El secreto del duque Capítulo 23
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Capítulo 23

El camino a Ashworth Hall no había sido nunca tan largo como aquella noche.

Cada bache del carruaje me lo sentía en los huesos.

Cada minuto pesaba una hora. Iba agarrada a la correa de cuero de la portezuela con tanta fuerza que al día siguiente tendría la palma marcada, mirando la oscuridad por la ventanilla sin ver nada, solo los faroles del carruaje arrancándole al camino retazos de seto y de barro, mientras por dentro repetía sin parar la misma palabra como quien reza un rosario sin fe pero sin atreverse a soltarlo: vivo, vivo, vivo, que siga vivo cuando llegue.

Llegamos. El carruaje no había parado del todo y yo ya estaba bajando, y crucé el patio y subí la escalinata y empujé la puerta sin esperar a que Hobbes me la abriera.

La casa estaba como la imaginaba: encendida entera, en ese desorden silencioso y eficiente de las casas donde alguien se muere o se salva esa misma noche.

Una doncella pasó corriendo con una palangana. Olía a sangre y a agua sucia de arroyo.

Subí las escaleras de dos en dos, con la capa volando detrás, y nadie intentó detenerme, porque en aquella casa todos sabían ya quién era yo y lo que era para él.

La habitación de Nathaniel estaba en penumbra, iluminada por el fuego y por un candelabro junto a la cama.

Y él estaba allí, en el centro de aquella cama enorme, tan quieto y tan blanco que el corazón me dio un vuelco horrible antes de que viera, gracias a Dios, el movimiento mínimo de su pecho subiendo y bajando.

Vivo. Apenas, trabajosamente, con una respiración que silbaba, pero vivo.

Tenía la cabeza vendada, una venda que ya se le manchaba de rojo por un lado, y bajo las mantas adivinaba el bulto del vendaje del costado.

La cara, sin el color de siempre, sin la dureza habitual ni su ironía, parecía la de un hombre mucho más joven y mucho más frágil de lo que él jamás se permitía aparentar despierto.

El médico —el mismo hombre menudo y serio del pueblo— se volvió al oírme entrar. No preguntó qué hacía yo allí. En una habitación así sobran las preguntas.

—Señorita Linley.

—¿Va a vivir? —No me anduve por las ramas. No tenía nervios para cortesías—. Dígame la verdad. Toda. Soy capaz de oírla.

El médico me miró de frente, y le agradecí que no me tratara como a una damisela a la que hay que envolver las malas noticias en algodón.

—No lo sé —dijo—. Y le digo "no lo sé" porque es la verdad, no por consolarla.

El golpe de la cabeza es fuerte; ha estado inconsciente desde que lo encontraron.

El costado se le ha abierto y ha sangrado mucho.

Y, lo que más me preocupa, ha pasado mucho rato tendido en el agua fría del vado antes de que dieran con él.

La frialdad, en un cuerpo que ya ha perdido sangre, es traicionera.

—Bajó la voz—. Esta noche lo dirá todo. Si la fiebre no le sube demasiado y aguanta hasta que amanezca, tendrá una oportunidad de verdad.

Si la fiebre se dispara… —No terminó. Ya había aprendido yo a leer los finales que aquel hombre no decía.

—¿Qué necesita? Dígame qué puedo hacer. No me mande a esperar fuera, porque no pienso ir.

—No la mando fuera. Al contrario. —Recogió algunos frascos en su maletín—.

La necesito aquí. Tengo dos enfermos graves en el pueblo que llevo desatendiendo desde que me llamaron, y debo ir, pero volveré antes de medianoche.

Mientras tanto alguien tiene que velarlo sin descanso.

Bajarle la fiebre con paños fríos en cuanto suba.

Humedecerle los labios, que no se deshidrate.

Vigilar que la venda de la cabeza no sangre más de la cuenta; si empapa, cámbiela y avise.

Y, sobre todo, no dejarlo solo ni un instante, porque si despierta confuso por el golpe podría arrancarse los vendajes o intentar levantarse. ¿Se ve capaz?

—Me veo capaz.

—Lo sé. Lo supe en cuanto entró. —Cerró el maletín y, ya en la puerta, se detuvo—.

Una cosa más, señorita, y créame que se lo digo como médico, no como un sentimental.

Háblele. Aunque parezca que no la oye. Aunque parezca que está demasiado lejos para oír nada.

He visto a hombres volver de muy lejos siguiendo una sola voz conocida que los llamaba.

No sé explicarlo con la ciencia, pero lo he visto.

Si hay alguien en este mundo cuya voz pueda traerlo de vuelta, sospecho que es la suya. Háblele toda la noche si hace falta.

Se fue. Se fueron todos, poco a poco, dejándome el sitio, retirándose con esa delicadeza que tiene la gente buena cuando entiende que un momento no le pertenece.

Hobbes echó otro leño al fuego antes de salir y me dijo, con la voz tomada, que estaría justo al otro lado de la puerta toda la noche, que solo tenía que llamar.

El ama de llaves dejó una jofaina con agua fría, paños limpios, una jarra de agua y una copa, y se llevó la palangana sucia.

Y al final me quedé sola con él, en aquella habitación en penumbra, con el fuego crepitando y la respiración silbante de Nathaniel y el reloj de la repisa marcando los segundos de la noche más larga que me esperaba.

Acerqué una silla a la cama. Me senté. Y le cogí la mano.

Ardía y estaba helada a la vez, las dos cosas imposibles juntas, de esa manera que tienen los enfermos graves y que asusta más que cualquier herida visible.

Se la sostuve entre las mías, intentando darle de mi calor, y se la apreté, y le hablé, porque el médico me lo había mandado y porque, sobre todo, no sabía hacer otra cosa con todo lo que tenía dentro.

—Hola —dije, y la voz me salió ridícula, pequeña, en aquella habitación enorme—. Soy yo. Soy Meg. Estoy aquí, ¿lo notas? Tengo tu mano. No la voy a soltar en toda la noche, así que ya puedes ir haciéndote a la idea.

No se movió. La venda de la cabeza le subía y le bajaba apenas con la respiración trabajosa.

—Escúchame bien, Nathaniel Ashworth. —Tragué el nudo que tenía en la garganta—.

No te vas a morir esta noche. No te lo voy a permitir.

¿Me oyes? Yo he sostenido cosas mucho más difíciles que mantenerte a ti de este lado, así que no creas que vas a poder conmigo.

He sostenido una finca que se caía. He sostenido a mi padre.

He sostenido deudas que no eran mías. Puedo sostenerte a ti una noche.

Puedo sostenerte el tiempo que haga falta.

Es lo único que sé hacer en esta vida, sostener lo que se cae, y no pienso fallar justo contigo, que eres lo único que de verdad me ha importado sostener.

Fuera, lejos, oí el primer trueno. La noche, que venía cargada desde la mañana, descargaba al fin, y la lluvia empezó a golpear los cristales con una furia que parecía a juego con todo.

Mojé un paño en el agua fría y le limpié con cuidado la frente, apartándole el pelo de la venda, y al rozarle la piel la noté demasiado caliente, más caliente que hacía un momento, y el miedo me apretó la garganta porque supe lo que significaba: la fiebre empezaba a subir.

—No —le dije, más bajo, casi enfadada—. Ni se te ocurra. La fiebre no. Aguanta, Nathaniel. Aguanta.

Pasé las horas siguientes en una sola tarea, repetida hasta perder la cuenta: mojar el paño, escurrirlo, pasárselo por la frente, el cuello, las muñecas.

Cuando el agua de la jofaina se templaba, llamaba a Hobbes y la cambiaba por fría.

Le humedecía los labios cada poco con la copa.

Le vigilaba la venda. Y le hablaba, sin parar, hasta quedarme ronca, porque cada vez que me callaba un rato me parecía que la respiración se le hacía más débil, y volvía a hablarle como quien aviva un fuego que se apaga.

Le hablé de todo. Le recordé el primer día, cuando me arrojé bajo su caballo y él me amenazó con denunciarme por allanamiento, y le dije que aquella mañana lo odié con toda mi alma y que mira ahora, qué cosas.

Le recordé el mojón medido tres pasos al oeste, y la carta que me hizo sonreír como una tonta.

Le recordé las setas, y la biblioteca, y la noche de la manta y el pan y queso a las dos de la madrugada.

Le hablé de Tom y su sapo, y del poni, y le dije que el niño preguntaba por él cada día y que más le valía despertar, porque yo no sabía cómo explicarle a un crío de nueve años que el duque que sabía de sapos no iba a volver.

Le hablé de la boda, que era en nueve días, y le dije que ni se le ocurriera dejarme plantada delante del condado entero por segunda vez, que una mujer tiene su orgullo y que dos plantones eran demasiados hasta para mí.

Y en algún momento, ya muy entrada la noche, con la fiebre alta y la lluvia azotando los cristales y mi voz convertida en un hilo ronco, dejé de fingir entereza.

Apoyé la frente en el borde de la cama, sin soltarle la mano, y le dije lo que no le había dicho a nadie en mi vida, ni siquiera a mí misma en voz alta.

—Tengo miedo —susurré—. ¿Lo sabes? Yo, que no le tengo miedo a nada, que me he plantado delante de duques y de acreedores y de hombres que querían comprarme, estoy aquí muerta de miedo como una niña.

Porque puedo sostener una finca y unas deudas y a mi padre y al mundo entero, Nathaniel, pero no puedo sostenerte si tú decides soltarte.

Eso no depende de mí. Y no estoy acostumbrada a que las cosas que más me importan no dependan de mí.

Así que no te sueltes. Te lo pido por favor, que no es una palabra que yo use casi nunca. Por favor. No te sueltes.

Y entonces, bajo mis manos, sus dedos se movieron.

Apenas. Un temblor. Una presión mínima, débil como el aleteo de un pájaro, pero inconfundible: sus dedos se cerraron sobre los míos, un instante, como contestándome.

Levanté la cabeza de golpe. Tenía los ojos cerrados todavía, la cara igual de pálida, la fiebre igual de alta.

Pero me había apretado la mano. Lo había sentido. No me lo había inventado.

—¿Nathaniel? —Me incliné sobre él, con el corazón desbocado—. ¿Me oyes? Aprieta otra vez si me oyes. Vamos. Una vez más.

No volvió a apretar. Se quedó otra vez quieto, lejos, sumido en aquel sitio oscuro al que se había ido.

Pero aquel temblor, aquella presión de un segundo, me bastó.

Me bastó para saber que estaba ahí dentro todavía, luchando, oyéndome quizá desde muy lejos, y para agarrarme a esa certeza con la misma desesperación con que él me había agarrado la mano.

—Bien —dije, secándome la cara con la manga, recomponiéndome, volviendo a mojar el paño con manos más firmes—.

Bien. Así me gusta. Sigues ahí. Pues yo también.

Aquí nos quedamos los dos, toda la noche, hasta que amanezca.

Tú aguantando y yo hablándote. Es un buen reparto. A los dos se nos da bien nuestra parte.

Afuera la tormenta arreciaba. El reloj de la repisa dio las dos.

Y yo seguí velando, paño tras paño, palabra tras palabra, mientras la fiebre subía y bajaba como una marea y la vida de Nathaniel Ashworth pendía de un hilo que yo me negaba, con cada gota de terquedad que tenía dentro, a dejar que se rompiera.