hombre con gafas de sol, apoyado contra la puerta del conductor, la observó fijamente mientras pasaba, sin disimulo alguno, hasta que ella dobló la esquina hacia el camino de vuelta al faro.
Aquella noche, al llegar, encontró bajo la puerta principal un sobre sin remitente, deslizado por debajo con tanta discreción que ni siquiera Marcos, que llevaba toda la tarde trabajando en el jardín, había visto a nadie acercarse. Dentro, una sola hoja mecanografiada, sin firma:
"El pasado está mejor enterrado. Venda el faro y márchese mientras aún puede. No todos en Ponta Brava tienen tan buena memoria como usted."
Elena sintió que las manos le temblaban al leerlo por segunda vez. Se lo mostró a Marcos, cuyo rostro se ensombreció de inmediato.
—Esto confirma que alguien sabe exactamente lo que estamos investigando —dijo él, guardando la nota en una bolsa de plástico con el instinto protector de quien ya ha vivido, de niño, las consecuencias de hablar de más en aquel pueblo—.
Y que ese alguien tiene contactos suficientes para saber lo de los archivos ya mismo.
—¿Crees que deberíamos parar? —preguntó Elena, aunque incluso mientras lo decía sabía que la respuesta, para ella, ya no era una opción.
Marcos la miró largamente antes de responder.
—Creo que deberíamos tener mucho, mucho cuidado. Pero no, Elena. No creo que debamos parar. Ya no.
Esa noche, mientras el viento comenzaba a levantarse anunciando la tormenta que se avecinaba desde el Atlántico, Elena durmió con la nota de advertencia guardada bajo la almohada, como un recordatorio de que la verdad, cuanto más cerca estaba de salir a la luz, más peligrosa se volvía para quien la perseguía.