El Secreto Del Faro En Algarve Capítulo 1 — La Carta
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El Secreto Del Faro En Algarve

El Secreto Del Faro En Algarve

Por Jose Goncalves Goncalves, Maria Morales De Goncalves

© inepub.com

Capítulo 1 — La Carta

La lluvia golpeaba los cristales del despacho en la planta veintidós con una insistencia casi rítmica, difuminando las luces de Madrid en un mosaico gris y monótono.

Elena Valdés apartó la vista del plano arquitectónico que tenía sobre la mesa y se frotó los ojos cansados.

A sus treinta y dos años, había construido una vida basada en líneas rectas, ángulos precisos y estructuras sólidas, un esfuerzo consciente por mantener a raya cualquier atisbo de caos.

Sin embargo, el sobre de papel kraft que descansaba en la esquina de su escritorio amenazaba con derrumbar sus cimientos.

El remite pertenecía a un cartório —una notaría, según constató después de buscar la palabra— de Vila do Bispo, un pequeño concelho en el extremo suroccidental del Algarve portugués, no lejos del Cabo de San Vicente, el llamado "fin del mundo" en tiempos de los navegantes.

Un lugar que Elena había jurado no volver a pisar jamás.

Con un suspiro que delataba más agotamiento que tristeza, abrió el sobre.

La carta estaba redactada en un portugués formal y notarial que a duras penas logró descifrar con ayuda del traductor del móvil, y llevaba adjunta una traducción jurada al castellano.

Su abuela Carmen había fallecido. La noticia le provocó una punzada de culpa, un dolor sordo y distante.

Hacía más de diez años que no hablaban, desde aquella discusión en la que Elena le gritó que jamás regresaría al faro.

Y ahora, según el documento que sostenía con manos temblorosas, Carmen le había dejado precisamente eso: el Farol de Ponta Brava y los terrenos adyacentes, en la costa del Algarve.

—No tiene sentido —murmuró Elena para sí misma, releyendo el párrafo donde se la nombraba única heredera.

Su familia había llegado a Portugal generaciones atrás: su bisabuelo, un farero gallego contratado por la administración marítima portuguesa a principios del siglo pasado, se había instalado con los suyos en aquel promontorio del Algarve y jamás había regresado a España.

Así, Elena era española de pasaporte y de acento, pero el faro que ahora heredaba pertenecía a un pedazo de tierra portuguesa que apenas conocía salvo por los veranos de su infancia.

El faro era una reliquia, una torre de piedra encalada azotada por los vientos del Atlántico, llena de corrientes de aire y recuerdos que prefería mantener enterrados.

Fue allí donde pasó los veranos de su infancia, entre el aroma a algarrobo y a sal, y fue allí, en los acantilados dorados que lo rodeaban, donde su madre, Isabel, había perdido la vida veinte años atrás.

Un trágico accidente, según la policía. Un misterio sin resolver, según los susurros del pueblo.

Elena se levantó y caminó hacia el ventanal.

La ciudad parecía un lugar seguro, predecible.

Pero el faro la llamaba desde la distancia, como una sirena de niebla en medio de la noche.

Sabía lo que tenía que hacer. Viajaría al Algarve, firmaría los papeles, pondría la propiedad en venta y regresaría a Madrid antes de que los recuerdos tuvieran tiempo de alcanzarla. Era un plan lógico. Perfecto.

Lo que Elena no sabía, mientras observaba la lluvia caer sobre la capital, era que el faro de Ponta Brava no estaba dispuesto a dejarla marchar tan fácilmente.