El secreto del duque Capítulo 26
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Capítulo 26

Gerald Ashby no estaba muerto.

Lo supe porque, mientras yo gateaba por el barro hacia Nathaniel sin soltar la piedra, todavía dispuesta a usarla otra vez si hacía falta, oí a mi espalda un gemido ronco y vi que el cuerpo tendido junto al arroyo se movía, aturdido, con un hilo de sangre bajándole de la sien.

Le había dado fuerte, pero no lo bastante para matarlo.

Una parte de mí, la que aquella mañana ya no calculaba, lamentó que no hubiera sido bastante.

La otra parte, la que volvería a ser yo cuando pasara todo, se alegró, porque cargar con una muerte —aunque fuera la suya— es un peso que no le deseo a nadie, y menos a mí misma.

Llegué hasta Nathaniel. Estaba de rodillas en el barro, agotado, temblando, gastada hasta la última gota de aquella fuerza imposible que lo había traído, y cuando lo alcancé se derrumbó contra mí, y lo sostuve como había sostenido todo en mi vida, con los brazos y con los dientes apretados y con la pura negativa a dejarlo caer.

—Estás loco —le dije al oído, llorando, riendo, las dos cosas—. Estás completamente loco. No podías ni levantarte. El médico dijo… ¿cómo has…? Estás loco, Nathaniel Ashworth.

—Te oí gritar. —Apenas le salía la voz—.

Desde la cama. No sé cómo, pero te oí. Y resulta que un hombre puede levantarse de cualquier sitio si oye gritar a quien quiere.

Hasta de la muerte, por lo visto. —Una risa rota contra mi hombro—.

Aunque ahora mismo me arrepiento un poco.

Creo que me he vuelto a abrir el costado.

Y posiblemente la cabeza. Y un par de cosas más.

—Cállate. No hables. Guarda las fuerzas.

—Ya no me quedan fuerzas que guardar, Meg. Las he gastado todas en llegar. —Me buscó la mano con la suya, embarrada, temblorosa—. Pero ha valido la pena. Estás viva. Lo demás me da igual.

Fue entonces cuando el claro se llenó de gente.

Llegaron todos a la vez, o eso me pareció: Hobbes el primero, sin aliento, seguido de tres mozos de Ashworth Hall con horcas y palos, y detrás, para mi sorpresa, sir Henry Calder en persona, a caballo, con dos hombres suyos.

Luego até los cabos. Cuando le grité a Hobbes que mandara a alguien a por el magistrado, el mozo más veloz de las cuadras había salido al galope hacia Bourton, y la fortuna quiso que se cruzara con Calder a poca distancia: el magistrado, al enterarse de que el duque de Ashworth había estado a punto de morir en un accidente la noche anterior, había decidido aquella misma mañana venir en persona a interesarse, atento como estaba desde que presentamos la denuncia contra Gerald.

De modo que ya andaba cerca cuando el mozo lo encontró, y ambos llegaron al claro justo cuando más falta hacía.

Lo que sir Henry Calder vio al entrar en aquel claro lo decidió todo, y lo decidió sin que yo tuviera que explicar nada.

Vio a Gerald Ashby tendido en el barro, recobrándose, con un cuchillo caído a su lado.

Vio la silla del duque y la cincha cortada medio hundidas entre las piedras del arroyo, donde Gerald las había estado escondiendo.

Vio al duque de Ashworth, malherido, en camisa y descalzo, desangrándose en brazos de su prometida.

Y me vio a mí, con las manos arañadas de sujetar un filo y una piedra ensangrentada todavía en el puño.

Un magistrado lento, había dicho Nathaniel.

Pero ni el más lento de los magistrados necesitaba que le dibujaran aquella escena.

—Prendedlo —dijo Calder a sus hombres, señalando a Gerald con una frialdad que no admitía réplica—. Con cuidado, que está herido, pero prendedlo. Y recoged esa silla del agua antes de que la corriente se la lleve. Esa silla es prueba.

Gerald, aturdido, sangrando, intentó hablar. Intentó, hasta el final, jugar la única carta que le quedaba: la de su nombre, la de su posición.

—Sir Henry, esto es un malentendido… yo soy un caballero de este condado, mi padre… esta mujer me ha agredido, miren, me ha abierto la cabeza… el duque está confundido por la fiebre…

—Señor Ashby. —Calder ni siquiera lo miró mientras sus hombres lo levantaban del barro—.

Hace tres días recibí en mi despacho una denuncia formal contra usted, firmada por el duque de Ashworth y la señorita Linley.

Esta mañana me han llamado por la cincha cortada de la montura de su excelencia, que sospechosamente ha aparecido medio hundida en este arroyo bajo sus manos.

Y ahora lo encuentro a usted, con un cuchillo, sobre una mujer caída, mientras un hombre malherido se desangra a tres pasos.

—Por fin lo miró, por encima de las gafas, con un desprecio glacial—.

Tendrá usted ocasión de explicar todos esos malentendidos.

Ante un tribunal. Y le aconsejo que vaya pensando explicaciones mejores que "esta mujer me ha agredido", porque le aseguro que en este condado, después de lo que voy a testificar yo mismo, no le van a servir de gran cosa.

Y así, sin más, se acabó. Después de meses de notas falsas y cartas robadas y cinchas cortadas, después de la calleja y el jardín y el vado, Gerald Ashby salió de aquel claro entre dos hombres de la ley, embarrado y sangrando y por fin, por fin, sin una sola sonrisa que ponerse.

Lo último que vi de él fue su espalda alejándose por el sendero del bosque, escoltado, encogido, convertido en lo que siempre había sido por debajo de la elegancia y los modales: un hombre pequeño que no había sabido aceptar un "no".

No sentí triunfo. Esperaba sentirlo, y no llegó. Solo sentí un cansancio enorme, de esos que se acumulan durante meses y que solo te caen encima cuando por fin puedes permitírtelo, y un alivio tan grande que pesaba casi tanto como el miedo que venía a sustituir.

—Meg. —La voz de Nathaniel, cada vez más débil contra mi hombro, me devolvió a lo único que importaba—. Creo que… voy a desmayarme otra vez. Lo siento. Es de muy mala educación, después de la entrada heroica.

—Desmáyate tranquilo —le dije, sosteniéndolo, mientras Hobbes y los mozos se acercaban con algo para llevarlo—.

Esta vez sé que vas a despertar. Esta vez no tengo miedo.

Te tengo, Nathaniel. Te tengo. Y no pienso soltarte ni cuando estés inconsciente, así que ya puedes irte tranquilo a desmayarte, que aquí estaré cuando vuelvas.

Se dejó ir, por fin, vencido del todo, con una media sonrisa en los labios blancos y la mano cerrada sobre la mía.

Y mientras los hombres lo levantaban con cuidado para llevarlo de vuelta a casa, a la cama de la que nunca debió salir y de la que había salido por mí, miré el claro embarrado, el arroyo crecido, la piedra que había soltado al fin sobre las hojas, y comprendí que aquello —el bosque, el miedo, la sangre, Gerald— se acababa allí. De verdad. Para siempre.

Faltaban ocho días para la boda. Y por primera vez en muchos meses, no había en el horizonte ni una sola sombra que pudiera impedirla.