Capítulo 12 — El Cementerio del Pueblo
Antes de regresar al faro, Elena sintió el impulso repentino de subir al pequeño cementerio parroquial, encaramado en una loma a las afueras de Ponta Brava desde la que se dominaba todo el pueblo y, a lo lejos, la silueta blanca del faro sobre el acantilado.
Encontró la tumba de su madre sin dificultad, a pesar de los años transcurridos: una lápida sencilla de mármol blanco, ya cubierta de liquen dorado, con el nombre de Isabel Valdés grabado junto a las fechas que marcaban una vida truncada a los treinta y cuatro años.
Junto a ella, una tumba más reciente, aún sin el desgaste del tiempo, llevaba el nombre de Carmen.
Elena se arrodilló entre ambas, sintiendo el peso de veinte años de ausencia condensarse en un solo instante.
—Debería haber venido antes —murmuró, sin saber muy bien a cuál de las dos se dirigía—. A las dos.
Una voz suave la sobresaltó desde atrás.
—Tu abuela venía todos los domingos, sin falta, incluso con lluvia —dijo una mujer mayor, vestida de luto riguroso, que colocaba flores frescas en una tumba cercana—.
Yo soy Fátima. Fui amiga de tu madre desde niñas, hasta que me marché a estudiar a Lisboa.
Después nos escribíamos, aunque cada vez menos, como pasa siempre.
Elena se incorporó, el corazón acelerado al reconocer el nombre de las cartas que aún no había encontrado, pero que pronto descubriría escondidas junto al segundo diario.
—Fátima... mi madre le escribía a alguien con ese nombre.
—Sí, muchas veces, aunque las últimas cartas que le mandé nunca obtuvieron respuesta —los ojos de la mujer se humedecieron—.
Después me enteré del accidente. Vine al entierro, pero tu abuela apenas podía hablar entonces.
Con el tiempo dejamos de tener contacto, aunque siempre he seguido viniendo cuando puedo, a poner unas flores.
—¿Le contó mi madre alguna vez algo que la preocupara? ¿Algo sobre el pueblo, sobre alguien en particular?
Fátima dudó, mirando hacia el faro en la distancia antes de responder.
—Isabel era una mujer valiente, quizás demasiado. En sus últimas cartas mencionaba haber visto algo que la inquietaba mucho, algo relacionado con el acantilado y con gente importante del pueblo. Nunca llegó a darme detalles concretos. Después, ya sabes lo que pasó.
Elena sintió que un escalofrío recorría su espalda, la confirmación de que la búsqueda de la verdad tenía más testigos silenciosos de los que había imaginado.
—Gracias, Fátima. Esto significa mucho para mí.
La anciana le apretó la mano con una calidez inesperada.
—Cuida ese faro, muchacha. Y cuida la memoria de tu madre. Se merece que alguien, por fin, hable en su nombre.
Elena permaneció un rato más junto a las dos tumbas, contemplando el pueblo que se extendía a sus pies, blanco y sereno bajo el sol de la tarde, sin sospechar todavía cuánta verdad enterrada estaba a punto de desenterrar.