El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 5 — La Habitación Cerrada
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Capítulo 5 — La Habitación Cerrada

La primera noche en el faro fue una batalla perdida contra el insomnio.

Elena se había instalado en la que solía ser su habitación de niña, un pequeño cuarto circular en el primer nivel de la torre.

Las paredes de piedra parecían amplificar cada sonido del exterior: el aullido del viento colándose por las rendijas, el batir furioso de las olas contra la base del acantilado y el crujir constante de la madera antigua.

Se envolvió en las gruesas mantas de lana, intentando ignorar la sensación de opresión en el pecho.

Había pasado la tarde revisando los documentos que había encontrado en el escritorio de su abuela, buscando escrituras y facturas, muchas de ellas emitidas por la Autoridade Marítima portuguesa y por el ayuntamiento de Vila do Bispo.

Todo estaba meticulosamente organizado, pero no había encontrado nada personal.

Ni cartas, ni fotografías recientes. Era como si Carmen hubiera borrado cualquier rastro de emoción de su vida en sus últimos años.

De repente, un sonido diferente rompió la monotonía de la tormenta. Un golpe sordo, seguido de un leve rasguño, proveniente del piso superior.

Elena contuvo la respiración. Marcos le había asegurado que estaban solos y que había cerrado todas las puertas con llave. Sin embargo, el sonido se repitió. Un crujido lento y deliberado en la escalera de caracol.

Armándose de valor, Elena cogió una pesada linterna de latón de la mesita de noche y salió al pasillo. La oscuridad era casi palpable. Iluminó los escalones de piedra que ascendían en espiral hacia la linterna del faro. Subió con cautela, sintiendo el frío de la piedra bajo sus pies descalzos.

Al llegar al segundo nivel, el haz de luz barrió el pequeño rellano.

No había nadie. Pero algo llamó su atención.

Al fondo del pasillo curvo, había una puerta que no recordaba de su infancia.

Era de madera maciza, oscura y reforzada con bisagras de hierro oxidado.

Y lo más inquietante: estaba cerrada con un pesado candado de latón.

Elena se acercó lentamente. El sonido que había escuchado parecía provenir de detrás de esa puerta.

Apoyó la oreja contra la madera fría. Al principio, solo escuchó el rugido del mar en el exterior.

Luego, un leve susurro, como el roce de un papel, seguido de un golpe seco que la hizo retroceder sobresaltada.

Su corazón latía desbocado. ¿Qué guardaba su abuela en esa habitación? ¿Por qué estaba sellada de esa manera?

Recordó el manojo de llaves que había encontrado en el cajón del escritorio. Decidida a desentrañar el misterio, bajó apresuradamente a su habitación, cogió las llaves y volvió a subir. Sus manos temblaban mientras probaba una llave tras otra en el candado. La cuarta llave encajó con un clic seco.

El candado cedió y Elena empujó la pesada puerta. Los goznes protestaron con un chirrido agudo. Al iluminar el interior con la linterna, el aire viciado y cargado de polvo asaltó sus pulmones. Lo que vio la dejó paralizada.

La habitación no era un trastero común. Estaba forrada de estanterías repletas de cajas, carpetas y objetos extraños.

En el centro, una gran mesa de roble estaba cubierta de mapas marítimos antiguos, fotografías descoloridas y recortes de periódicos amarillentos, muchos de ellos de publicaciones locales algarvías.

Pero lo que hizo que la sangre se le helara en las venas fue la pared del fondo.

Estaba completamente cubierta por una intrincada red de hilos rojos que conectaban fotografías, notas manuscritas y artículos de prensa. Y en el centro exacto de esa red, iluminada por el haz tembloroso de su linterna, había una fotografía de su madre, Isabel, tomada pocos días antes de su muerte.