Capítulo 21
Nathaniel no me llevó a mi casa. Me llevó a Ashworth Hall, y no protesté, porque la verdad era que no quería estar en ningún sitio donde él no estuviera.
Le dijo a Hobbes que avisara a mi padre y a Bett de que pasaría la tarde allí, con carabina y decencia y todo lo que el condado exigiera, y que mandara llamar al médico del pueblo por si el brazo necesitaba algo.
Luego me llevó él mismo a la biblioteca, me sentó en mi sillón junto al fuego y se arrodilló delante de mí —despacio, por el costado, con esa mueca que ya no se molestaba en disimular conmigo— para mirarme el brazo a la luz.
—Déjame ver.
—No es nada. Una marca. Mañana ni se verá.
—Déjame ver, Meg.
Le dejé. Me subió con cuidado la manga rasgada y descubrió las marcas de los dedos de Gerald en la piel, cuatro óvalos rojos que empezaban a amoratarse, y al verlos algo se le tensó en la mandíbula otra vez, aquella tormenta volviendo a juntarse en sus ojos.
Pero no dijo nada de Gerald. No en ese momento.
Lo que hizo fue inclinarse y posar los labios, muy suave, sobre cada una de las marcas, una por una, como si pudiera borrarlas a besos, como si quisiera cubrir con su ternura el sitio exacto donde otro había puesto su violencia.
Se me llenaron los ojos. No de dolor; el brazo apenas dolía. De otra cosa.
—No tienes que hacer eso —murmuré.
—Lo sé. —Otro beso, en la muñeca—. No lo hago porque tenga que hacerlo.
Lo hago porque necesito que tu piel recuerde otra cosa además de a él.
—Levantó la vista, y tenía los ojos brillantes—.
¿Tienes idea de lo que ha sido cabalgar por ese pueblo sin saber dónde estabas, imaginándome lo peor en cada calle?
Llegué a pensar que no te encontraría. Que te encontraría demasiado tarde.
Y en esos minutos, Meg, comprendí una cosa con una claridad que da miedo: que mi vida sin ti dentro no me interesa.
Que prefiero la finca arruinada, el costado roto, el condado entero riéndose de mí, todo, antes que un solo día en esta casa sabiendo que estás en el mundo, pero no conmigo.
—Nathaniel…
—Déjame terminar. Llevo semanas debiéndote esto.
—Me tomó las manos entre las suyas, las dos, y me las sostuvo contra su pecho, donde el corazón aún le iba demasiado rápido—.
Te dije que no te prometería amor porque sería barato y lo olerías.
¿Te acuerdas? En tu despacho. Fui muy listo aquel día, muy cuidadoso, muy duque.
Te ofrecí respeto y honestidad y un plan de deudas como si fueras una transacción bien llevada.
—Una risa baja, avergonzada de sí mismo—.
Qué imbécil. Te quería ya entonces. Te quería desde que entraste en esta biblioteca a llamarme mezquino a la cara sin temerme.
Solo que era más fácil llamarlo respeto, porque el respeto no te puede romper el corazón y el amor sí. Y yo ya tenía bastante roto.
Le solté una mano para tocarle la cara, la cicatriz pequeña que tenía junto a la ceja y que nunca me había atrevido a tocar.
—Yo también era más lista que valiente —dije—.
Me pasé meses diciéndome que era irritación.
Que era costumbre. Que era cualquier cosa menos lo que era, porque lo que era me daba pánico.
Toda mi vida he sabido exactamente cuánto cuesta cada cosa, Nathaniel.
Es lo único que sé hacer bien. Y de pronto apareciste tú y no había manera de ponerle precio a lo que sentía.
Nos quedamos así un rato, él arrodillado, yo inclinada hacia él y con las frentes casi tocándose al lado del fuego crepitando.
No nos besamos. No hizo falta. Había una intimidad en aquel silencio compartido más honda que cualquier beso, la de dos personas que por fin han dejado de defenderse la una de la otra y descansan, agotadas, en la rendición.
Al cabo de un rato, él se levantó —le tendí la mano para ayudarlo y, por una vez, la aceptó sin orgullo— y se sentó en el sillón de al lado sin soltarme.
Me acarició el pelo, que llevaba medio deshecho desde la carrera por la calleja, retirándome los mechones de la cara con una paciencia que me deshizo por dentro.
Y poco a poco, bajo aquella mano, el temblor que arrastraba desde Tetbury sin haberlo confesado se me fue calmando, como se calma un animal asustado cuando por fin lo tocan sin querer hacerle daño.
—No puedo pasar esto por alto —dijo él al rato, en voz baja, y supe que volvíamos a Gerald—.
Lo sabes, ¿verdad? Hoy ha intentado… —se detuvo; no era capaz de decir la palabra, y se lo agradecí— hoy te ha puesto las manos encima.
Ha forzado a tu modista a mentir, te ha tendido una emboscada, te ha hecho esto.
—Me rozó el brazo vendado—. Y antes robó en mi casa y nos separó durante tres semanas.
Un hombre así no para solo. Hay que pararlo. La cuestión es cómo.
—He pensado en eso todo el camino —dije, y agradecí volver al terreno de los planes, que era el mío, donde no me temblaban las manos—. Podemos ir al magistrado. Sir Henry Calder, el de Bourton. Es el juez de paz del distrito.
—Lo conozco. Cenó aquí el mes pasado. Hombre recto, aunque lento. —Frunció el ceño—. El problema es lo que le llevamos. ¿Qué pruebas tenemos, Meg?
Lo pensé. Y la respuesta era incómoda.
—Pocas —admití—. Mi palabra de que me ha asaltado en una calleja sin testigos.
La manga rota, el brazo, que prueban que alguien me agarró, pero no quién.
La nota de la modista con su letra imitada, que demuestra que alguien la falsificó, pero no que fuera él.
Y la modista, que podría declarar que Gerald le pagó por cerrar el taller esta tarde…
si se atreve a declarar contra un Ashby, cosa que dudo, porque tendría que volver a coser para las familias del condado el resto de su vida.
—Y de lo del jardín y la carta robada, nada que sostenga —añadió él, sombrío—. Sospechas. Lógica... Ashby es listo. No ha dejado un solo papel con su nombre. Lo ha hecho todo a través de notas falsas y de gente pagada que no hablará.
—Entonces el magistrado no nos servirá para encerrarlo —dije—. Todavía. Pero sí para algo.
—¿Para qué?
—Para dejar constancia. —Me incorporé un poco, ordenando las ideas en voz alta—.
Escúchame. Si vamos a Calder hoy o mañana, cuanto antes, y le contamos todo aunque no pueda detenerlo, queda registrado.
Por escrito. Ante un juez de paz. A partir de ese momento, Gerald Ashby es un hombre del que hay una denuncia formal, vigilado, señalado.
Si vuelve a intentar algo, ya no será la primera vez de un caballero respetable; será la enésima de un hombre con antecedentes ante el magistrado.
Y eso lo cambia todo, porque a los hombres como Gerald lo que de verdad les importa no es la cárcel.
Es el nombre. La reputación. La posición en el condado.
Manchar eso, oficialmente, ante un juez, le hace más daño que cualquier celda, y además nos protege: si nos pasa algo, a ti o a mí, Calder ya sabe a quién mirar primero.
Nathaniel me miraba con una expresión a medio camino entre el orgullo y el asombro.
—¿Sabes una cosa? —dijo—. Me alegro profundamente de no haberte tenido nunca como enemiga. Habría perdido el Prado Largo, la finca y probablemente los dientes.
—Casi me tuviste de enemiga. El primer día querías denunciarme por allanamiento, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo. Fue el mejor error de cálculo de mi vida.
—Me besó la sien—. Está bien. Iremos a Calder.
Mañana por la mañana, los dos juntos. Dejamos constancia de todo.
Y mientras tanto —su voz se endureció un punto—, tú no vuelves a salir sola ni para ir al gallinero.
Esta vez no es una sugerencia y no apelo a tu cabeza.
Te lo pido como el hombre que ha estado a punto de perderte hoy. Concédemelo.
—Te lo concedo —dije, y esta vez lo dije de corazón, sin sentirme vigilada ni disminuida, porque había una diferencia abismal entre que Gerald quisiera encerrarme "por mi bien" y que Nathaniel me pidiera cuidarme por miedo a perderme.
La misma petición, dos mundos distintos.
Uno me quitaba la libertad. El otro me la guardaba hasta que pasara el peligro.
Me quedé en Ashworth Hall hasta que cayó la tarde.
El médico vino, miró el brazo, dijo lo que ya sabíamos —magulladuras, nada roto— y se fue.
Cenamos los dos solos, con Hobbes entrando y saliendo, hablando de cosas pequeñas, dándonos el lujo de fingir por una noche que éramos solo una pareja a punto de casarse y no dos personas con un enemigo suelto.
Y cuando por fin me llevó a casa, ya de noche, en su carruaje y no a caballo, con una manta sobre las rodillas y su brazo rodeándome los hombros, me sentí, por primera vez desde la calleja, completamente a salvo.
—Mañana —dijo al despedirse en la puerta de mi casa— vamos a ver a Calder. Y pasado mañana seguimos con los preparativos de la boda como si Gerald Ashby no existiera.
—Mañana a Calder —repetí—. Y pasado, los preparativos.
Lo dije con seguridad. Teníamos un plan.
Teníamos un magistrado. Teníamos trece días y un futuro.
Y subí a acostarme casi en paz, con el brazo dolorido y el corazón curiosamente entero, repasando la lista de lo que haríamos al día siguiente, ordenada y sensata, como todas mis listas.
Por una vez, me dormí pensando en él, en sus labios sobre las marcas de mi brazo, en "mi vida sin ti dentro no me interesa", y fue el mejor pensamiento con el que me había dormido en años.