Capítulo 9 — El Mecanismo de la Luz
Aquella tarde, antes de bajar al pueblo, Marcos le propuso a Elena algo que ella no esperaba: subir juntos hasta la sala de la linterna para revisar el estado del mecanismo, "ya que vas a decidir si vendes esto, al menos deberías saber qué es exactamente lo que estás vendiendo", le dijo, con una media sonrisa que no lograba disimular las ganas de compartir con ella algo que, evidentemente, le apasionaba.
Subieron los ciento veintitrés escalones de piedra, y Elena sintió que cada peldaño reavivaba un recuerdo distinto: aquí se había hecho una rozadura en la rodilla a los ocho años; allí, en aquel rellano, había escuchado por primera vez a Carmen cantar mientras limpiaba los cristales, algo que jamás volvería a hacer delante de nadie después de la muerte de Isabel.
En lo alto, la gran lente de Fresnel se alzaba imponente, un prodigio de cristal tallado y bronce que Marcos acarició con el respeto de quien habla de una reliquia sagrada.
—Esta lente concentra la luz de una simple bombilla y la proyecta a más de treinta kilómetros mar adentro —explicó, girando con cuidado el mecanismo de rotación, oxidado por la falta de uso reciente—.
Tu bisabuelo la mantuvo funcionando durante la guerra, cuando escaseaba hasta el combustible más básico.
Tu abuelo Joaquim heredó el oficio, y después, cuando la Marinha automatizó la mayoría de faros de la costa, Carmen se negó a que cerraran este.
Convenció a las autoridades marítimas de dejarla seguir viviendo aquí como guardiana honorífica, aunque el mecanismo automático hiciera casi todo el trabajo.
—¿Por qué le importaba tanto? —preguntó Elena, pasando los dedos por el cristal frío y biselado.
—Porque decía que un faro sin nadie que lo cuide de verdad, aunque funcione solo, acaba apagándose por dentro, aunque la luz siga encendida por fuera —Marcos la miró de reojo—. Creo que hablaba del faro. Pero también creo que hablaba de sí misma.
Elena guardó silencio, contemplando el horizonte infinito desde la altura de la cúpula, el mar dorado por el atardecer extendiéndose hasta perderse de vista hacia el Cabo de San Vicente.
Por primera vez desde que había llegado, sintió una punzada de algo que no era tristeza ni obligación, sino una especie de asombro sereno ante la belleza bruta de aquel lugar que llevaba tantos años evitando.
—Es hermoso —admitió, casi a su pesar.
—Lo es —coincidió Marcos, sin apartar la mirada de ella en lugar del paisaje—. Mucho.
Elena fingió no notar el doble sentido, aunque un calor inesperado le subió por el cuello.
Bajaron en silencio poco después, cada uno enfrascado en sus propios pensamientos, sin saber que aquella tarde tranquila sería una de las últimas antes de que la investigación sobre la muerte de Isabel lo cambiara todo entre ellos.