El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 4 — Retorno a Ponta Brava
7%

Capítulo 4 — Retorno a Ponta Brava

El trayecto en coche hasta la costa del Algarve fue un descenso gradual hacia la melancolía.

Elena había salido de Madrid al amanecer, cruzando Extremadura bajo un cielo todavía indeciso, y hacia el mediodía cruzó la frontera cerca de Ayamonte, donde el puente internacional sobre el Guadiana la depositó, casi sin darse cuenta, en otro país, en otro idioma, en otro tiempo verbal de su propia vida.

Ponta Brava apareció ante ella como una aparición entre la niebla marina.

El pueblo no había cambiado mucho en dos décadas.

Las casas encaladas de blanco, con azulejos desportillados en las fachadas y tejados de teja árabe, se aferraban a la ladera acantilada, descendiendo en un abrazo apretado hacia el pequeño puerto pesquero de barcas coloridas.

Sin embargo, la mirada de Elena no se detuvo en las calles empedradas de calçada portuguesa, sino que se alzó hacia el promontorio que dominaba el horizonte, allí donde el Atlántico embestía la tierra con una furia ancestral.

Allí estaba. El Farol.

Se erguía majestuoso y solitario sobre el acantilado dorado, desafiando al mar embravecido.

La torre blanca, desgastada por la sal y el viento, parecía un centinela mudo guardando los secretos del océano, tal y como llevaba haciendo desde que los primeros navegantes portugueses dejaron atrás el Cabo de San Vicente rumbo a lo desconocido.

Al aparcar el coche cerca de la base, el rugido de las olas rompiendo contra las rocas la envolvió por completo.

Antes de que pudiera sacar la maleta del maletero, una figura surgió del sendero que conducía a la entrada del faro.

Era un hombre alto, vestido con un chubasquero amarillo desgastado y botas de agua.

Su cabello oscuro estaba alborotado por el viento y su mirada, profunda y escrutadora, se clavó en Elena.

—Deve ser a Elena —dijo el hombre, con una voz que competía con el sonido del mar, y luego, al ver su expresión desconcertada, sonrió levemente y repitió en un castellano cuidado, con acento portugués—. Supongo que eres Elena.

—Sí. ¿Y usted es? —preguntó ella, a la defensiva, aferrando el asa de su maleta.

—Marcos. Marcos Castro. Me encargo del mantenimiento del faro desde que tu abuela ya no pudo hacerlo sola —el hombre extendió una mano curtida por el trabajo—. Lamento mucho lo de Carmen. Era una mujer excepcional. Todo Ponta Brava la respetaba.

Elena estrechó su mano brevemente, sintiendo la aspereza de su piel. Había algo en la forma en que Marcos la miraba que la incomodaba, como si intentara descifrar un enigma.

—Gracias —respondió ella con frialdad—. Vengo a arreglar los papeles y poner esto a la venta. No planeo quedarme mucho tiempo.

Una sombra cruzó el rostro de Marcos, pero desapareció tan rápido como había llegado.

—Venderlo... Ya veo. Bueno, te ayudaré a instalarte. El interior está frío, no he encendido la salamandra en días.

Mientras seguía a Marcos hacia la pesada puerta de roble del faro, Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento de poniente.

Al cruzar el umbral, el olor a madera vieja, humedad y cera de velas la transportó instantáneamente a su infancia.

El faro estaba exactamente igual que lo recordaba.

Demasiado igual. Era como si el tiempo se hubiera detenido en su interior, esperando pacientemente su regreso.