Capítulo 2 — Veranos de Sal y Luz
Antes de que la tristeza pudiera instalarse del todo, Elena se sorprendió a sí misma sonriendo, sentada en su piso vacío, con una copa de vino que no había tocado y el móvil aún en la mano.
Recordó el primer verano que podía recordar con claridad, el del año en que cumplió siete años.
Su madre, Isabel, conducía el viejo Seat familiar durante lo que a Elena le parecían días enteros, cruzando la frontera en Ayamonte, cuando el puente sobre el Guadiana aún imponía un respeto reverencial, como si al cruzarlo se entrara en otro tiempo.
Después, las carreteras se estrechaban entre campos de almendros y algarrobos, y el aire empezaba a oler distinto: a resina de pino, a tierra roja, a mar cercano.
Carmen —su abuela, la farera, la mujer más terca que Elena había conocido nunca— las esperaba siempre en la puerta del faro, con el delantal manchado de harina y los brazos abiertos.
"Chegaram as minhas meninas", decía, mezclando el portugués que había aprendido a fuerza de décadas viviendo entre pescadores con el castellano que nunca quiso abandonar del todo. Sus meninas. Sus niñas.
Elena recordaba las tardes enteras subiendo y bajando la escalera de caracol, contando los ciento veintitrés escalones una y otra vez, fingiendo ser la guardiana de un castillo encantado.
Recordaba a su madre, Isabel, sentada en las rocas al atardecer, dibujando gaviotas en un cuaderno con tapas de cuero, mientras el sol se hundía en el Atlántico como una moneda de oro derritiéndose en el agua.
Y recordaba, también, los últimos veranos, cuando algo se había torcido.
Isabel discutía en voz baja con Carmen en la cocina, palabras que Elena no entendía del todo pero que dejaban un regusto amargo en el aire: "esa gente", "el proyecto", "no puedes seguir mirando para otro lado, madre".
Elena, con doce años, se había encogido en su cuarto circular, deseando que las voces se detuvieran.
Aquel fue el último verano de Isabel.
Después vino la llamada que cambió todo.
El accidente. El funeral bajo una lluvia fina que no era propia de agosto en el Algarve.
Y después, el silencio: Elena y su padre regresaron a Madrid, y Carmen se quedó sola con el faro y con un dolor que jamás compartió con nadie, ni siquiera con su propia nieta.
Elena había vuelto solo dos veces más, siempre a regañadientes, siempre sintiendo que el faro la miraba con reproche por cada año que pasaba sin regresar.
La última vez, con veintidós años, había protagonizado una discusión brutal con Carmen —una más de tantas— que terminó con un portazo y una promesa gritada entre lágrimas: "No pienso volver.
Nunca. Quédate con tus secretos y con tus piedras".
Ahora, diez años después, esas piedras eran suyas.
Se sirvió por fin la copa de vino y se quedó mirando la lluvia madrileña, preguntándose cuánto de la mujer distante y hermética en la que se había convertido Carmen tenía que ver con aquel verano en que todo se rompió. Preguntándose, sin saberlo aún, si estaba a punto de descubrir la respuesta.