El secreto del duque Capítulo 24
86%

Capítulo 24

La fiebre rompió de madrugada, en esa hora muerta en que la noche es más negra y el cuerpo humano, dicen los médicos, está más cerca de rendirse.

Yo no sabía que era esa hora ni esa lógica.

Solo supe que, hacia las cuatro, después de horas de marea, la frente de Nathaniel empezó a arder de una manera distinta, más seca, más alta, y que empezó a temblar y a murmurar cosas sin sentido, palabras de la guerra, nombres que yo no conocía, órdenes que daba a soldados muertos hacía años.

Llamé a Hobbes a gritos. Mandó despertar al médico, que había vuelto a medianoche y dormitaba vestido en una salita, y entre los dos pasamos la peor hora de todas, la hora en que Nathaniel se debatía entre el delirio y el frío y yo le sujetaba la mano y le suplicaba que se quedara mientras el médico hacía cosas con frascos y paños que yo no entendía y que solo podía rezar para que sirvieran.

—Daniel —murmuró Nathaniel en algún momento del delirio, con una claridad que me heló—. Daniel, cambia el puesto. Cámbialo. Es una orden. —Y luego, más bajo, roto—: No. No. Vuelve atrás. Era mi sitio. Era mi sitio, no el tuyo.

Le apreté la mano con las dos mías.

—No es tu culpa —le dije al oído, aunque estuviera lejos, aunque no pudiera oírme—.

¿Me oyes, Nathaniel? No fue tu culpa. Fue la guerra.

Fue un obús. No la elegiste tú. Daniel no querría que te murieras por esto.

Querría que vivieras y cuidaras a su hijo, como prometiste, y para eso tienes que quedarte.

Quédate. Cuida al niño. Cuídame a mí. Quédate.

No sé si me oyó. Pero poco a poco, hacia el amanecer, el temblor fue cediendo.

El delirio se apagó en un sueño más hondo y más quieto.

Y cuando la primera luz gris empezó a colarse por las rendijas de las cortinas, el médico le puso la mano en la frente, esperó un largo minuto con el ceño fruncido, y luego soltó el aire que parecía llevar horas conteniendo.

—Ha bajado —dijo—. La fiebre ha bajado. —Me miró, y por primera vez en toda la noche había algo parecido a una sonrisa cansada en su cara seria—.

No le voy a prometer nada todavía, la cabeza es traicionera y habrá que vigilarlo unos días, pero…

ha aguantado la noche. Y los que aguantan esta noche, es buena señal.

—Recogió sus cosas con las manos torpes de sueño—.

Le diré una cosa, y luego me voy a dormir tres horas porque me caigo.

No sé cuánto ha tenido que ver su voz en esto.

La ciencia diría que nada. Pero yo, después de treinta años, ya no estoy tan seguro de lo que dice la ciencia.

Lo ha traído usted de vuelta, señorita. Hágame caso o no, pero yo lo he visto.

Se fue a dormir sus tres horas. Yo no me moví de la silla. Aunque la fiebre hubiera bajado, no pensaba soltarle la mano hasta que abriera los ojos y me lo dijera él mismo, con su voz, que seguía en el mundo.

Abrió los ojos a media mañana.

Yo me había quedado adormilada un instante, con la cabeza apoyada en el borde de la cama y su mano todavía en las mías, y me despertó la presión de sus dedos, esta vez firme, real, inconfundible.

Levanté la cabeza de golpe. Y me encontré con sus ojos grises abiertos, turbios todavía por el golpe y el agotamiento, pero abiertos, mirándome, encontrándome.

—Meg. —Le salió en un hilo, la voz rota de no usarla—. Estás… llorando.

—No estoy llorando. —Estaba llorando a mares—. Tengo algo en el ojo. En los dos ojos. Es muy molesto. Cállate y no te muevas.

Una sombra de su sonrisa de medio lado, débil, agotada, pero suya.

—Mandona —murmuró—. Hasta en mi lecho de muerte.

—No es tu lecho de muerte. Ya no. He pasado toda la noche convenciéndote de eso, así que no me lo estropees ahora con dramatismos.

—Le aparté el pelo de la venda con una mano que me temblaba—.

Casi te me mueres, Nathaniel Ashworth. ¿Lo sabes?

Casi te me mueres en este vado de mala muerte, nueve días antes de la boda.

No vuelvas a hacerme algo así. No lo soportaría una segunda vez. Te lo digo en serio.

—No fue… —Cerró los ojos un momento, ordenando las ideas que el golpe le había desordenado—.

El caballo. Iba bien. Y de pronto la silla…

cedió. En el vado. No entiendo cómo. Reviso esa cincha siempre, Meg.

Siempre. Desde la guerra reviso yo mismo todas mis monturas, es una manía, no me fío. Estaba bien cuando salí. Lo juraría.

Y ahí, en aquella frase suya dicha con la voz rota desde la almohada, fue donde por fin mi cabeza —que había pasado la noche entera siendo solo corazón— volvió a ser lo que era. Volvió a funcionar. Y la conclusión llegó en un instante, limpia y horrible.

Él revisaba siempre la cincha. La cincha estaba bien al salir. Y sin embargo cedió en el vado, a oscuras, en el peor sitio posible. Una cincha que un jinete cuidadoso revisa y que aun así cede no es una cincha gastada.

—Nathaniel. —Hablé despacio, con un frío nuevo bajándome por la espalda—. Antes de salir. ¿Dejaste el caballo ensillado solo en algún momento? ¿Sin vigilancia?

Frunció el ceño, esforzándose.

—En el patio. Mientras me despedía de Hobbes y daba las últimas órdenes. Unos minutos. Ensillado, atado, en el patio, como siempre. —Sus ojos, turbios, buscaron los míos, y vi el momento exacto en que él también lo entendió—. ¿Por qué me preguntas eso?

—Porque las cinchas revisadas no ceden solas —dije.

La quietud que cayó sobre la habitación fue espesa. Nathaniel cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir ya no estaban turbios. Estaban despiertos del todo, despiertos de esa manera fría y peligrosa que yo le conocía, la del soldado que calcula, la del primer día en el Prado Largo.

—Ashby —dijo. No era una pregunta.

—No tenemos pruebas. Otra vez. —Apreté los dientes—.

Pero los dos lo sabemos. Le falló la calleja.

Le falló la carta. Lo señalamos ante Calder.

Y entonces hizo lo que dijiste que haría: pasó a los planes que ya no calculan.

Si no podía separarnos, te quitaba del medio.

—Se me quebró la voz de pura rabia—. Estuvo en tu patio, Nathaniel, o pagó a alguien para que estuviera.

Cortó tu cincha sabiendo que cruzarías el vado de noche.

Quería matarte y casi lo consigue. Estoy segura.

Nathaniel me miró largamente. Y entonces hizo algo que no esperaba: con un esfuerzo que le costó una mueca, levantó la mano y me la puso en la mejilla, secándome con el pulgar una lágrima de rabia que ni siquiera sabía que se me había caído.

—Escúchame —dijo, con la voz débil pero firme—.

Esto se acaba. ¿Me oyes? No voy a pasarme la vida, ni voy a dejar que te la pases tú, esperando a ver qué corta Ashby la próxima vez.

Esto se acaba ahora. En cuanto pueda tenerme en pie.

—Tomó aire, agotado por el esfuerzo de hablar tanto—. La cincha. ¿Dónde está la silla?

—En las cuadras, supongo. ¿Por qué?

—Que nadie la toque. Que nadie toque esa silla.

—Sus dedos me apretaron la mejilla—. Una cincha cortada es distinta de una cincha rota por el uso.

Cualquiera que sepa de caballos lo ve a simple vista.

Eso, Meg, eso sí es una prueba. No de quién lo hizo, pero sí de que alguien lo hizo.

De que esto no fue un accidente. Y con eso, llevado a Calder, junto a la denuncia que ya pusimos, junto a la calleja, junto a todo…

empieza a ser una columna que hasta un magistrado lento puede leer.

Lo miré, y a pesar del miedo y la rabia, a pesar de la noche horrible, sentí una punzada de algo cálido en medio de todo. Porque aquel hombre, medio muerto, con la cabeza abierta y la voz rota, acababa de empezar a pensar como yo.

—Voy a decirle a Hobbes que guarde la silla bajo llave —dije—.

Ahora mismo. Y que avise a Calder de que venga a verla en cuanto pueda.

—Me levanté, le solté la mano con cuidado—.

Pero tú, mientras tanto, no te mueves de esta cama.

Ni una hazaña. Ni un gesto de héroe. Acabas de aguantar la peor noche de tu vida y la mía, y como te vea intentar levantarte antes de que el médico lo permita, te ato a los barrotes, duque o no duque. ¿Queda claro?

—Clarísimo. —Aquel asomo de sonrisa otra vez, más franco ya—. Me gusta cuando amenazas. Es la prueba más fiable de que me quieres.

—Te quiero —dije, desde la puerta, sin dramatismo, como quien constata un hecho—. Por eso vas a obedecerme por una vez en tu vida. Vuelvo enseguida.

Salí a buscar a Hobbes con el corazón más ligero de lo que había estado en toda la noche, porque Nathaniel iba a vivir, y con la cabeza más fría de lo que había estado en horas, porque ya tenía un plan.

Por primera vez desde que Hobbes había aparecido en mi puerta con la cara gris, sentí que el suelo volvía a estar firme bajo mis pies.

Teníamos algo. Teníamos una prueba física, una de verdad, no una sospecha. Y la teníamos guardada en unas cuadras a las que solo había que poner un candado. Bajé la escalera deprisa, llamando a Hobbes, con la urgencia de quien quiere cerrar cuanto antes la única puerta que aún quedaba abierta.