Capítulo 11 — Sombras en el Pueblo
A la mañana siguiente, la tormenta había amainado, dejando tras de sí un cielo gris perlado y un mar agitado que golpeaba con furia los acantilados dorados.
Elena descendió al pueblo de Ponta Brava con el diario de su abuela bien guardado en su bolso.
Necesitaba respuestas, pero sabía que debía ser cautelosa.
Las palabras de Carmen sobre estar siendo vigilada resonaban en su mente.
El pueblo parecía despertar perezosamente.
Las gaviotas graznaban sobre los tejados de teja y el olor a sardinas a la brasa impregnaba el aire cerca del puerto, mezclado con el perfume dulzón de las buganvillas que trepaban por las fachadas encaladas.
Elena se dirigió a la taberna A Âncora, el centro neurálgico de la vida social de Ponta Brava, con la esperanza de sondear el terreno.
Al entrar, el murmullo de las conversaciones se apagó gradualmente. Las miradas de los pescadores y lugareños se clavaron en ella. No era una desconocida, pero tampoco era una de ellos. Era la neta da farola, como la llamaban por lo bajo: la nieta de la farera, la chica que había huido.
Pidió un café en la barra, intentando ignorar la tensión en el ambiente. El tabernero, un hombre grueso de rostro curtido por el sol algarvío, se lo sirvió en silencio.
—Bom dia, Zé —dijo Elena, recordando su nombre de cuando era niña.
El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza, sorprendido de que aún lo recordara.
—Lamento lo de tu abuela, rapariga. Era una mulher dura, pero justa —dijo, con ese castellano trabajoso que usaba solo con ella, por respeto a los años que Carmen había pasado enseñándole algunas palabras.
—Gracias, Zé. Estoy aquí para arreglar sus asuntos. Vender el faro.
El anuncio pareció relajar ligeramente la atmósfera en la taberna. Un hombre mayor, elegantemente vestido con un blazer azul marino que desentonaba con el entorno rústico, se acercó a la barra. Era el doctor Manuel Coelho, presidente de la Câmara Municipal.
—Elena, querida, que alegria ver-te, aunque sea en estas tristes circunstancias —dijo con una sonrisa afable que no llegaba a sus ojos—. Me enteré de tu llegada. Tu abuela fue una instituição en Ponta Brava.
—Gracias, Dr. Manuel.
—He oído que planeas vender la propiedad —continuó el presidente, bajando la voz—.
Es una decisión sensata. El farol requiere mucho mantenimiento, no es lugar para una joven arquiteta de Madrid.
Si necesitas ayuda con los trámites, tengo contactos con inversores internacionales que estarían muy interesados en adquirir esos terrenos rápidamente y sin complicaciones.
Ya sabes, el turismo de golf y de resort está transformando todo este trozo de costa.
La insistencia del presidente le resultó sospechosa. Recordó las notas de su abuela sobre personas interesadas en el faro.
—Aún estoy evaluando mis opciones, Dr. Manuel. Hay muchas cosas de mi abuela que debo revisar primero.
La sonrisa del presidente se tensó una fracción de segundo.
—Por supuesto, tómate tu tiempo. Pero no dejes que los recuerdos te aten a este lugar. A veces, es mejor dejar el pasado donde pertenece, minha querida.
Elena asintió cortésmente, pero por dentro, la determinación se afianzó. Salió de la taberna sintiendo las miradas clavadas en su espalda. El pueblo quería que se marchara rápido. Y eso solo significaba una cosa: tenían algo que ocultar.