El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 3 — Antes de Partir
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Capítulo 3 — Antes de Partir

—¿Estás segura de esto? —la voz de Sonia sonaba distorsionada por el altavoz del móvil, mezclada con el ruido de fondo de la cafetería donde trabajaba desde hacía años, la misma en la que Elena y ella habían planeado, entre café y café, cada paso de sus respectivas carreras desde la universidad.

—No tengo alternativa, Son. Soy la única heredera. Si no voy, la propiedad queda en un limbo legal durante años —respondió Elena, doblando una tercera camisa que después deshacía sin razón aparente, incapaz de concentrarse en hacer bien la maleta.

—Podrías contratar a un gestor allí, firmar por poderes, y no volver a pisar ese sitio en tu vida. Es lo que llevas diciendo que harías durante diez años.

Elena se quedó en silencio un momento, con la mirada perdida en el armario abierto.

—Lo sé. Pero hay algo en esa carta... no sé explicarlo. Como si mi abuela me estuviera pidiendo algo más que firmar papeles.

Sonia, que la conocía desde los dieciocho años y había presenciado en primera fila cada crisis relacionada con "el tema del faro", como lo llamaban entre ellas con humor negro, suspiró al otro lado de la línea.

—Solo prométeme que si las cosas se ponen raras, coges el coche y vuelves. No le debes nada a ese pueblo, Elena. Ni siquiera a tu abuela, si vamos a ser sinceras. Diez años sin llamarte, y ahora te deja un problema en herencia.

—Un faro no es exactamente un problema —dijo Elena, sonriendo a su pesar—. Es una reliquia arquitectónica de más de cien años. Cualquier colega de estudio mataría por un encargo de restauración así.

—Ya te veo venir. Vas a acabar enamorándote de esas piedras.

—No seas ridícula —respondió Elena, aunque algo en su interior, alguna fibra que llevaba mucho tiempo dormida, se removió inquieta ante la idea.

Antes de colgar, Sonia le hizo prometer que la llamaría cada dos días, "aunque sea para contarme lo aburrido que es un pueblo de pescadores portugués", y Elena colgó con una sonrisa que se le heló en los labios en cuanto sus ojos se posaron de nuevo en el sobre de papel kraft, ahora vacío, sobre la cama.

Había renunciado, por el momento, a dos proyectos importantes en el estudio de arquitectura donde trabajaba como socia júnior, alegando una "emergencia familiar" que sus compañeros aceptaron sin hacer demasiadas preguntas, aunque Elena supo, por las miradas de reojo, que todos se preguntaban qué clase de emergencia obligaba a una mujer tan meticulosamente organizada a desaparecer sin fecha de regreso.

Su padre, cuando lo llamó para contarle la noticia, guardó un silencio largo antes de hablar.

—¿Vas a ir? —preguntó finalmente, con una voz que aún, dos décadas después, se quebraba levemente al hablar de aquel lugar.

—Tengo que hacerlo, papá.

—Ten cuidado con esa casa, Elena. Ese faro se llevó a tu madre y, a su manera, también se llevó a Carmen. No dejes que se lleve algo tuyo también.

Las palabras de su padre la acompañaron durante todo el trayecto hacia el sur, resonando en su cabeza cada vez que el paisaje castellano daba paso a las dehesas extremeñas, y estas, a su vez, a los primeros indicios de un país distinto: los carteles de tráfico cambiando de idioma, el asfalto ligeramente más estrecho, el aire, poco a poco, empezando a oler a otra cosa.

Elena no podía saberlo entonces, con las manos aferradas al volante y la radio sintonizando emisoras cada vez más portuguesas, pero las palabras de su padre resultarían ser, en más de un sentido, una profecía.