Capítulo 13 — El Mercado de los Sábados
El sábado siguiente a la reunión vecinal, Elena bajó al pequeño mercado semanal que se instalaba en la plaza principal de Ponta Brava desde que tenía memoria, con puestos de pescado fresco, verduras cultivadas en los huertos cercanos y quesos de cabra envueltos en hojas de higuera.
Necesitaba, sobre todo, alejarse un rato del peso de la investigación y recordar que, más allá de secretos y amenazas, aquel seguía siendo, en el fondo, un lugar hermoso y vivo.
Se detuvo en el puesto de una mujer mayor que vendía flores silvestres y hierbas aromáticas, reconociendo en su rostro arrugado por el sol algo vagamente familiar.
—Tu abuela compraba romero y tomillo aquí cada semana, sin falta, durante más de treinta años —dijo la mujer, entregándole un ramillete sin que Elena hubiera pedido nada en concreto—. Este es un regalo, no una venta. Por los viejos tiempos.
Elena, conmovida, aceptó el ramo con una sonrisa sincera, empezando a comprender que la resistencia inicial del pueblo hacia ella no representaba realmente animadversión personal, sino el miedo colectivo de una comunidad acostumbrada a que cualquier gesto de simpatía hacia los asuntos del faro pudiera interpretarse como una toma de partido peligrosa.
Un grupo de niños corría entre los puestos, jugando a perseguirse con la misma libertad despreocupada que Elena recordaba de sus propios veranos infantiles en aquel mismo pueblo.
Verlos le produjo una punzada de nostalgia agridulce, pensando en la niña que ella había sido, ajena entonces a las sombras que se cernían sobre su familia.
Marcos la encontró a media mañana, cargado con una cesta de mimbre que Zé le había prestado para las compras, y pasearon juntos entre los puestos, comprando fruta de temporada y un pescado espada recién descargado que prometía una cena decente para esa noche.
—A veces se me olvida que este pueblo también puede ser esto —comentó Elena, observando a un grupo de ancianos jugando a las cartas bajo la sombra de una morera centenaria en la esquina de la plaza—. No solo secretos y amenazas. También esto.
—Ponta Brava es las dos cosas a la vez, como casi todos los sitios que merecen la pena —respondió Marcos, seleccionando con cuidado unos tomates maduros—.
La belleza y la sombra conviven aquí desde siempre, igual que en el propio faro.
Creo que parte de lo que estamos haciendo, sin proponérnoslo del todo, es ayudar a que la balanza se incline definitivamente hacia la belleza.
Elena sonrió, sintiendo que aquella mañana sencilla, dedicada a comprar flores y pescado fresco en lugar de a perseguir pistas sobre asesinatos y corrupción, le proporcionaba una perspectiva que necesitaba desesperadamente: un recordatorio de que, pasara lo que pasara con la investigación, aquel pueblo y aquel faro merecían la pena ser defendidos, no solo por la justicia que aún debían a Isabel y a Carmen, sino también por la vida cotidiana, sencilla y hermosa, que seguía latiendo en sus calles empedradas cada sábado por la mañana.