Capítulo 22
Sir Henry Calder nos recibió a la mañana siguiente en su despacho de Bourton, un cuarto forrado de libros de leyes y olor a tabaco frío, y nos escuchó con la paciencia lenta de los hombres que han oído muchas historias y aprendido a no creérselas todas a la primera.
Nathaniel habló primero, conciso, como militar que era.
Luego hablé yo, y conté lo de la calleja, lo de la nota falsa, lo del jardín, lo de la carta robada de Ashworth Hall.
Calder tomaba notas con una pluma que rascaba el papel y de vez en cuando levantaba la vista por encima de las gafas para mirarme, no con incredulidad, sino con esa cautela profesional del que sabe que una acusación contra un Ashby pesa distinto que una contra un don nadie.
Cuando terminamos, dejó la pluma.
—Comprenderán ustedes mi posición —dijo—.
Lo que me cuentan es grave. Muy grave. Si es cierto, el señor Ashby ha cometido allanamiento, robo, falsificación y agresión.
Pero lo que me traen, señores, no son pruebas.
Es un relato. Coherente, lo concedo, y la señorita Linley lo expone con una claridad que me inclina a creerla.
—Se quitó las gafas—. Sin embargo, un magistrado no detiene a un caballero del condado por un relato coherente.
Necesito un testigo dispuesto a declarar, un documento, algo que un tribunal pueda sostener.
La modista, si confirmara que Ashby le pagó por cerrar el taller, sería un comienzo.
—La modista no declarará —dije—. Tiene que seguir cosiendo para las familias del condado. No se enfrentará a un Ashby.
—Probablemente no —concedió Calder—. Y ahí está el muro.
—Volvió a ponerse las gafas y cogió la pluma—.
Pero les diré lo que sí puedo hacer, y lo que voy a hacer.
Voy a dejar todo esto registrado. Hoy. Por escrito, con fecha, firmado por ustedes dos como denunciantes.
A partir de este momento existe una denuncia formal contra el señor Gerald Ashby ante el juez de paz del distrito.
No lo detiene. Pero lo señala. Y si llegara a ocurrir cualquier cosa a la señorita Linley o a su excelencia, el señor Ashby será el primer nombre sobre mi mesa, y no el de un caballero intachable, sino el de un hombre ya denunciado.
Eso, créanme, no es poco. Cambia el peso de todo lo que venga después.
Era exactamente lo que yo había previsto, y salí de aquel despacho con una satisfacción fría, la de haber dejado un cabo bien atado a nuestro favor. No habíamos encerrado a Gerald. Pero habíamos puesto su nombre por escrito ante la ley.
—¿Mejor? —preguntó Nathaniel cuando subimos al carruaje.
—Mejor. No resuelto, pero mejor. —Me acomodé a su lado—. Es como cuando una deuda no se salda pero al menos se reconoce por escrito. Deja de poder negarse. Gerald ya no puede fingir que es el caballero perfecto si pasa algo. Lo hemos clavado al papel.
—Me caso con una mujer que celebra los avances administrativos como otras celebran un ramo de flores —dijo él, y me besó la sien—. No sabes lo tranquilo que me deja eso de cara a llevar la finca.
Volvimos a casa con una sensación parecida a la victoria.
No completa, pero suficiente para respirar.
Los días siguientes recuperaron una normalidad que sabía a regalo: los preparativos de la boda, ahora sin sombras; los asuntos de la finca, que Nathaniel y yo seguíamos ordenando juntos; Tom, que había vuelto a Ashworth Hall y a su poni y a su estanque, ajeno por completo a todo lo que había pasado y feliz como solo saben serlo los niños bien queridos.
Cumplí mi promesa: no salí sola ni una vez.
Bett me seguía a todas partes, un mozo vigilaba la casa, y Nathaniel venía cada día.
Faltaban nueve días para la boda cuando ocurrió.
Nathaniel debía venir a cenar, como cada tarde.
Lo esperábamos a las siete. A las siete y media no había llegado, lo cual era raro en un hombre de una puntualidad casi irritante, pero mi padre dijo que se habría entretenido con algún asunto de la finca y yo me dije lo mismo, aunque algo dentro de mí, esa parte que no se fía cuando las cosas se retrasan, empezó a tensarse.
A las ocho llamaron a la puerta. No era Nathaniel.
Era Hobbes. Sin sombrero, con el caballo reventado en el patio y una cara gris que no le había visto nunca, ni en sus peores momentos de mayordomo impecable.
—Señorita. —Apenas podía hablar—. Su excelencia.
Ha habido un accidente. En el camino, viniendo hacia aquí.
El caballo… la silla… —Tragó—. Lo hemos encontrado en el vado del arroyo.
Está malherido, señorita. Muy malherido.
He venido a por usted antes que a por nadie porque sé que querría… que usted querría estar.
El suelo se me abrió bajo los pies. Pero esta vez el miedo no me paralizó. Me ordenó. Veintidós años sosteniendo desastres me habían enseñado que cuando el suelo se abre, lo único que sirve es moverse.
—¿Está vivo? —Fue lo único que pude decir. Lo único que importaba—. Hobbes, míreme. ¿Está vivo?
—Lo estaba cuando salí, señorita. —El viejo mayordomo tragó saliva—.
Malherido. La cabeza, contra las piedras del vado.
El costado, el malo, abierto otra vez con la caída.
Ha perdido sangre y ha pasado un buen rato en el agua fría antes de que diéramos con él.
El médico va de camino. Pero estaba vivo, señorita. Vivo.
No pregunté nada más. No tuve cabeza para más. La palabra "vivo" me llenó entera y empujó fuera cualquier otra cosa: el cómo, el porqué, quién, todo eso desapareció, barrido por una sola necesidad animal que era llegar hasta él antes de que ese "vivo" pudiera cambiar de tiempo verbal.
—Que preparen el carruaje. Ahora. —Me até la capa con dedos que no querían obedecerme—. Avise a mi padre de que se quede con Tom y que no le diga nada al niño. Voy con usted a Ashworth Hall.
—Ya he mandado preparar el suyo, señorita. Y he dejado el mío reventado en el patio; no aguantaría la vuelta. —Hobbes vaciló un instante—. ¿Hay algo más que deba hacer?
—Que venga. Que vuele. Eso es lo único que hace falta ahora.
Mientras esperaba el carruaje, de pie en el vestíbulo con la capa puesta y el corazón golpeando como un martillo contra las costillas, no pensé en Gerald.
No pensé en cinchas ni en vados ni en quién podía haber querido aquello.
No me cabía en la cabeza nada que no fuera Nathaniel en una cama, pálido, frío, desangrándose, y la distancia de kilómetros que me separaba de él.
El razonamiento, las piezas, el quién y el porqué, llegarían después.
En aquel momento yo no era una mujer que ataba cabos.
Era solo una mujer aterrada de perder a un hombre, corriendo hacia él en mitad de la noche.
El carruaje llegó al patio. Subí sin esperar a que parara del todo, igual que había subido a un caballo semanas atrás corriendo hacia él por otro camino, y le grité al cochero que volara hacia Ashworth Hall.
—Aguanta —dije en voz baja, a nadie, a la noche, a él, que estaba a kilómetros de distancia debatiéndose entre la vida y la muerte—.
Aguanta, Nathaniel Ashworth. Te lo ordeno.
No hemos pasado por todo lo que hemos pasado para que te me mueras nueve días antes de la boda.
Aguanta hasta que llegue. Solo aguanta hasta que llegue.
Y el carruaje se lanzó en la oscuridad hacia la casa donde un hombre al que quería luchaba por su vida en una cama mientras yo corría hacia él rezando por llegar a tiempo.