El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 10 — La Hemeroteca de Vila do Bispo
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Capítulo 10 — La Hemeroteca de Vila do Bispo

Con el cuaderno de su bisabuelo aún fresco en la memoria, Elena decidió visitar la pequeña biblioteca municipal de Vila do Bispo, donde una bibliotecaria jubilada llamada Dona Graça mantenía, con devoción casi religiosa, una hemeroteca completa de los periódicos regionales de las últimas ocho décadas.

—A neta da farola —dijo la mujer al verla entrar, con una sonrisa cálida que contrastaba con la frialdad que Elena había empezado a asociar con el resto del pueblo—. Tu abuela venía aquí casi cada semana, el último año. Se sentaba en esa misma mesa, junto a la ventana, durante horas.

Dona Graça la ayudó a localizar los microfilms correspondientes a las décadas de los años cuarenta y cincuenta, cuando el contrabando costero había vivido su época dorada aprovechando la neutralidad portuguesa durante la guerra.

Elena pasó la tarde entera devanando bobinas, leyendo noticias breves sobre alijos incautados por la Guarda Fiscal, editoriales indignados sobre "la lacra del estraperlo en nuestras costas", y, ocasionalmente, esquelas de pescadores desaparecidos en circunstancias nunca aclaradas del todo.

Un nombre apareció repetidas veces en los recortes de los años sesenta, vinculado siempre a "actividades empresariales" vagamente descritas: Joaquim Coelho, padre del actual presidente de la câmara, mencionado primero como pequeño comerciante de ultramarinos, después, progresivamente, como inversor en terrenos costeros, y finalmente, ya en los años setenta, como uno de los principales impulsores de la modernización turística de la zona.

—Los Coelho llevan tres generaciones acumulando terrenos en esta costa —comentó Dona Graça, acercándole una taza de té sin que Elena se lo pidiera—.

Siempre con el mismo argumento: progreso, empleo, modernidad.

Y siempre, curiosamente, comprando barato justo antes de que esos mismos terrenos se revalorizaran gracias a alguna decisión municipal conveniente.

—¿Por qué nadie lo denunció nunca? —preguntó Elena, aunque sospechaba ya la respuesta.

La anciana bibliotecaria suspiró, con la fatiga de quien lleva toda una vida observando los mismos patrones repetirse.

—Porque los Coelho siempre supieron repartir suficientes migajas de su riqueza entre el pueblo para comprar silencios.

Un empleo aquí, una subvención allá, una fiesta patronal pagada de su bolsillo.

Es más fácil odiar en silencio a quien te da de comer que denunciarlo abiertamente y arriesgarte a perderlo todo.

Elena copió a mano varias fechas y nombres relevantes en su cuaderno, comprendiendo que la investigación de su abuela no había sido un arrebato solitario y algo obsesivo, como había llegado a temer en sus primeras lecturas del diario, sino la culminación paciente de años de trabajo detectivesco silencioso, hemeroteca por hemeroteca, archivo por archivo, hasta reunir un rompecabezas que abarcaba tres generaciones enteras de la familia Coelho.

—Tu abuela me dijo, la última vez que vino, que estaba a punto de tener todo lo necesario —añadió Dona Graça, bajando la voz aunque estaban completamente solas en la sala—.

Que solo necesitaba una prueba física más, algo que conectara definitivamente el dinero con el crimen. Nunca volvió a contarme si la encontró.

—La encontró —dijo Elena, con una mezcla de orgullo y tristeza—. Solo que no le dio tiempo a usarla.

Salió de la biblioteca aquella tarde con la sensación renovada de estar completando, casi como un ritual, cada uno de los pasos que Carmen había dado antes que ella, sola, sin nadie que la ayudara a cargar con el peso de la verdad.

Elena, al menos, tenía a Marcos. Tenía a Rita.

Tenía, ahora, incluso a Dona Graça y al Tio Aurélio dispuestos a hablar.

No estaba sola, y esa simple certeza le daba fuerzas que su abuela jamás había tenido la suerte de sentir.