Capítulo 25
No encontré a Hobbes en el vestíbulo ni en la cocina.
Una doncella me dijo que había salido hacia las cuadras hacía un rato, a ocuparse del caballo de su excelencia, que había vuelto solo la noche anterior y nadie había atendido aún con el revuelo.
Las cuadras. Donde estaba la silla. Donde estaba la cincha.
Algo se me tensó en el estómago, esa alarma sorda que llevaba aprendiendo a escuchar toda la vida, y en lugar de esperar a Hobbes en la casa, me eché un chal por encima y salí yo misma hacia las cuadras, cruzando el patio mojado bajo un cielo que seguía plomizo después de la tormenta.
Las cuadras de Ashworth Hall estaban algo apartadas de la casa, al final de un sendero de grava flanqueado por setos altos. A medio camino vi a Hobbes venir hacia mí, y por su cara —otra vez aquella cara— supe que algo nuevo había pasado antes incluso de que hablara.
—Señorita. —Estaba sin aliento—. La silla. He ido a guardarla, y… no está. La silla de su excelencia no está en las cuadras. Ni la cincha. Han desaparecido esta misma mañana. El mozo de cuadra jura que estaba ahí al amanecer, cuando descargó el caballo. Y ahora no está.
El frío que me había acompañado toda la noche se me concentró de golpe en la boca del estómago. La prueba. La única prueba. Alguien se la había llevado.
—¿Quién ha entrado en las cuadras esta mañana?
—Eso es lo extraño, señorita. El mozo no ha visto a nadie. Pero la cancela del fondo, la que da al sendero del bosque, estaba abierta. Y él jura que la dejó cerrada anoche.
No necesité más. La cuenta volvió a salir sola, rápida, fría.
Gerald sabía de caballos —era un caballero del campo, como todos—, sabía perfectamente que una cincha cortada con cuchillo grita lo que es a cualquiera que la mire.
Había intentado matar a Nathaniel y había fallado.
Y un hombre que falla en un asesinato y deja tras de sí la prueba de que fue un asesinato y no un accidente tiene una urgencia por encima de todas: borrar esa prueba antes de que llegue a un magistrado.
Había vuelto. A plena mañana, aprovechando el revuelo de la casa, había entrado por la cancela del bosque y se había llevado la silla.
Lo cual significaba que estaba cerca. Ahora. Probablemente todavía en el sendero del bosque, cargando con una silla que pesaba y que lo delataría si alguien lo veía con ella.
Debí volver a la casa. Debí mandar hombres, avisar, hacer las cosas como las hace la gente sensata.
Lo sé. Lo supe entonces y lo sé ahora. Pero entre el pensamiento sensato y el impulso medió esa parte de mí que no soporta ver cómo se le escapa entre los dedos la única cuenta que puede salvar a la persona que quiere, y antes de que la sensatez tomara la palabra, mis pies ya habían echado a andar hacia la cancela del fondo.
—¡Señorita! —Hobbes vino detrás de mí—. ¡No vaya sola! ¡Voy a por los hombres!
—¡Vaya a por ellos! —le grité sin detenerme—. ¡Y mande a alguien a por Calder! ¡Yo solo voy a ver por dónde tira, no me acercaré!
Mentía, y creo que los dos lo sabíamos. Pero Hobbes era viejo y no podía correr, y alguien tenía que ir a por los hombres, así que lo dejé marchar hacia la casa y yo crucé la cancela abierta y me metí en el sendero del bosque, sola, con el chal apretado y el corazón en la garganta, siguiendo las únicas huellas frescas que se marcaban en el barro: las de un hombre cargado, que pisaba hondo, que se alejaba hacia la espesura.
Lo alcancé antes de lo que esperaba, porque la silla pesaba y el barro lo frenaba.
Gerald estaba en un claro pequeño, junto al arroyo que bajaba crecido por la tormenta, agachado, intentando hundir la silla y la cincha bajo unas piedras en la orilla, donde la corriente se las llevaría o las pudriría sin que nadie las encontrara jamás.
Estaba despeinado, embarrado, sin nada de la elegancia de costumbre, y cuando levantó la vista y me vio aparecer entre los árboles, la cara que puso no fue de sorpresa.
Fue casi de alivio. Como si una parte de él me hubiera estado esperando.
—Margaret. —Se incorporó, dejando la silla en el barro—. Siempre apareciendo donde no debes. Es un don que tienes.
—Aparta de esa silla, Gerald.
—¿O qué? —Sonrió, y aquella sonrisa ya no tenía nada de la cortesía de antes; era la mueca de un hombre que ha cruzado una línea de la que no se vuelve—. ¿Vas a detenerme tú? ¿Sola, en el bosque, sin nadie que te oiga? Otra vez. ¿No aprendiste nada en la calleja?
Di un paso atrás. Calculé la distancia hasta los árboles, hasta el sendero, igual que Nathaniel calculaba salidas. Estaba demasiado lejos de la casa. Hobbes tardaría. Había vuelto a hacerlo: meterme sola en la boca del lobo por no soportar que una cuenta se me escapara.
—El duque está vivo —dije, por ganar tiempo, por mantenerlo hablando—.
Tu cincha falló, Gerald. Igual que todo lo demás.
Está vivo, despierto, y sabe lo que hiciste.
Esa silla no te sirve de nada; aunque la hundas en el arroyo, ya hay una denuncia con tu nombre ante el magistrado.
Has perdido. Otra vez. Como pierdes siempre conmigo.
Fui cruel, y lo dije a propósito, igual que había sido cruel con el duque el primer día, porque sabía que la rabia le nublaría el cálculo y un hombre que no calcula comete errores.
Funcionó a medias. La cara se le contrajo de furia.
Pero en lugar de abalanzarse a ciegas, hizo algo peor: se metió la mano en el abrigo y sacó un cuchillo.
El mismo, supe, con el que había cortado la cincha.
Pequeño, curvo, de hoja corta. Un cuchillo de cortar correas convertido en otra cosa.
—Tienes razón —dijo, y su voz había bajado a un registro tranquilo que daba más miedo que los gritos—.
He perdido. Lo he perdido todo, Margaret, y todo por ti.
Mi paciencia. Mi reputación, en cuanto Calder hable.
Cuatro años de mi vida. Todo, por una mujer que prefería pasar hambre antes que estar conmigo.
—Avanzó un paso, con el cuchillo bajo, casi descuidado, lo cual era lo más aterrador—.
Pues si lo he perdido todo, ya no tengo nada que perder.
¿Entiendes lo que eso significa? Un hombre sin nada que perder es la cosa más libre que existe.
Ya no me importa Calder. Ya no me importa la horca.
Solo me importa una cosa, la única que siempre me ha importado, y si no puedo tenerla viva…
No terminó la frase. No hizo falta. La terminó el cuchillo, subiendo.
Retrocedí, tropecé con una raíz, y el mundo se ladeó por segunda vez aquel otoño, solo que esta vez no había unas escaleras de biblioteca ni un brazo fuerte esperando para sujetarme.
Caí hacia atrás sobre el barro y las hojas, y Gerald se me echó encima, y le vi la cara muy cerca, descompuesta, perdida, la cara de un hombre que de verdad ya no calculaba nada, y supe con una claridad terrible que esta vez no bastaría con una rodilla bien puesta.
Le agarré la muñeca del cuchillo con las dos manos.
Era más fuerte que yo. Mucho más. El filo bajaba despacio, temblando entre su fuerza y mi desesperación, y yo gritaba ahora sí, gritaba con todo lo que tenía, porque ya no me quedaba aire para el orgullo, solo el instinto animal de seguir viva un segundo más, y otro, y otro.
Y entonces, por encima de mi propio grito y del rugido del arroyo, oí otra voz cruzar el bosque como un disparo.
—¡ASHBY!
Gerald levantó la cabeza. Y en el segundo que apartó los ojos de mí, en ese segundo de distracción, una sombra cruzó el claro a una velocidad imposible y se estrelló contra él, y el peso de Gerald desapareció de encima de mí, arrancado de cuajo, y rodó por el barro enredado con otro cuerpo.
Me incorporé como pude, jadeando, con las manos arañadas de sujetar el filo, y vi lo imposible.
Era Nathaniel.
Nathaniel, que ocho horas antes deliraba con la fiebre.
Nathaniel, que no podía ni tenerse en pie según el médico.
Nathaniel, con la venda de la cabeza torcida y manchada, en camisa, descalzo en el barro, blanco como la cera, sostenido en pie solo por una furia que le salía de un sitio más hondo que las fuerzas que no tenía.
Había oído, comprendido, se había levantado de un lecho de muerte y había cruzado medio bosque para llegar hasta aquel claro.
No sé cómo. No sé de dónde sacó el cuerpo para hacerlo.
Hay cosas que un hombre hace y que no se explican con músculos ni con sangre, sino con otra cosa que no tiene nombre médico.
Los dos rodaban por el barro, y Gerald era el hombre sano y Nathaniel el moribundo, y por un instante de horror vi que Gerald se ponía encima, que recuperaba el cuchillo, que lo alzaba sobre un Nathaniel agotado que ya había gastado en llegar hasta allí la última reserva que le quedaba.
No lo pensé. Cogí del suelo la primera piedra que encontró mi mano —una piedra del arroyo, lisa y pesada, del tamaño de un puño— y me levanté, y con toda la fuerza de veintidós años sosteniendo lo insostenible, con toda la rabia de una mujer a la que habían intentado comprar y forzar y matar al hombre que quería, se la estrellé a Gerald Ashby en la sien.
El cuchillo cayó. Gerald se desplomó de lado, sobre el barro, junto al arroyo crecido, y se quedó quieto.
Y en el claro, de pronto, solo se oyó el rugido del agua, mi propia respiración rota, y la de Nathaniel, que se arrastraba hacia mí por el barro repitiendo mi nombre con la voz deshecha.