Capítulo 20 — Un Testigo en el Puerto
De camino a la Junta de Freguesia, Marcos había insistido en hacer una parada junto al puerto, donde un viejo pescador llamado Tio Aurélio remendaba sus redes bajo la luz mortecina de una farola, ajeno a la hora intempestiva.
—Aurélio faenaba con su padre en estas aguas cuando tu madre murió —le había explicado Marcos en voz baja, mientras se acercaban—. Si alguien vio algo aquella noche y aún vive para contarlo, es él.
El anciano levantó la vista al reconocer a Marcos y entrecerró los ojos al ver a Elena.
—A neta da farola —murmuró, sin sorpresa, como si llevara veinte años esperando esa visita—. Te pareces a tu madre. Isabel tenía la misma forma de andar, como si el suelo le debiera algo.
Elena se sentó en un cajón de pesca vacío junto a él, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.
—Señor Aurélio, necesito preguntarle sobre aquella noche. La noche en que murió mi madre.
El pescador dejó la red a un lado y encendió un cigarrillo liado a mano, mirando hacia el mar oscuro antes de hablar.
—Aquella noche había maré-viva y niebla espesa, de las que no dejan ver ni la propia mano.
Yo estaba recogiendo mis nasas cerca de la Cornisa da Gaivota cuando vi las luces de una lancha rápida acercándose a las rocas, apagadas casi del todo, como quien no quiere ser visto.
Y vi al farol parpadear de una manera rara, como si alguien estuviera jugando con el mecanismo desde dentro.
—¿Vio a alguien en el acantilado? —preguntó Elena, conteniendo la respiración.
—Vi dos siluetas. Una era una mujer con el pelo claro, agitándose con el viento.
La otra, un hombre con abrigo largo, de esos que solo se ponía a la gente importante del pueblo.
No pude ver más, la niebla se cerró. Al día siguiente supimos lo de tu madre, y yo, como todo el mundo aquí, me callé.
Manuel Coelho ya mandaba en Ponta Brava por entonces, aunque no fuera aún presidente de la câmara.
Y aquí, quien habla de más, se queda sin barco, sin licencia, o algo peor.
—¿Por qué habla ahora? —preguntó Elena, con la voz quebrada.
El viejo pescador la miró con una tristeza antigua, curtida como su propia piel.
—Porque tu abuela vino a verme hace un año, exactamente con la misma pregunta, y yo tampoco se lo dije entonces del todo, por miedo.
Y una semana después de que Carmen empezara a hacer preguntas por el pueblo, su corazón falló, así, de repente, sin avisos previos según el médico.
Puede que fuera casualidad. Pero llevo un año sin dormir bien, pensando que si hubiera hablado antes, quizás ella seguiría viva.
No pienso cargar contigo también en la conciencia, rapariga.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento nocturno del puerto.
Marcos le apretó suavemente el hombro, y ella comprendió, con una claridad helada, que ya no había vuelta atrás: alguien en el pueblo sabía que estaba haciendo las mismas preguntas que su abuela, y el tiempo, quizás, ya se había puesto en marcha en su contra.