El secreto del duque Capítulo 27
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Capítulo 27

Nathaniel se empeñó en que la boda no se aplazara ni un día, y discutimos sobre ello con la misma intensidad con que habíamos discutido por un camino la primera vez, solo que ahora la discusión se libraba junto a su cama, con él convaleciente y yo de pie con los brazos cruzados.

—No puedes casarte con la cabeza vendada y sin poder tenerte en pie —le dije—. Es ridículo. La gente pensará que te sostengo yo durante los votos.

—Me sostendrás tú durante los votos. Y durante el resto de mi vida, espero.

Así que mejor que el condado se vaya acostumbrando desde el principio.

—Tenía mejor color cada día, y con el color le había vuelto la terquedad—.

No pienso darle a Gerald Ashby la satisfacción de retrasar ni un solo día más nuestra boda.

Bastante nos ha robado. Ese hombre está en una celda esperando juicio y yo voy a casarme contigo en la fecha prevista aunque tengan que llevarme a la iglesia en una camilla. Es una cuestión de principios.

—Es una cuestión de cabezonería.

—En mí son lo mismo. Lo sabes desde el primer día.

—Me cogió la mano—. Cásate conmigo el día que dijimos, Meg.

Vendado, cojo, medio roto, como estoy. Porque así es como me has querido de verdad, ¿no?

No al duque entero y arrogante del Prado Largo, sino a este, al que se cae y vuelve a levantarse. Pues cásate con este. Es el que soy.

No tuve argumentos contra eso. Nunca los tuve, en realidad, contra él.

Nos casamos ocho días después, en la fecha prevista, en la iglesia de la parroquia, y fue exactamente tan poco convencional como toda nuestra historia.

Nathaniel se negó en redondo a la camilla y a la silla y aguardó en pie al final del pasillo, apoyado en un bastón, con la venda de la cabeza disimulada lo justo bajo el pelo y el costado todavía vendado bajo la levita.

Le costó tenerse derecho durante toda la espera; lo supe luego, porque me confesó que había contado los segundos para no doblarse antes de que yo llegara.

Pero no se dobló. Quería recibirme de pie, y de pie me recibió.

Esta vez la iglesia estaba llena. No de curiosos que venían a confirmar un chisme, como en el primer intento fallido, sino de gente que venía de verdad: el condado entero, que tras la detención de Gerald Ashby había reescrito la historia una última vez y había decidido que lo nuestro era la cosa más romántica que había pasado en la región en una generación.

Un duque y la hija arruinada del vecino, enemigos de cuna, separados por una conspiración, reunidos tras un intento de asesinato del que ella lo había salvado a él en un bosque con una piedra.

Las cotillas se habían encargado de pulir cada detalle hasta dejarlo reluciente, y por una vez yo no protesté, porque por una vez la versión que contaban era, con perdón de los adornos, sustancialmente cierta.

Las tres estaban en el primer banco. Por supuesto.

Pruitt, Dunmore y Vance, vestidas de domingo, con los pañuelos ya preparados para llorar, mirándome avanzar hacia el altar con una mezcla de orgullo y propiedad, como si me hubieran fabricado ellas.

En cierto modo, supongo que sí. Sin sus lenguas no habría habido jardín, ni compromiso forzado, ni nada de lo que vino después.

La señora Vance me guiñó un ojo al pasar.

No le devolví el guiño, pero tampoco aparté la cara, que en mí, después de todo lo que aquellas tres me habían hecho pasar, era prácticamente un perdón.

Mi padre me llevó del brazo, radiante, llorando sin disimulo desde antes de entrar en la iglesia, y esta vez no me susurró que mi madre estaría orgullosa de mí. Esta vez me susurró otra cosa.

—Sabía que lo harías bien —dijo, con la voz temblándole—.

Aunque me preocupé, hija. Cuando se rompió la boda, cuando lo del bosque…

me preocupé mucho. Pero tú siempre encuentras la manera.

Hasta con esto. Lo más difícil de todo. —Me apretó el brazo—.

Tu madre no estaría orgullosa de la boda, Margaret.

Estaría orgullosa de ti. Como lo estoy yo.

Por una vez en mi vida, déjame decírtelo bien: estoy orgulloso de ti.

Y por una vez en mi vida, no le contesté con una ironía ni le quité importancia. Le apreté el brazo y dejé que me llevara hasta el hombre que me esperaba al final del pasillo, apoyado en su bastón, blanco y vendado y sonriendo de oreja a oreja como no lo había visto sonreír nunca.

Cuando mi padre puso mi mano en la suya y se retiró, Nathaniel se tambaleó apenas —el esfuerzo de la espera le pasaba factura— y yo, sin pensarlo, le pasé el brazo por la cintura para sostenerlo, con el mayor disimulo que pude. Él me miró, agradecido y divertido a la vez.

—Va a parecer que te sostengo yo a ti —le murmuré.

—Es que me sostienes tú a mí —murmuró él—. Desde hace meses. Hoy solo lo vamos a hacer oficial delante de todos. Que el condado se entere de una vez de quién manda aquí.

Cualquiera que no supiera la historia habría pensado que era la novia quien sostenía al novio durante los votos. Y cualquiera que la supiera habría pensado exactamente lo mismo, y habría tenido razón.

Dije que sí. Él dijo que sí, con una voz que aún arrastraba la debilidad de la fiebre pero firme en lo que importaba.

Y cuando el párroco nos declaró marido y mujer, Nathaniel no me besó la mano como la primera vez, con aquella contención exquisita que volvió locas a las cotillas.

Esta vez me tomó la cara entre las dos manos, delante del condado entero, delante de Dios y de las tres cotillas y de mi padre llorando, y me besó en la boca, despacio, sin prisa, sin disimulo, un beso largo e impropio de una iglesia que arrancó un murmullo escandalizado y encantado de los bancos.

—Para que conste —murmuró contra mis labios, solo para mí—. Este también lo hemos decidido los dos. A la luz del día. Con toda la cabeza que me queda, que después del golpe no es mucha, pero es tuya entera.

—Queda cumplido el juramento —dije, riéndome contra su boca.

—Queda cumplido —dijo él.

Salimos de la iglesia bajo un sol pálido de noviembre, como marido y mujer, él apoyado en mi brazo y yo en su felicidad, y el condado nos lanzó pétalos secos y buenos deseos y comentarios que ya no me importaban porque ninguno podía hacerme daño.

Habíamos sobrevivido a todo: al odio, a las tierras, a las cotillas, a un acosador, a una carta envenenada, a un vado y a un bosque.

Lo único que nos quedaba por delante era lo difícil de verdad, que no es sobrevivir a los desastres, sino aprender a vivir cuando los desastres se acaban.

Pero esa, pensé mientras subíamos al carruaje entre la lluvia de pétalos, era una vida que estaba deseando aprender.

Por primera vez tenía por delante un futuro que no había que apuntalar para que no se viniera abajo, que no había que defender de nadie ni rescatar de ninguna ruina.

Solo había que vivirlo, día a día, al lado de aquel hombre imposible.

Y, después de todo lo que me había costado llegar hasta él, vivir me parecía el lujo más grande que existía.