El secreto del duque Capítulo 20
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Capítulo 20

El taller de la modista estaba en una calleja estrecha al final de Tetbury, lejos de la plaza del mercado, y solo cuando até el caballo y vi la persiana echada y el cartel de cerrado empecé a sospechar que algo no encajaba.

Una modista no cierra el taller la tarde en que ha citado con urgencia a una clienta para una prueba.

Una modista no echa la persiana trece días antes de la boda de la que cose el vestido.

Me quedé parada delante de la puerta cerrada, con la nota en la mano, y la nota empezó a pesarme de pronto de otra manera, como pesan las cosas cuando comprendes con un poco de retraso lo que significan.

—Está cerrado —dije en voz alta, tonta de mí, como si decirlo fuera a cambiarlo.

—Lo sé. —La voz vino de detrás—. Le pedí a la señora Hobbs que se tomara la tarde libre. Le pagué bien por las molestias. Es asombroso lo que arregla el dinero cuando uno sabe usarlo.

Me volví. Gerald estaba a unos pasos, en la boca de la calleja, cortándome la única salida hacia la plaza.

Vestido con su elegancia de siempre, sonriendo con su sonrisa de siempre, pero había algo distinto en él, algo que no le había visto nunca y que tardé un segundo en reconocer: la sonrisa no le tapaba ya el resto de la cara.

Por debajo se le veía todo. La rabia. La obsesión. El cálculo que se le había roto.

—La nota la escribí yo —dijo, avanzando sin prisa—.

Imité la letra de tu modista. Se me da bien imitar letras, lo habrás notado.

Lo de tu hermano, en el jardín de los Hartwell, también lo escribí yo.

Y otras cosas. Pero esas ya las sabes, ¿verdad, Margaret?

Lo veo en tu cara. Te crees muy lista. Has atado tus cabos.

Di un paso atrás. La pared del taller a mi espalda, la persiana echada, la calleja sin salida por el otro lado. Solo Gerald entre la calle y yo.

—Sé lo que has hecho —dije, y me obligué a que la voz no temblara, porque mostrarle miedo a un hombre así es darle de comer—.

Sé lo del jardín. Sé que forzaste la casa del duque y robaste esa carta.

Sé que lo hiciste para separarnos. Lo sé todo, Gerald.

Y no te ha servido de nada, porque estamos juntos otra vez y la boda es en trece días.

—La boda. —Escupió la palabra—. Sí. La maldita boda.

—Se acercó otro paso, y otro, y yo me quedé sin sitio adonde retroceder—.

¿Sabes cuánto tiempo llevo esperándote, Margaret?

Cuatro años. Cuatro años diciéndome que tarde o temprano entrarías en razón, que verías que nadie te conviene como yo, que nadie te conoce como yo.

Te lo puse fácil. Te ofrecí matrimonio, posición, las deudas pagadas.

Y tú preferiste recoger setas en la pobreza antes que aceptarme.

—Su voz subió, perdió el barniz—. Y luego va y aparece ese cojo arruinado con su título y resulta que a él sí.

A él sí le dices que sí. Al duque del Prado Largo, al enemigo de tu familia, al que te cerró el camino.

A ese le abres la puerta que a mí me cerraste cuatro años.

—Porque a él lo quiero —dije—. Y a ti no. Nunca te he querido, Gerald. No es que no entrara en razón. Es que entré en razón perfectamente, desde el primer día, y la razón siempre dijo que no.

No debí decirlo. Lo supe en cuanto lo dije, igual que con el duque el primer día, porque fue certero y porque vi exactamente dónde le daba. Algo se le rompió del todo en la cara. La sonrisa desapareció por fin, entera, y lo que quedó debajo no era un pretendiente despechado. Era otra cosa.

—No —dijo en voz baja—. No vas a casarte con él.

Y se abalanzó sobre mí.

Me agarró por los brazos, con una fuerza que no le había imaginado, y me empujó contra la persiana echada, que retumbó a mi espalda con un estruendo de metal.

Su cara muy cerca de la mía, su aliento, sus manos sujetándome los brazos contra el cuerpo para que no pudiera moverlos.

Empezó a hablar muy deprisa, palabras que se le atropellaban, que si eres mía, que siempre lo había sido, que si nadie sabía que estábamos allí, que si después de aquello no tendría más remedio que casarme con él porque ningún duque querría las sobras, que si era por mi bien, que algún día se lo agradecería.

El miedo me subió por la garganta como agua helada.

Pero debajo del miedo, en algún sitio que no se había congelado, había otra cosa, una que llevaba veintidós años afilándose: la rabia de una mujer a la que han intentado comprar, forzar y doblegar toda la vida, y que está harta hasta el tuétano de que decidan por ella.

No grité. Gritar gasta aire y no abre puertas.

Hice lo que habría hecho cualquier mujer criada entre establos y trabajo duro, que sabe que su cuerpo no es solo un adorno: dejé de empujar contra él —que era lo que él esperaba, que forcejeara de frente— y de golpe me dejé caer hacia un lado, hacia donde su mano apretaba menos, y al mismo tiempo le clavé la rodilla con todas mis fuerzas donde más duele a un hombre.

Gerald se dobló con un gemido ronco. Las manos se le aflojaron lo justo.

Y yo, que no necesitaba más que un instante, me escurrí por el hueco que dejó su cuerpo encorvado y eché a correr hacia la boca de la calleja, hacia la plaza, hacia la gente, con el corazón reventándome y las faldas estorbándome y la certeza animal de que detrás de mí Gerald se enderezaba ya, maldiciendo, y volvía a venir.

—¡MARGARET! —Su voz rebotó en las paredes de la calleja, ronca de dolor y de furia—. ¡No corras! ¡No te servirá de nada!

Pero corrí. Corrí como no había corrido en mi vida, salí de la calleja a la calle ancha, y la calle ancha estaba —gracias a Dios, gracias a todos los santos— llena de gente de mercado, carros y puestos y vecinos, y supe que allí, entre testigos, Gerald no se atrevería a tocarme.

Aminoré sin parar del todo, jadeando, mirando atrás, y lo vi salir de la calleja, recomponerse, mirar la multitud y calcular —siempre calculando, hasta desquiciado calculaba— que allí no podía hacer nada.

Se quedó en la boca de la calle, mirándome, con una cara que no le había visto nunca, y yo seguí andando hacia atrás sin apartar los ojos de él, hasta que un carro se cruzó entre los dos y me lo tapó un instante.

Y en ese instante, una mano me agarró del brazo por detrás.

Me volví con el grito ya en la garganta y el puño cerrado, dispuesta a pegar otra vez.

Era Nathaniel, sobre su caballo blanco, con una expresión que no le había visto jamás.

Había venido a Tetbury —luego supe que Bett, al echarme en falta y encontrar mi nota, había mandado un mozo a avisarlo a la finca, y que él había cabalgado como un loco sin saber adónde, recorriendo el pueblo—, y me había encontrado así: despeinada, sin aliento y con la manga del vestido rasgada en el hombro donde Gerald me había sujetado.

Con la marca roja de sus dedos empezando a salirme en el brazo y los ojos de alguien que acaba de escapar de algo.

No tuve que decirle nada. Me miró —la manga, el brazo, mi cara— y lo entendió todo en un segundo, igual que entendía las salidas de una habitación, igual que lo había entendido todo desde el primer día en el Prado Largo.

Y la sangre se le fue de la cara y le volvió de golpe, en una oleada, y vi en sus ojos grises algo que no era de lluvia ni de tormenta a punto: era la tormenta entera, desatada.

—¿Quién? —No era una pregunta. Era una cuerda a punto de romperse—. ¿Quién ha sido, Meg?

No quería decírselo. No quería, porque sabía lo que haría, porque Nathaniel con esa cara y un nombre era un hombre capaz de cualquier cosa, y lo último que quería era perderlo a él en una horca por culpa de Gerald Ashby.

Aparté la vista. Me toqué la manga rasgada e intenté recomponerla, mientras trataba de recomponerme yo.

—Ya estoy a salvo —dije—. Llévame a casa. Por favor. Solo llévame a casa.

—Meg. —Desmontó. Me tomó la cara entre las manos con una delicadeza que contradecía todo lo que le ardía por dentro, y me obligó con suavidad a mirarlo—.

La manga. El brazo. No me digas que estás a salvo y ya.

Dime quién te ha puesto las manos encima.

Dímelo tú o lo averiguo yo, pero lo voy a saber, y créeme que prefieres decírmelo tú, porque si lo averiguo solo me imaginaré cosas peores y no respondo de mí.

No se lo dije. Apreté los labios y negué con la cabeza, y esa negativa, ese silencio mío tan elocuente, le confirmó lo que ya sabía. No le hizo falta el nombre. Le hizo falta mi cara callándolo.

Me dejó junto a su caballo, al cuidado de un tendero que conocía, con la orden de no moverme.

Y echó a andar hacia la boca de la calleja de la modista, hacia el sitio del que yo había salido corriendo, con un paso que la cojera no frenaba, recto, terrible, un hombre que en la guerra había aprendido a reconocer a los que sonríen mientras calculan y que iba a buscar a uno.

Lo vi entrar en la calleja. Lo vi desaparecer en la sombra entre los dos muros. Y lo vi salir, un minuto después, con las manos vacías y la cara descompuesta de rabia contenida.

Gerald ya no estaba. Se había ido en el instante en que el carro nos lo tapó, en cuanto entendió que yo había llegado a la gente y que ya no había nada que hacer allí.

Se había esfumado por alguna de las mil salidas que tiene un pueblo para quien lo conoce, dejando tras de sí una calleja vacía, una persiana echada y una mujer con la manga rota que se negaba a pronunciar su nombre.

Nathaniel volvió hasta mí. Respiraba fuerte. Tenía los puños cerrados y los nudillos blancos y la mandíbula tan apretada que parecía que fuera a partirse.

—No estaba —dijo, y la frustración le salía por cada palabra—. Se ha ido. El cobarde se ha ido.

—Llévame a casa, Nathaniel. —Le puse una mano en el brazo—. Por favor. Ya habrá tiempo. Ahora solo… llévame a casa.

Me miró. Toda aquella furia buscando un sitio donde descargarse y sin encontrarlo, y debajo, de pronto, otra cosa: el miedo retrasado de un hombre que comprende lo que ha estado a punto de pasarle a la persona que quiere.

Me subió a su caballo con cuidado, como si yo pudiera romperme, montó detrás de mí, y me llevó a casa sosteniéndome contra su pecho todo el camino, sin decir una palabra, con el corazón golpeándole tan fuerte contra mi espalda que lo sentía como si fuera el mío.

Pero por encima de su hombro, mientras dejábamos atrás Tetbury, miré una vez hacia la boca de la calleja vacía.

Y sentí un frío que no venía del viento.

No era alivio lo que tenía en el pecho, aunque estuviera a salvo y en brazos de Nathaniel.

Era la sensación de los asuntos que das por cerrados en falso, esos en los que todo parece encajar pero tú sabes que queda algo escondido que aún no ha salido a la luz.

Gerald se había ido. Pero no se había rendido.

Lo había visto en su cara antes de que el carro nos separara, y no era la cara de un hombre que renuncia.

Me agarré más fuerte a Nathaniel y no dije nada.

Algunas certezas es mejor no decirlas en voz alta, por si decirlas las invoca.