Capítulo 22 — Cara a Cara con el Presidente
Dos días después de recibir la nota de advertencia, Elena decidió, contra el consejo prudente de Marcos, presentarse sin avisar en el despacho de Manuel Coelho en la Câmara Municipal. Prefería enfrentarlo directamente antes que seguir esperando el próximo movimiento en la sombra.
La secretaria, una mujer nerviosa que reconoció el apellido Valdés al instante, la hizo pasar tras una breve consulta por el interfono.
El despacho del presidente era amplio, decorado con maquetas del proyecto Costa Dourada Investimentos expuestas con orgullo sobre una mesa auxiliar, y fotografías del propio Manuel estrechando la mano a diversos ministros e inversores a lo largo de los años.
—Elena, qué sorpresa tan agradable —dijo él, levantándose de su silla con una sonrisa que no llegaba, como siempre, a sus ojos—. Siéntate, por favor. ¿Un café?
—No, gracias. Esto no es una visita de cortesía, Dr. Manuel —respondió Elena, permaneciendo de pie, decidida a no ceder terreno—. Alguien dejó una nota amenazante bajo la puerta del faro hace dos noches. Y he notado que me vigilan cuando bajo al pueblo.
La sonrisa de Manuel se tensó apenas un instante, tan rápido que Elena casi dudó de haberlo visto.
—Qué desagradable. Ponta Brava puede ser un pueblo pequeño y a veces algo desconfiado con los forasteros, aunque tú, querida, no lo seas exactamente. Lamento que hayas tenido esa experiencia.
—No soy forastera, Dr. Manuel. Y no soy tan ingenua como para no darme cuenta de que alguien no quiere que siga investigando la muerte de mi madre.
El silencio que siguió se estiró varios segundos, cargado de una tensión que ninguno de los dos disimuló ya.
—Isabel murió en un trágico accidente, Elena. Hace veinte años. Entiendo tu dolor, de verdad, pero remover el pasado rara vez trae paz. Solo trae más dolor, para ti y para todo el pueblo.
—Mi abuela no pensaba lo mismo. Y por eso murió investigando, ¿verdad?
—Elena avanzó un paso, sintiendo que el corazón le latía con fuerza pero decidida a no mostrar miedo—.
Sé lo de las empresas fantasma, Dr. Manuel.
Sé lo de las grutas. Es solo cuestión de tiempo que todo salga a la luz, con o sin su cooperación.
Por primera vez, la máscara afable de Manuel Coelho se resquebrajó del todo, mostrando durante un instante fugaz al hombre frío y calculador que se escondía detrás.
—Te sugiero, encarecidamente, que reconsideres tus prioridades, Elena. Este pueblo, esta câmara, tienen una forma particular de resolver los problemas que amenazan su prosperidad. No querrás convertirte tú misma en uno de esos problemas.
—Eso ha sonado como una amenaza —dijo Elena, con la voz firme a pesar del miedo que le recorría la espalda.
—Ha sonado como un consejo de un hombre que ha vivido en este pueblo mucho más tiempo que tú, y que sabe lo peligroso que puede ser el mar para quien no conoce bien sus corrientes —respondió Manuel, recuperando la compostura con un esfuerzo visible—. Ahora, si me disculpas, tengo una reunión.
Elena salió del despacho con las piernas temblando, pero también con una certeza renovada: aquella conversación, lejos de intimidarla, había confirmado exactamente lo que necesitaba saber.
Manuel Coelho tenía miedo. Y los hombres que tienen miedo, había aprendido en las últimas semanas, son los más peligrosos, pero también los que más pronto cometen el error que finalmente los delata.